Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela El Bebé De La Sirvienta Y Su Hermanastro

El Bebé De La Sirvienta Y Su Hermanastro

Emireth pasó de una vida privilegiada a la desgracia tras enamorarse de Maximiliano, su hermanastro. Al quedar embarazada, la furia de sus padres adoptivos no se hace esperar: la despojan de su estatus y la obligan a trabajar como sirvienta en su propio hogar. En esta atmósfera de crueldad, le arrebatan a su hijo recién nacido, sumergiéndola en una lucha desesperada donde el amor prohibido y la traición familiar marcan su destino en la mansión.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

Capítulo 03

Las lágrimas lucharon por salir, me esforcé por no hacerlo en presencia de Matt. No era mi intención confundirlo, más de lo que ya estaba en realidad. Acabé dibujando nuestro lugar favorito, sus ojitos brillaron encantado de verse en el dibujo.

—¿Somos nosotros? —inquirió señalando nuestras siluetas dando la espalda sobre aquel viejo columpio de madera. Faltaba colorearlo, pero se lo dejaría a él.

Asentí acariciando su mejilla.

Sonrió  y se colgó a mi cuello bastante agradecido. —Te quiero Emi, gracias por ser tan buena conmigo.

Se sintió bien y doloroso a la vez. Lo apreté más a mí, necesitaba sentirlo de ésa manera, urgía a mi corazón una dosis de su ternura. El nudo se atoró en mi garganta, las emociones colapsaron dejándome transida al tiempo que retrospectiva.

Debí huir cuando pude, al menos debí intentarlo y no optar por quedarme con la  incertidumbre de lo que pudo ser. Ya era demasiado tarde; sólo el retorno de Max podía cambiar el desenlace sombrío que se palpaba en esa casa. Desafortunadamente Marie había dicho muchas veces que su hijo tardaría en volver. Desde París se había hecho cargo de los negocios de la familia así que el panorama era desfavorable para mí. Y si llegaba alguna vez, ellos ya habían inventado una historia a su favor. 

¿En verdad eran capaces de engañar a su propio hijo? ¿Tan estúpidos al creer que Maximiliano no se daría cuenta del parentesco?

—Yo también te quiero, en realidad te amo, te amo mucho Matt —confesé besándole las mejillas repetidas veces.

No me di cuenta hasta entonces que Rebeka, mi compañera de habitación, nos estaba observando. Me separé de Matthew depositando en su frente un beso corto.

—Debo volver a trabajar, pórtate bien ¿Si?

—Lo haré, Emi.

Rebeka me dedicó una mirada de solidaridad. Sonreí asegurando estar bien, aunque estuviera muriendo cada día y mis fuerzas disminuían. La única razón por la que no renunciaba era Matt. Me fortalecía, me daba motivos, le daba sentido a mi vida cada vez que parecía perderlo.

—¿Estás bien? —preguntó cuando estuve frente a ella.

—Descuida —me encogí de hombros.

—Emireth…

—No Rebeka, por favor —pedí cansada de la misma situación.

—De acuerdo, lo que tú digas.

Me alejé rápidamente urgida en llegar al exterior, la nostalgia se había adueñado de mis pensamientos, se hacía irrespirable cada que pensaba en el pasado.

Era un inevitable martirio y un  constante recordatorio de errores y posteriores consecuencias.

Ya no quería estar sola, no quería únicamente verlo al cerrar los ojos y despertar con la desilusión de que sólo fue un sueño. Tampoco que nuestra historia se resumiera en recuerdos del ayer sino que siguiera  existiendo hoy, en éste presente que aún vivía faltandome su esencia.

Echaba de menos la danza de sus besos que con las ansias que inexperta le devolvían mis labios temblorosos, imaginaría que me rodeaban sus fornidos brazos como cuando tenía miedo, pero su cariñosa voz ya era suficiente calmante.

Si estuvieras aquí, no estaría viviendo la pesadilla que causa tu ausencia, Max. Pensé desviando mi atención del cielo resplandeciente, de los árboles que se movían con el viento imperioso, que al tiempo de arrancar sus hojas, emitía el suave ulular.

Me sentía una hoja seca, pero yo tenía la opción de aprovechar el viento que me hizo caer y alzarme en vuelo o dejar que continuaran  pisándome y sólo entonces quedase el crujir de mi alma.

La tarde se llevó una vez más los rayos del sol, dejando pintado en su despido un cielo naranja y rojizo, también llegó el fin de mi jornada laboral. Había limpiado sin parar luego de quedarme dibujando para Matt. Apestaba a sudor, ni hablar de mi uniforme lleno de suciedad y polvo.

Asear todo el ático y luego cuatro habitaciones de invitados, me dejó exhausta.

Mi estómago rugió recordándome que no había probado un solo bocado después de las tostadas y el café de la mañana. Devolví los instrumentos de limpieza al cuarto de aseo y fui por esa ducha que aclamaba mi cuerpo engarrotado.

A diferencia de la habitación perfecta de ensueño que alguna vez me perteneció, ésta era más pequeña, pintada de un aburrido amarillo deprimente, no tenía un balcón y mucho menos el gigantesco armario blanco en el que solía perderme en busca de un vestido. Aquí sólo habían dos camas, una pequeña mesita de noche, el baño común y corriente. También cuadros antiguos de Francia colgado en las paredes y un profundo silencio. Ni siquiera había un televisor pequeño, ninguna de las habitaciones de la servidumbre tenían uno.

Así que me hice asidua a la lectura.

Rebeka terminó haciendo lo mismo, incluso cuando visitaba a su familia compraba novelas, revistas y las compartíamos. No podía darme ese lujo puesto que trabajaba a cambio de un techo y comida. Era obvio que no recibiría un solo centavo de su parte, no permitirían de ningún modo darme comodidades.

Masajeé mi cabello, dejé que el agua se deslizara sobre mi espalda. Bajo la cascada fría pero reconfortante, una lluvia de recuerdos me ahogó.

Me envolví en un albornoz y salí dando un respingo.

—¿Te he asustado? —inquirió sosteniendo el brazalete en su mano. Lo miraba despectiva, ella misma lo mandó a hacer en una joyería exclusiva por petición de Max. Temí que ahora quisiera quitármelo.

Era ella otra vez, la madre de Maximiliano.

—Señora…

—Fue una estupidez, al principio no lo creí así, sólo cosa de niños, pero me equivoqué. No sé por qué te permito conservarlo —soltó sin remilgos.

Miré un punto fijo de la habitación intentando contener la rabia, mi propia respiración tornándose errática.

—¿Qué se le ofrece señora Copperfield? —pregunté aparentando serenidad. Pero solo quería reclamarle, decirle a la cara lo bruja y vil que era.

Deslizó una sonrisa con cinismo.

—¿En verdad creíste que eras el ángel de mi hijo? Pura, inocente y perfecta. Terminaste siendo una cualquiera, pecadora y recogida. No eres más que una adoptada de la que cada día me arrepiento haber dado mi apellido —escupió resentida—. Has manchado nuestro nombre, suerte que cubrimos un poco de la porquería que causaste.

—No es necesario que me lo recuerde, ya me lo ha dicho incontables veces, le pedí perdón a mi…

—No te atrevas, insignificante sirvienta, no somos tus padres, solo estás aquí por la absurda lástima que André te tiene. De lo contrario ya estarías en la calle, pero eso no sería problema ¿Verdad? Después de todo allí están tus podridas raíces.

Comencé a llorar. Odiaba ser débil, mucho más ante esa mujer irreconocible, pero no pude contener el dolor que causaron sus palabras; como puñaladas atravesándome el corazón.

—Deja de lloriquear, Emireth. ¡Basta de ser infantil! —farfulló embravecida

—¡¿Cómo puede ser tan hostil?! —exploté —. ¡Estoy harta de su humillación, de que me robe el derecho maternal, de sus insultos, de todo éste infierno!

Se levantó furibunda por mi respuesta. Había retado al monstruo, sus pasos resonaron fuerte en la madera. Aventó a algún lugar el brazalete y se acercó tomando un puño de mi cabello mojado. Gemí en el acto.

—¡En primer lugar, Máximo dejó de ser tu hijo desde el día que nació, no tienes derecho a reclamarlo estúpida desagradecida! —gritó tirando con fuerza de mi cabello, intenté sacármela de encima pero me estaba sujetando con una fuerza sobrenatural.

Se empecinaba en llamarle Máximo a Matthew, ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué insistía?

—Suélteme, déjeme por favor…—imploré en un hilo.

Me empujó abruptamente, caí al piso sosteniéndome la cabeza. ¡Dios! Dolía horrible.

Ella estaba más loca de lo que imaginé. La miré horrorizada. ¿Qué sería lo siguiente?

—¿Hace falta que te aclare tu posición en ésta casa? —preguntó entre dientes, desafiante.

Sollocé en mi lugar, incapaz de mover un solo músculo.

—N-no…

Tragué grueso.

—Perfecto, no te quiero cerca de mi hijo o te vas a arrepentir —amenazó y salió azotando la puerta.

Sentí algo peor que el estupor.

Mi cuerpo temblaba, dolía mi cabeza aunque no más que el destrozo contundente en mi interior. No pude levantarme, a duras penas conseguí mantenerme consciente. El apetito si

Se fue de mi sistema; Rebeka me ayudó a ponerme la pijama y a entrar a la cama. Agradecí que no dijera nada al respecto.

—Descansa Emi, dulce sueños.

Apreté los párpados deseando no despertar por la mañana. Hacerlo significaba seguir en la misma pesadilla.

****

»Me pierdo entre el dolor, la soledad me atrapa, asfixia estar sin ti; finjo  estar bien pero por dentro muero lentamente, porque todo está mal«

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela CEO Árabe Busca Heredero
8.7
Hasan Al-Saeed, un poderoso y hermético magnate árabe, busca desesperadamente asegurar su linaje. Su estrategia es hallar a la candidata perfecta para engendrar a su heredero, pero todo cambia al cruzarse con Sarah. Ella, forzada por la precariedad, ofrece su virtud al mejor postor. Aunque el pacto nace como una transacción comercial sin sentimientos, la atracción mutua desafía la frialdad de Hasan. ¿Podrá obtener su sucesor sin comprometer su alma?
Portada de la novela Ceos: Matrimonio de Conveniencia, Amor Verdadero
7.9
Emilia y Alexander, líderes de constructoras rivales, terminan unidos por un malentendido tras un accidente. Ante la salud del padre de ella y una fusión empresarial, pactan un matrimonio falso de un año. Aunque la hostilidad marcaba su relación, la convivencia diaria despierta una química inesperada que transforma su rivalidad en amor. No obstante, su vínculo peligra por secretos oscuros y una tragedia familiar que amenaza con separarlos para siempre.
Portada de la novela El amante perdido
9.3
Kazumi y Shiro se alejaron durante su juventud. Ella prosperó como una brillante doctora en el extranjero, mientras que él enfrentó la miseria para subsistir. Tras años de distancia, un peligroso incidente los vuelve a unir cuando él la rescata. Pese al rechazo familiar hacia ella y el modesto origen de él, su conexión renace. Sin embargo, el hallazgo de que Shiro es un rico heredero japonés altera todo, obligándolos a luchar por su amor frente a nuevos desafíos.
Portada de la novela El Hijo de Vicenzo
8.6
Mientras Vicenzo Sanlúcar, el poderoso magnate de Chicago, prepara su enlace matrimonial, un obstáculo legal lo detiene: ya figura como un hombre casado. Ante la mirada atónita de su asistente, el influyente líder descubre un acta de matrimonio que no recuerda haber firmado jamás. Desconcertado por el vínculo con una mujer llamada Helen, Vicenzo exige encontrarla pronto para desentrañar el misterio y la verdad que se oculta tras esa boda secreta e inesperada.
Portada de la novela Luna de Traicion
7.9
Elena Castillo, una poderosa magnate neoyorquina, queda atrapada en una guerra mortal entre el hombre lobo Damien Wolfe y el vampiro Lucian D'Arcy. Mientras dirige su imperio, descubre una conspiración que busca destruir su corporación desde el anonimato. Entre traiciones y un romance intenso, Elena debe elegir socios en un mundo donde el peligro sobrenatural se mezcla con las altas finanzas. Su ingenio será clave para sobrevivir a este oscuro juego.
Portada de la novela Secretos demasiado oscuros
9.6
Selena, psicóloga escolar, vive una pesadilla cuando un acosador amenaza a su hija preadolescente, un secreto que había guardado con celo. Mientras el peligro acecha, su estabilidad emocional se tambalea al reencontrarse con Alan, su exprofesor y ahora magnate, quien fue su gran amor prohibido. Dividida entre la atracción por un colega y la intensidad de su pasado, Selena deberá enfrentar sus sombras para salvar a su familia y hallar la redención.