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Portada de la novela El arte de fingir

El arte de fingir

Después de una noche reveladora, Rynha decide abandonar su aburrida rutina al sumergirse en un portal digital de experiencias prohibidas. Lo que comenzó como una distracción la vincula con un amante imprevisto que altera su mundo por completo. Atrapada entre la necesidad de conexión y la intensidad de lo oculto, se ve envuelta en una red de engaños. Rynha deberá decidir si puede renunciar a esa tentación o si perfeccionará el complejo arte de fingir.
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Capítulo 3

A cada paso que daba, sentía la vitalidad y el entusiasmo llenando mi mañana a golpe de proyectos no tan rutinarios como los que acostumbraba a tener. Cosas que habitaban mi mente, haciéndose con el control de mi cordura. Cosas que había planeado  hacer aquel día, y de las que no me sentía orgullosa, pero se me hacían un mal necesario.

Corría  y corría en la estera de la caminadora de aquel gimnasio como si mi vida dependiera de ello. Mi mente iba a mil por segundo, y cada agitación de mi sistema respiratorio me llevaba a evadirme de mis problemas.

Había  decidido hacer una de las cosas más mezquinas que quizás podía valorar llevar a cabo, pero me estaba volviendo loca con la incertidumbre.

Toqué el panel de control de la caminadora para activar una velocidad mayor de la que normalmente usaba, porque aquella mañana no quería parar hasta que me provocara ardor en las piernas de tanto correr. Un simple cambio a mi cuerpo, ya que mi vida no encontraba alguno. Bebí un corto sorbo de mi agua, volviendo a dejarla sobre el hueco que tenia el aparato diseñado para eso, pensando y pensando en lo mucho que me había afectado la justificación utilizada por Nuria aquella noche donde trató de normalizar su comportamiento adúltero, comparándose conmigo, provocando que sus palabras aún dieran vueltas en mi mente. Aunque yo no fuera la posible infiel dentro de mi matrimonio, el comportamiento similar de mi marido con las supuestas incorfomidades que podía tener una persona que se enrumbaba por aquellos caminos, le venían todos de perlas.

Así que, después de dos semanas observando su comportamiento ambiguo, decidí contratar un detective privado, que lo siguiera y me confirmara si estaba tirándose a otra.

Sabía que era una conducta cobarde y hasta ruin, pero era la única forma que había encontrado de darme de bruces contra la realidad a la que me había obligado a pertenecer con los ojos cerrados, o más bien tapados. Si en algo estaba de acuerdo con Nuria, es que de darse el caso de que mi marido me estaba engañando, la pricipal culpable de permitírselo era yo, por haber mirado hacia otro lado todo este tiempo ante la evidente distancia que había impuesto entre los dos, así como su falta de interés en todo lo que me atañaba y no había hecho nada más que aparcar el problema fingiendo estabilidad matrimonial, e ignorando la inconformidad, por miedo a no enfrentarme a las consecuencias que me traería el saber, aquello que tanto sospechaba.

Terminé de correr casi asfixiada. Sentía que me había extralimitado, pero al menos los reproches de mi cuerpo por el exceso de trabajo innecesario, me daban la sensación de que aún estaba viva, y podía sentir, mucho más que el desdén de mi marido.

Me duché rápidamente en los baños y me cambié de ropa para irme a casa. Aunque antes, pasaría por un restaurante a encontrarme con el hombre que sería determinante en el futuro que decidiría vivir a partir de lo que él descubriera.

Así como el miedo estaba presente en cada una de las decisiones que tomaba, tenía que mostrar un poco de valentía en algún momento y tomar el toro por los cuernos, nunca mejor dicho.

—Una vez que firme aquí —me señalaba el señor con barba canosa y manos arrugadas sentado delante de mí, el lugar exacto donde debía escribir mi firma —y haga el primer pago no habrá marcha atrás —bebí mi café nerviosa, prestando atención a sus palabras salidas de dientes amarillentos por el evidente hábito de fumar de aquel hombre —incluso si se arrepiente yo seguiré adelante, le entregaré las pruebas, y exigiré el resto del dinero.

—En caso de que encuentre pruebas de la infidelidad de mi marido... —le rebatí firmando el cheque por tres mil quinientos dólares y el contrato de sus servicios, así como guardé el documento de confidencialidad firmando por él.

—Le puedo asegurar que las habrá —afirmó robándome la poca fe que me quedaba y concluyó listo para irse de allí —ustedes las mujeres no se equivocan, y lo que les empieza a rondar la mente como una simple conjetura, termina volviéndose un brutal hecho por probar... y ahí,  es donde empieza mi trabajo.

...Después de haber puesto en marcha el plan para salir de dudas, me fui a mi trabajo.

Generalmente trabajaba desde casa y solo hacía horas de oficina si necesitaba entrevistarme con alguno de mis autores, o tenía entregas por hacer. Sin embargo aquel día, quería salir del confort de mi casa que me permitía pensar demasiado.

—Hola Rynha, que bueno verte por aquí —me saluda Ginna, la recepcionista de la editorial cuando me ve llegar ataviada en un montón de papeles que trataba de sostener entre mis brazos haciendo malabares con ellos.

—Hola Ginna, tengo una entrevista con un nuevo cliente...¿Todo te va bien?—pregunté avanzando al elevador al tiempo que ella salía de detrás de su mesa en forma de semicírculo y me alcanzaba antes de que se cerraran las puertas.

—Todo está bien, pero hay alguien esperando por tí aquí abajo. Le dije que no solías venir y estaba seguro de que lo harías. Lleva una hora esperando por tí.

Miré por encima de su hombro y me encontré con un señor canoso, de apariencia podría decir que tierna, y me sonrió levantándose para caminar hasta mí. Era evidente que había notado que ya me habían informado de su presencia en mi trabajo.

—Gracias Ginna, yo le atenderé.

Ella volvió a su sitio y yo me dispuse a averiguar que podía querer aquel señor conmigo.

—Hola Rynha —me saludó en cuanto estuve cerca de él y me ofreció una mano que tomé por educación, a pesar de que me sabía raro que me llamara por mi nombre —tenía el presentimiento de que vendrías. Eres tan hermosa...

—¿Quien es usted ?—le interrumpí extrañada.

Miró hacia atrás y tomó del sofá en el que había estado esperándome, unos documentos que me ofreció y los tomé acomodándolos entre los que ya llevaba conmigo para trabajar .

—Revisa estos papeles y ojalá un día podamos conversar. Me ha dado mucho gusto conocerte.

Me quedé tan extrañada con lo que había sucedido que no supe como reaccionar. Me esquivó y finalmente salió de la editorial hacia la calle y se perdió entre la vida de la ciudad.

Pregunté a Ginna si había dejado una dirección o algo para localizarlo, pero no fue así. Entonces decidí seguir mi trabajo y luego vería de donde había salido aquel señor y que papeles me había dado.

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