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Portada de la novela El Aroma del Adiós

El Aroma del Adiós

Mi matrimonio con Clara, forjado tras años de entrega, se desmoronó al descubrir su infidelidad con Marcos Durán. Lejos de aceptar el divorcio, ella me incriminó falsamente por violencia para encarcelarme. Gracias al apoyo del Dr. Morales y una vecina clave, logré demostrar mi inocencia y liberarme de sus redes de manipulación. Hoy dejo atrás el dolor de su traición, decidido a reconstruir mi futuro y recuperar la vida que me fue arrebatada injustamente.
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Capítulo 3

Clara ni siquiera miró a Ricardo mientras los policías lo escoltaban fuera de su propia casa, su atención se centró por completo en consolar a un falsamente preocupado Marcos Durán, una vez más, Ricardo era el problema secundario, el daño colateral en la vida de Clara, un obstáculo que debía ser apartado para que ella pudiera seguir con sus prioridades.

La noche en la celda fue larga y humillante, el olor a desinfectante y desesperación se le pegó a la piel, para Ricardo, esta no era una experiencia nueva, sino la culminación de años de ser relegado, ignorado y abandonado, se sentó en el catre duro, reviviendo cada vez que Clara lo había dejado plantado por una "emergencia" con Marcos, cada vez que había minimizado sus logros para no opacar los de ella, cada vez que lo había hecho sentir pequeño e insignificante, el dolor ya no era agudo, era un dolor sordo y crónico, una parte de él a la que se había acostumbrado, pero esa noche, algo cambió, la resignación se convirtió en una resolución de acero, no más.

A la mañana siguiente, el Dr. Morales pagó su fianza, la mirada de su mentor no era de juicio, sino de profunda decepción, pero no dirigida a Ricardo.

"Ve a casa, empaca tus cosas y sal de ahí", le dijo Morales con voz grave, "Yo me encargaré de los abogados, esto no se quedará así".

Ricardo asintió, agradecido, y condujo de regreso a la casa que ya no sentía como suya, estaba vacía, Clara probablemente estaba con Marcos, empezó a recoger sus pertenencias de forma metódica, cada objeto era un recordatorio de un amor fallido: sus libros de ciencia que ella nunca había abierto, sus premios académicos guardados en una caja en el ático, la ropa que ella le había comprado y que a él nunca le gustó.

Mientras metía sus trajes en una maleta, su vecina, la señora Carmen, una mujer mayor que lo había visto crecer, se asomó por la cerca del jardín.

"Mijo", dijo con voz suave, "¿te vas?".

Ricardo asintió, sin poder hablar.

"Haces bien", continuó ella, "Esa mujer no te merece, anoche la vi, cómo se reía con ese otro hombre después de que la policía te llevó, como si fuera un gran chiste, no tienes idea de las veces que lo vi entrar a la casa en cuanto tú te ibas a trabajar".

Las palabras de la señora Carmen no lo sorprendieron, pero confirmaron la dolorosa verdad, no había sido una paranoia suya, había sido real, cada sospecha, cada duda, era una herida validada.

Recordó con una claridad dolorosa el día en que había rechazado una prestigiosa beca de investigación en el extranjero, una oportunidad única en la vida, lo hizo porque Clara le había suplicado que no se fuera, le dijo que no podría vivir sin él, que su amor era lo más importante, y él, ingenuo y enamorado, le creyó, sacrificó su sueño por ella, solo para darse cuenta años después de que ella solo lo quería cerca como una red de seguridad, un proveedor estable mientras buscaba emociones en otra parte.

Sacó un calendario de su maletín y con un marcador rojo rodeó la fecha de la próxima semana: viernes, ese sería el día, el día en que presentaría la demanda de divorcio y se reportaría con el Dr. Morales para comenzar su nueva vida en el proyecto militar, un nuevo capítulo.

Estaba a punto de cerrar la última maleta cuando la puerta principal se abrió, Clara entró, tarareando una melodía, como si nada hubiera pasado.

"Ah, Ricardo, ya estás en casa", dijo con una sonrisa despreocupada, "¿Qué haces con todas esas maletas? ¿Planeas un viaje?".

La normalidad de su tono era desconcertante, como si la noche anterior hubiera sido solo un mal sueño.

Ricardo no respondió, simplemente la miró con una frialdad que nunca antes le había mostrado, levantó su maleta y caminó hacia la puerta.

La sonrisa de Clara se desvaneció, reemplazada por una expresión de desconcierto, "¿Ricardo? ¿Qué te pasa? ¿Sigues enojado por lo de anoche? Ya sabes cómo te pones, tuve que hacer algo".

Él se detuvo en el umbral, sin voltear a verla.

"No estoy enojado, Clara", dijo, su voz era hueca, vacía de toda emoción, "Estoy cansado".

"Bueno, deja eso", dijo ella, acercándose, intentando tocar su brazo, "Hice tu comida favorita, podemos hablar y arreglarlo, como siempre".

Ricardo apartó su brazo de su alcance, el gesto fue pequeño pero definitivo.

"No hay nada que arreglar", dijo, y salió por la puerta, dejando a una Clara confundida y por primera vez, un poco asustada, en medio de la sala llena de los ecos de una vida que él acababa de abandonar.

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