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Portada de la novela El Amigo de mi Padre

El Amigo de mi Padre

Casey Monroe se siente intrigada por Cauther Lance Acrom, el arrogante y hermético socio de su progenitor. El frío magnate de Washington, centrado siempre en sus negocios, ve su mundo alterado tras una noche de pasión impulsiva con la joven. Ahora, Cauther está obsesionado con poseer a Casey, cuya faceta provocadora lo ha cautivado por completo. No obstante, el vínculo profesional con el padre de ella se convierte en un gran obstáculo para su plan.
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Capítulo 3

Casey se despide de ambos hombres, pero antes de que pudiera salir del despacho la voz de Genaro llama su atención.

—Casey, mañana por la noche estaré esperando la presencia de tu padre y con tu compañía. Por favor encárgate de que este viejo aparezca por mi casa. Daré una pequeña reunión.

—Vamos Genaro, sabes que no tengo tiempo para ese tipo de eventos.

—Rafael, es para un bien mayor. Una reunión benéfica, ya sabes, para apoyar la institución de los niños y niñas.

La joven castaña ve como su padre rueda los ojos, casi nunca asistía a esas reuniones. Su razón, era porque su tío Genaro siempre buscaba la manera de emparejarlo, y para esas alturas no estaba nada mal la idea de que se consiguiera una novia.

—Asistiremos tío.

—¡Esa es mi niña!

El padre observa a su hija quien le dedica una sonrisa de victoria, era imposible que se negara a su petición. Era lo único en lo que su padre no había cambiado para con ella, creyó que era porque su parecido con su difunta madre era increíble. Parecían dos gotas de agua. La joven se despidió de lejos de su padre para luego cerrar la puerta, en eso la sonrisa se le borra de los labios.

Necesitaba un poco de aire fresco, era agobiante tener que disimular tanto con su propio padre. No sabía porque le costaba tanto hablar con él sobre sus inquietudes. La joven muerde sus labios y se encamina hasta el ascensor para subir a la terraza del edificio…

Al recibir la brisa fresca en su cara logro respirar con tranquilidad, sentía un nudo en su estómago tan espantoso. Era la peor de las hijas, una falsa… la chica encaminó sus pasos hasta el borde del edificio, cada vez que se sentía ahogada siempre corría como una chiquilla a la azotea para tomar un poco de aire fresco. Lo hacía a escondidas, si su padre se llegaba a enterar que subía sola a ese lugar tan peligroso, seguro que se ganaba una reprimenda. Y eso que ya tenía 23 años de edad.

Casey se inclina un poco de las barandas de seguridad pudiendo ver el movimiento de los coches, a esas alturas se podían apreciar un poco más pequeños. El edificio de su padre era casi como un rascacielos. A muchos quizás le pareciera aterrador estar a esas alturas, pero a ella le iba bien porque se sentía libre.

—Si te inclinas un poco más, ten por seguro que tendrás una muerte espantosa.

Casey da un respingo sujetándose de la baranda con fuerza, muere del susto al escuchar esa fuerte voz detrás de ella, al darse la vuelta observa a Cauther recostado de una pared. ¿Cuánto llevaba en ese lugar? Ella no se dio cuenta de su presencia. Era como un gato, tan escurridizo.

—Señor Acrom —Le dice con nerviosismo en la voz.

—¿Tu padre sabe que vienes seguido a este lugar? —Ella entre abre los labios, en ese momento fue que percibió que estaba fumando un cigarrillo, el cual tomaba con aquellos enormes dedos, pero que era tan… ¿Qué mierda pensaba?

—No estoy haciendo nada malo —Decide contestar.

—Reclinarte de ese barandal no es muy seguro que digamos —Señalo los tubos con la mano con la que sujeta el cigarro.

Ella miró en esa dirección llevándola a aplanar los labios, nunca le había sucedido nada y eso que subía casi todo el tiempo. Avergonzada, levanta la mirada y, al hacerlo conecta con la fiera mirada de Cauther y eso fue como un detonante para su corazón. Comenzó a latir como desquiciado dentro de su pecho, se preguntó, ¿Por qué la estaba mirando de esa manera?

—Este edificio es muy seguro.

—Rafael lo quiso así, enorme… extravagante, en cambio yo, opine que con dos pisos era más que suficiente. No necesitamos impresionar a nadie, somos las personas más ricas del país, y casi del mundo.

Eran tan vanidoso ese hombre que le producía cierta incomodidad. En eso ella pestañea observando los movimientos del socio de su padre, nunca se había sentido tan nerviosa estando en compañía de Cauther, bueno, tampoco es que se hubiera quedado a solas con él infinitas veces. De hecho era la primera vez que le hablaba más de la cuenta, realmente nunca le dirigía la palabra el muy capullo.

De pronto Casey nota como apachurra el cigarrillo con el zapato, lleva ambas manos a sus bolsillos y empieza a encaminar sus pasos hacia… ¡ella! le dijo esa voz interior. Paralizada, se queda dónde estaba a esperar lo que ese hombre pensara hacer.

Cauther, quedo a escasos centímetros de ella, pero aún así manteniendo cierta distancia. No obstante, aquella cercanía era perturbadora e inquietante para la pelinegra quien deseaba lanzarse por el precipicio.

—Tendrás muchos problemas con tu padre si se entera que subes a la terraza del edificio —Ella ve como saca la mano de su bolsillo para rascarse su incipiente barba, ¿La estaba amenazando o que pendejada intentaba?

—No se lo diga a mi padre —Casey aplana los labios, y es cuando percibe algo sumamente extraño que le puso los vellos de punta…

—Sera nuestro pequeño secreto, señorita Monroe —De pronto Cauther se inclina un poco hacia ella para susúrrale aquellas palabras, pero todo aquello solo fue en milésimas de segundos, ya que él se recompuso para luego darse la vuelta y largarse.

Entre tanto Casey apretaba el barandal con sus manos con tanta fuerza que sintió que sus manos se estaban agarrotando. La joven trago saliva al mismo tiempo que parpadeaba reiteradas veces, ¡¿Qué demonios fue eso?! Se preguntó mientras tomaba una bocanada de aire.

Ella suelta el barandal para llevarse una mano al pecho, no era mentira, su corazón si estaba latiendo con fuerza. De pronto sintió un leve mareo que la hizo sostenerse nuevamente de la barra de seguridad.

—Carajos, ¡¿y eso que fue?! —Frunce el ceño al recordar las palabras de Cauther, pero lo más inquietante de todo, era esa media sonrisa que se asomaba en la comisura de labios de Cauther —. ¿Qué significa eso?

Casey muerde sus labios, respira con fuerza, estaba teniendo un ataque de pánico o algo así. Nunca había pasado por una situación como esa. La chica suelta el aire, intenta recobrar el aliento perdido y, unos segundos después empieza a sentir como los latidos de su corazón comenzaban a volverse rítmicos. Levanta la mirada admirando el paisaje ante ella, cientos de edificios se encontraban a su alrededor.

—Joder, esto debió ser una ilusión o algo así… —Se dice, intentando olvidar ese incidente que no tenía cabida en sus pensamientos.

En eso su móvil comienza a vibrar, al mirar la pantalla se da cuenta de que era su padre, seguramente la reunión estaba por comenzar. Ella recompuso su cuerpo para dirigir sus pasos hacia la entrada de las escaleras… minutos más tarde, diviso la sala de juntas, atreves del cristal distorsionado se podían ver la silueta de todos los empleados invitados, incluyendo a los dueños. Y fue cuando ella detuvo sus pasos.

¡Mierda! Cauther iba a estar allí también, ella siente flaquear un poco sus piernas, a la vez que se le hace un potente nudo en la boca del estómago. Luego niega, no, ¿qué carajos le estaba pasando? Por un jodido encuentro sin sentido no podía comportarse de esa manera. Pero entonces, ¿Por qué rayos no lograba mover un solo pie?

—¡Casey! Allí estás —Ella voltea y ve a la secretaria de su padre aproximarse a ella —. Tu padre te está esperando, vamos ya… solo faltas tú.

—¿Yo?

—Sí, vamos —La anima a caminar hasta la sala de juntas.

Ella miró la puerta desde lejos sintiendo que el nudo en su estómago se volvía más apretado y hasta doloroso. Llevada por la secretaria, Casey, ingresa en la sala de juntas casi que ciega pero por los nervios que la estaban carcomiendo.

—Llegas un poco tarde, ¿estás bien? —Era la voz de su padre, ella pestañea y lo busca con la mirada.

—Sí, sí, estoy bien —Tartamudea sonriendo a medias.

—Entonces, demos comienzo.

Y aquellas palabras la sentenciaron a mirar al resto del personal, en cuanto lo hace, el culpable de su angustia y revoltijo de emociones se encontraba sentado muy tranquilo con una carpeta entre sus manos. Ni siquiera había levantado la mirada para verla, ¡que maldito capullo era! Mientras que ella pasaba penurias por su jodido comportamiento en la azota, él estaba como si una mierda hubiera pasado.

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