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Portada de la novela El Altar, Las Mentiras, Su Penitencia

El Altar, Las Mentiras, Su Penitencia

Abandonada en su boda por Carlos y traicionada por sus parientes, una mujer se dedica a criar sola a su pequeño Leo. La calma se rompe cuando Carlos reaparece años después, obsesionado con reclamar su paternidad mediante pruebas de ADN. Tras romper con su familia y resistir los ataques de su hermana, los secretos del pasado salen a la luz. Mientras él busca redimirse, ella decide otorgar una oportunidad al hombre que la amó lealmente en las sombras.
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Capítulo 2

Punto de vista de Emilia Huerta:

El escalofrío que recorrió mi espalda no era solo por el aire de otoño; era el toque gélido de la memoria. La pregunta inocente de Leo sobre la foto, sobre él y una flor, había abierto una bóveda que había mantenido sellada durante cinco largos años.

Había intentado borrar cada rastro de Carlos Barroso de mi vida, de mi mente. Fotos, cartas, cada recuerdo de un amor que nunca fue verdaderamente mío. Pero algunas cosas, como el aroma del papel viejo o las palabras curiosas de un niño, podían atravesar incluso las capas más gruesas del olvido.

Leo, siempre tan observador, continuó su descripción.

—Llevaba una camisa blanca, mamá, como un príncipe. Y la flor era amarilla, creo. Se veía triste, pero también muy amable.

En el ojo de mi mente, la imagen se materializó, nítida y clara. No un príncipe, sino un niño. El joven Carlos Barroso, capturado en un momento de vulnerabilidad sin guardia. Un fantasma de una vida que ya no reconocía.

Mis pensamientos vagaron hacia atrás, más lejos de lo que jamás les permitía ir. De vuelta a un tiempo en el que todavía creía en promesas, en el amor, en un futuro que brillaba con posibilidades.

Carlos Barroso. Un prodigio. Un nombre susurrado con reverencia en los círculos académicos, el niño de oro de una familia de oro. Se movía por la vida con una confianza tranquila, cada paso preciso, cada palabra medida. Estaba destinado a la grandeza, y todos lo sabían. Todos, incluyéndome a mí.

Recordé la primera vez que realmente me vio. No solo como la hermana menor y callada de Camila, la invisible. Fue durante una ceremonia de premios, un borrón de luces intermitentes y aplausos educados. Él estaba en el escenario, recibiendo otro galardón. La multitud rugió. Pero entonces, hizo algo inesperado. Hizo una pausa, recogiendo una sola rosa caída del escenario y colocándola en la solapa de un conserje abrumado. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que decía mucho.

Mi familia rara vez me miraba, y mucho menos me ofrecía amabilidad. Al crecer, fui un fantasma en mi propia casa, una sombra silenciosa ante la luz extravagante de Camila. Cada pequeño acto de consideración de alguien fuera de mi círculo inmediato se sentía como un regalo precioso, atesorado y guardado. Esa sola rosa, ese momento fugaz de atención gentil, se había grabado en mi corazón. Era un salvavidas al que me aferraba en un mar de negligencia.

Alimenté ese amor secreto durante años, una cosa tierna y frágil. Lo observaba desde la distancia, una observadora silenciosa de su vida deslumbrante. Conocía su horario, su café favorito, la forma en que se le arrugaba la frente cuando estaba sumido en sus pensamientos. Sabía que era perfecto.

Una tarde, lo vi de nuevo. Estaba parado junto al asta de la bandera, el uniforme escolar impecable incluso en el calor sofocante. Estaba ayudando al conserje con algo, sus movimientos eficientes y precisos. Camila, por otro lado, estaba recargada contra la pared cercana, cumpliendo castigo por otra regla rota, otro límite empujado. Ella siempre buscaba atención, y nuestros padres, ciegos a sus defectos, siempre la consentían. Ella era su estrella.

Cuando Carlos terminó, miró a Camila, con una expresión extraña en su rostro. Entonces, lo hizo. Extendió la mano, sus dedos rozando el borde de la sombra de ella en el suelo calcinado por el sol. Un toque silencioso y anhelante. Retiró la mano de inmediato, como si se hubiera quemado, su compostura resquebrajándose por una fracción de segundo antes de alejarse, con los hombros rígidos.

El recuerdo me golpeó como un impacto físico. Ese momento tierno, ese toque gentil que yo había idealizado, nunca había sido para mí. Era para Camila. La dulzura de mi amor infantil se cuajó en algo amargo, un sabor agrio en mi boca. Mi corazón, una vez tan lleno de un anhelo secreto, ahora se sentía como una cavidad vacía.

Camila, siempre la niña dorada, no podía hacer nada mal a los ojos de nuestros padres. Sus rebeliones eran entrañables, sus travesuras encantadoras. Mi obediencia silenciosa se desvanecía en el fondo, inadvertida. Ahora, incluso el brillante y perfecto Carlos estaba cautivado por su espíritu salvaje. Era un patrón familiar, un eco doloroso de toda mi vida.

Recordé haber leído un ensayo que él había escrito para una revista literaria. Hablaba de jaulas doradas y el anhelo de cielos indómitos, de admirar a los "pajaritos desobedientes" que se atrevían a volar contra el viento. Entendí entonces. No le atraía mi sumisión silenciosa; ansiaba el caos, la libertad que Camila encarnaba. Quería liberarse, y veía a Camila como su escape.

Mis padres, siempre oportunistas, vieron una alianza. Se acercaron a la familia Barroso con una propuesta de matrimonio, buscando una fusión de fortunas y estatus social. Los Barroso, inicialmente vacilantes, consideraron la unión. Eran dinero viejo, orgullosos y reservados. Mis padres estaban ansiosos, casi desesperados.

Entonces, Carlos, el hijo callado y obediente, sorprendió a todos. Habló. Aceptó un matrimonio arreglado, un raro acto de desafío contra la desaprobación tácita de su familia hacia el dinero nuevo de la nuestra. Su abuela, una mujer formidable que siempre había adorado a su nieto estoico, le había dicho en voz baja: "Siempre has hecho lo que se espera, querido. Por esta vez, elige por ti mismo".

El compromiso estaba hecho. Pero Camila, fiel a su estilo, se rebeló. Declaró a Carlos "aburrido, predecible, una jaula dorada". No se dejaría atar a un hombre así. Ella huyó. Siempre huía.

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