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Portada de la novela El Alfa y su pareja rechazada

El Alfa y su pareja rechazada

Debra, hija de un Alfa, enfrenta el desprecio de Caleb, su pareja predestinada. Tras ser rechazada y desterrada estando embarazada, su linaje cae ante usurpadores. Cinco años después, la Manada Espina la ha ayudado a sobrevivir. El destino los cruza nuevamente en una misión secreta en el pueblo de Roz. Mientras Caleb busca redimirse y recuperar su afecto, Debra lucha por proteger el secreto de su hija y liberarse definitivamente de las sombras de su pasado.
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Capítulo 2

Punto de vista de Debra:

Levanté la cabeza y miré en trance al hombre que tenía al frente. Su pelo rubio brillaba como el sol en invierno, proyectando un resplandor cálido y relajante que tranquilizaba a la gente. Su apuesto rostro parecía haber sido cincelado por los mismos dioses, asemejándose a una exquisita escultura. Pero, por alguna razón, Ivy se sintió inquieta. Ansiaba acercarse a aquel hombre misterioso.

"¡Cariño, acércate a él!", me gritó ella con una excitación incontenible.

Yo estaba confundida, pero ignoré la insistencia de mi loba porque me fijé en la mancha de vino que tenía ese hombre en su ropa.

"Ay, Dios, lo siento mucho".

Le pedí disculpas de inmediato y me tambaleé hasta la mesa, tratando de encontrar algún pañuelo para limpiarlo.

"No te preocupes". El hombre hizo un gesto despectivo con la mano. "La boda es horrible de todas formas".

"¿Qué? ¿Por qué dices eso?".

Las palabras del hombre y su franca actitud despertaron instantáneamente mi curiosidad. Todo el mundo aplaudía a la feliz pareja, pero él se atrevía a decir que era una boda horrible. Una crítica tan dura era realmente sorprendente.

"Eduardo tiene mal gusto", explicó él.

Luego miró a Marley, quien sonreía alegremente entre la multitud. Después tomó un sorbo de vino y continuó: "Eligió a la mujer equivocada. Marley no será una buena Luna".

La luz de la esquina iluminó al hombre y vi débilmente su sexy nuez de Adán. Mientras él tragaba el vino, no pude evitar fijarme en su clavícula, la cual asomaba por el cuello de su camisa. De inmediato se me aceleró el corazón y no pude pensar con claridad.

"¿Cómo lo sabes?", le pregunté, mirándolo fijamente, tratando de calibrarlo. "¿Acaso le pediste la mano, pero te dijo que no?".

Él soltó una risita y me miró como si yo fuera una idiota. "¿Cómo llegaste a esa conclusión? Si yo no la hubiera rechazado, no se habría conformado con Eduardo. Si ahora le diga que sí, lo dejará todo y se escapará conmigo".

¿Ese sujeto había rechazado a Marley? Las cosas se estaban poniendo aún más interesantes. Ganármelo era como derrotar a mi querida madrastra.

Entonces, impulsada por el alcohol, me volví más atrevida. Lo miré de arriba abajo y comenté: "¿Por qué? Si no eres tan encantador".

Con su ego en juego, entrecerró los ojos y me susurró: "¿Ah, sí?".

Al segundo siguiente, me apretó contra la pared con una copa de vino en una mano. Me besó. El tiempo pareció congelarse en ese momento. Su beso fue agresivo y tierno a la vez, lo que me hizo caer rendida en sus brazos. Luego me abrazó con fuerza por la cintura y prácticamente me alzó. Con él tan cerca de mí, su embriagador aroma me abrumó.

Ahora entendía por qué Ivy estaba tan inquieta. Era porque ese apuesto desconocido era intensamente atractivo. No había duda de que era el compañero que el destino había elegido para mí. No pude evitar responder a sus insinuaciones e inconscientemente le rodeé el cuello con los brazos.

Pero, de repente, dejó de besarme. Parecía sorprendido por mi pasión. Yo no sabía si él sentía lo mismo que yo estaba sintiendo en ese momento. Pero no pensé demasiado en eso, porque el sabor dulce del beso me estaba mareando y el roce de nuestros cuerpos me hacía sentir muy bien. Ni siquiera recordé cómo me llevó a la habitación.

La sala no estaba iluminada, pero la luz de la luna entraba por las ventanas, iluminando su cuerpo sobre el mío.

"No te muevas...".

Me besó y bajó hasta mi cuello, dejándome varios chupetones. Con una mano, me desnudó y tiró mi abrigo al suelo. Como él tenía la copa de vino en una mano, le costó un poco quitarme el brasier de encaje morado. Pero él no tenía prisa. Me besó el escote despacio.

Yo podía sentir una descarga eléctrica indescriptible en el lugar donde sus labios tocaban mi piel, haciéndome más sensible. Mis piernas actuaron por sí solas, y rodearon por instinto la esbelta cintura del hombre. Un deseo inexplicable consumía cada fibra de mi ser.

Tal vez pudo sentir cuánto lo deseaba, porque, de repente, aceleró el paso y me quitó el brasier con facilidad. Al segundo siguiente, algo frío goteó sobre mi pecho, haciéndome gritar de asombro. Yo grité. El hombre había derramado el vino sobre mi pecho. Pero mi grito pronto fue acallado con un violento beso. Al instante, apretó sus labios contra los míos, succionando el aire de mis pulmones, y pude sentir su duro pene presionado contra mi vientre.

"Espera... El vino...".

Aunque todo era muy excitante, la sensación pegajosa del vino me hacía sentir incómoda, así que murmuré: "Límpialo".

"Bueno, cariño", me susurró al oído con voz ronca. "Lo haré por ti".

Antes de que yo pudiera entender lo que estaba pasando, el hombre bajó la cabeza y empezó a lamerme el vino del pecho, bajando hasta el vientre. Con una mano me tocó el pecho y con la otra me quitó la falda y la ropa interior. Sin ningún escrúpulo, puso su pene justo delante de mis partes íntimas.

Bajo la pálida luz de la luna, pude ver su pene. Era enorme e intimidante.

Él pareció darse cuenta de mi inquietud y de repente me preguntó: "¿Eres virgen?".

No respondí directamente a su pregunta. En su lugar, susurré con voz ronca: "Tengo un poco de miedo".

"No te preocupes". Sonrió y, sin previo aviso, introdujo tres dedos en mi vagina, lo que me hizo jadear de asombro. Luego agarró su enorme pene y dijo: "Te sentirás muy bien, te lo prometo".

Separó mis piernas y colocó sus manos bajo mis nalgas. Antes de entrar, levantó una mano y me tapó los ojos.

"¡Ah!".

Una oleada de dolor se disparó desde la zona de mi entrepierna, y pude notar que sangraba un poco. Él también pareció darse cuenta, pero no se detuvo. Al contrario, parecía muy excitado. De inmediato, me destapó los ojos y empezó a penetrarme violentamente como una bestia salvaje. Y tenía razón. Me sentí muy bien.

Arqueé la espalda para que siguiera penetrándome. El placer me estaba volviendo loca.

No recordé cuánto tiempo lo hicimos, solo sabía que lo repetimos innumerables veces, en el sofá, en la bañera y sobre la mesa... Lo hicimos tantas veces que él incluso empezó a tomar nota de mis posturas favoritas.

"Cariño, vamos a hacerlo como a ti te gusta", me susurró al oído mientras me hacía el amor. No le oí con claridad, pero asentí por instinto. Guiada por él, me sentí como una pequeña barca en el mar, zarandeada por las enormes olas.

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