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Portada de la novela Ecos de un amor traicionado

Ecos de un amor traicionado

Sofía vive atrapada en un bucle temporal que inicia cuando su hija, Camila, revela un proyecto en la mina de San Lorenzo, lugar donde desapareció su padre. En cada ciclo, esta noticia provoca que el cártel las asesine, pero el verdadero horror surge al descubrir que Elena y Javier, su propia familia, son los traidores que filtran la información. Entre violencia y conspiraciones de la mafia, Sofía lucha por romper el destino y salvar a Camila.
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Capítulo 3

La desesperación es un motor poderoso. Mientras Camila se encerraba en su cuarto, dolida y confundida por mi reacción, y mi hermana y su esposo se sentaban en la sala fingiendo consuelo, yo me moví. Sabía que no podía razonar con ellos. Tenía que actuar.

Fui sigilosamente al cuarto de Camila. Su maleta de trabajo, la que usaba para las expediciones, ya estaba junto a la puerta. Contenía sus herramientas, sus botas de seguridad, su casco. Todo lo que necesitaba para su misión. Sin hacer ruido, la arrastré fuera de la habitación y la escondí en el fondo de mi armario, debajo de sábanas viejas. Luego busqué las llaves de su camioneta y las metí en un frasco de arroz en la alacena. Pequeños actos de sabotaje, infantiles, pero eran lo único que se me ocurría. Si no podía ir, estaría a salvo.

Me sentí un poco más tranquila. Era un plan frágil, pero era un plan.

La calma duró menos de una hora. El celular de Camila sonó. La oí hablar desde su cuarto.

-¿De verdad? No, no es molestia. Al contrario, me ahorran el viaje. ¡Perfecto! Sí, aquí los espero. Gracias.

Salió de su cuarto con una sonrisa forzada, tratando de ignorar la tensión en el aire.

-Era mi jefe. Hubo un cambio de planes. Van a mandar un coche de la compañía por mí mañana temprano. Así que no necesito mi camioneta.

El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. El destino, o lo que fuera que estaba moviendo los hilos, era cruel. Se reía de mis patéticos intentos.

Elena, que había escuchado todo desde la sala, se levantó con una sonrisa brillante y falsa.

-¡Qué bien, sobrina! Así viajas más cómoda. Oye, por cierto, ¿no ibas a revisar tu equipo? No lo encuentro por ningún lado.

Fingió buscar por la sala.

-Ay, qué tonta soy. A lo mejor tu mamá, con los nervios, lo guardó en otro sitio para que no se te olvidara.

Entró en mi cuarto sin pedir permiso. Yo me quedé paralizada, viéndola ir directamente a mi armario. En menos de un minuto, salió arrastrando la maleta.

-¡Aquí está! Sabía que tu mamá la pondría en un lugar seguro.

Le guiñó un ojo a Camila, entregándole la maleta como si le estuviera devolviendo su futuro. Mi hija me miró con una mezcla de pena y decepción. Para ella, yo era una madre histérica perdiendo la razón por el dolor.

El teléfono de Elena sonó. Se apartó un poco, pero no lo suficiente. Su voz era un susurro conspirador.

-Sí, todo en orden… No, no te preocupes, hay un coche de la compañía… Sí, un sedán blanco, mañana a las siete… Lo tengo todo bajo control.

Mi sangre hirvió. Me abalancé sobre ella de nuevo, pero esta vez Javier estaba preparado. Me interceptó, sujetándome con más fuerza que antes.

-¡Déjala en paz! ¡Estás loca!

Luché, grité, pero era inútil. Camila lloraba en silencio, viendo el espectáculo.

-¡Mamá, por favor, para! ¡Me estás avergonzando!

Mañana. A las siete. Un sedán blanco. La información ya estaba entregada.

La mañana siguiente, me levanté antes del amanecer. Me paré junto a la puerta principal, decidida a bloquearle el paso a Camila con mi propio cuerpo si era necesario. Cuando bajó, vestida con su ropa de campo, la confronté.

-No vas a ir a ningún lado.

-Mamá, ya hablamos de esto. Por favor, no lo hagas más difícil.

-¡No entiendes! ¡Te van a matar!

Las palabras salieron de mi boca sin control, crudas y terribles. Camila retrocedió, su rostro pálido.

-Ya basta. Sé que extrañas a papá, y sé que este lugar te trae malos recuerdos, pero no puedes proyectar tus miedos en mí.

Afuera, un sedán blanco se detuvo frente a la casa. El fin se acercaba.

-¡No voy a dejarte ir!

Me aferré a su brazo. Ella intentó zafarse.

-¡Mamá, suéltame!

Javier apareció detrás de mí. Me agarró por los hombros y me arrancó de mi hija. El tirón fue tan violento que perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre el escalón de la entrada. Mis rodillas golpearon el concreto con un dolor sordo y agudo. La tela de mi pantalón se rasgó y sentí el ardor inmediato de la piel raspada.

-¡Sube al coche, Camila! -le ordenó Javier.

Camila dudó por un segundo, su rostro una máscara de angustia mientras me veía en el suelo. Pero la insistencia de Javier y la lógica retorcida que le habían vendido ganaron.

-Lo siento, mamá. Te llamaré cuando llegue.

Se dio la vuelta y caminó hacia el coche sin mirar atrás.

Elena estaba en el umbral de la puerta, observando todo con una frialdad que me heló los huesos. Me arrodillé en el suelo, derrotada, con las rodillas sangrando, y la vi susurrarle algo a Javier. Él asintió.

Me miró desde arriba, con desprecio.

-Es por su propio bien, Sofía. Y por el nuestro.

Se dieron la vuelta y cerraron la puerta, dejándome sola en el porche, viendo cómo el coche blanco se llevaba a mi hija hacia su muerte por segunda vez. El dolor en mis rodillas era un eco del dolor que me partía el alma en dos.

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