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Portada de la novela Dueño de mi cuerpo, padre de mis hijos

Dueño de mi cuerpo, padre de mis hijos

La vida de Roma William, reina de las carreras clandestinas, cambia radicalmente tras una noche de pasión con el intelectual Magnus Hidalgo. Diez años después, convertida en una exitosa empresaria y madre, el destino la fuerza a cruzarse nuevamente con él. En este reencuentro, ambos deberán lidiar con secretos enterrados y una química innegable. Juntos enfrentarán las secuelas de aquel vínculo pasado que el tiempo no pudo extinguir.
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Capítulo 3

Capítulo 2 - El extraño en el lugar equivocado

El aire cálido de la noche madrileña se mezclaba con la vibración de motores en la distancia. Magnus Hidalgo inspiró profundo contando internamente, intentando convencerse a sí mismo de que no era tan mala idea haber salido con su hermano y su mejor amigo. Sin embargo, la sensación de estar en el sitio equivocado lo golpeaba con fuerza desde el momento uno en el que vio las luces de neón a lo lejos y escuchó el rugido de docenas de autos modificados.

Él no era de ese mundo y nunca lo había sido. Había regresado de Estocolmo apenas una semana atrás, con la intención de pasar las vacaciones en casa, disfrutando de su familia y cargar energía antes de volver a su último año de universidad. Su vida estaba cuidadosamente estructurada: horarios, metas claras, sacrificios necesarios. Nada de lo que estaba viendo esa noche encajaba en su plan de perfección.

- Dime otra vez por qué demonios estoy aquí y no es casa en mi habitación - murmuró, ajustando las mangas de su chaqueta mientras miraba a su hermano menor con exasperación.

Caleb Hidalgo, apenas veinte años, esbozó una sonrisa descarada que lo saco de contexto. Este tenía la misma altura que Magnus, el mismo cabello rubio, pero los ojos brillaban con un fuego que Magnus nunca había tenido.

- Hermano, estamos aquí porque necesitas dejar de ser un abuelo prematuro -respondió Caleb, dándole una palmada en la espalda - No todo en la vida son libros, tesis y café frío. En todo lo que llevas de universidad, estoy seguro de que no siquiera has follado con alguien. Necesitas ser un poco más relajado o si no te vas a arrepentir después.

El tercero en discordia, Adrián, el mejor amigo de Magnus desde la infancia, alzó las cejas con aire divertido al escuchar el argumento de Caleb.

- Vamos, Magnus. Ni que te hubiésemos traído a una orgía - dijo este, aunque la risa en su tono dejaba claro que la idea tampoco le parecía tan descabellada.

Magnus rodó los ojos con una paciencia fingida y el deseo de mandarlo a la mierda en la punta de la lengua.

- Una carrera ilegal no está en mi lista de cosas pendientes, Adrián. Ni siquiera en la lista de cosas que quisiera hacer en mis peores pesadillas. Es por eso que no sé por qué pensaron que esto sería una buena idea.

Caleb soltó otra carcajada.

- Bueno, eso es porque nunca has estado más haya de tus libros. Créeme, cuando veas lo que pasa aquí, te aseguro que vas a darme las gracias luego de esto.

Magnus clavó la mirada en él, incrédulo, totalmente desesperado.

- ¿Sabes algo hermanito? Lo que no entiendo es cómo tú sabes de este lugar. Papá piensa que eres un angelito y mira nada más lo que haces. Solamente recuerda que mamá y papá se esfuerzan mucho para darte todo lo que tienes.

- Eso ya lo sé Magnus, pero el angelito tiene alas qué quiere estirar de vez en cuando - contestó Caleb, arqueando una ceja con orgullo - No todo el mundo puede vivir como tú, encerrado entre libros y exámenes.

- Eso se llama tener aspiraciones, algo que deberías de aplicar en tu vida.

- Eso se llama estar muerto en vida y tranquilo yo si tengo aspiraciones para mi futuro.

Adrián intervino con un gesto conciliador, aunque la sonrisa burlona seguía en su rostro.

-Magnus, no seas tan dramático. Por divertirte una sola noche no vas a morir ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué te aburras un rato y luego nos larguemos?

Magnus suspiró pesadamente antes de responder.

- Lo peor que puede pasar es que la policía aparezca, nos arresten a todos y terminemos arruinando mi expediente académico justo antes de mi último año ¿Eso te parece poca cosa?

Caleb bufó, sacudiendo la cabeza.

- Siempre pensando en las consecuencias ¿Sabes qué eres, Magnus? Un viejo cascarrabias con veinticuatro años que va a morir solo.

- Bueno, prefiero eso y ser cascarrabias que un idiota como vosotros.

Adrián estalló en risas.

- Ustedes dos son un espectáculo. Magnus, ya estás aquí, solo relájate. Mira a tu alrededor: hay música, coches que parecen salidos de una película, chicas espectaculares... No me digas que no hay nada que te atraiga aunque sea un poco.

Magnus observó el escenario con gesto rígido. A su alrededor, decenas de personas se agolpaban alrededor de los autos: algunos brillaban con colores metálicos imposibles y otros rugían como bestias salvajes. El aire estaba impregnado del humo de los neumáticos, además de perfume barato y combustible. Así que a simple vista, nada de eso lo atraía.

- De verdad, no entiendo qué hago aquí - murmuró una vez más, metiendo las manos en sus bolsillos.

Caleb sonrió como quien ya tenía la respuesta preparada.

- Estás aquí porque es la última carrera del verano y porque, quieras o no, vas a ver a la mejor corredora de todas.

Magnus alzó una ceja, escéptico.

- ¿Y eso debería impresionarme? ¿Todos aquí corren no?

Adrián asintió con entusiasmo.

- Créeme, todo lo hacen, pero a ella la llaman "La reina del asfalto" porque la pista es solo suya. Nadie ha podido ganarle nunca y cuando ella aparece, es como si el aire cambiara.

Ante tales palabras, Magnus dejó escapar una risa incrédula.

- Un apodo ridículo no la hace invencible. Seguro alguien le quitará el trono algún día.

Caleb lo miró como si hablara con un marciano.

- No tienes ni idea de lo que dices. Esa mujer hace que cualquiera pierda la cabeza con solo verla.

- Bueno - replicó Magnus con frialdad - Será entonces a cualquiera, menos yo.

El comentario provocó que Caleb y Adrián se miraran con complicidad, reprimiendo las risas. Magnus no se dio cuenta de que, a pocos metros de allí, alguien ya había escuchado sus palabras. Alguien que no estaba dispuesta a dejar pasar un desafío, y menos de un desconocido que se atrevía a minimizarla de esa manera. Ella no era de quedarse con las cosas a medias y se lo iba a demostrar.

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