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Portada de la novela Dos Meses para Amarte

Dos Meses para Amarte

Con una enfermedad terminal y poco tiempo de vida, descubro que Patrick Castillo, el hombre que siempre amé, regresa para contraer matrimonio con alguien más. En un acto de desesperación, lo obligo mediante un chantaje a permanecer conmigo mis últimos sesenta días. Mientras mi salud se deteriora, enfrento su odio y los ataques de su prometida. Aquel que fue mi amor ahora me desprecia, hasta que mi último aliento coincide con el sonido de su boda.
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Capítulo 3

El comentario de Ivan, aunque venía de él, era un eco de lo que Patrick seguramente pensaba.

"Tus relaciones no duran ni un mes, Luciana".

Recordé sus propias palabras, dichas con crueldad la última vez que hablamos antes de que se fuera a Europa. Él conocía mi reputación mejor que nadie, porque él era la causa de ella.

Sentí su mirada quemándome desde el reservado. No podía dejar que la noche terminara así, con él mirándome con lástima y desdén.

Dejé un billete sobre la barra y subí las escaleras, mi corazón latiendo con una mezcla de alcohol y adrenalina.

Entré en el reservado sin llamar. Estaba solo, con una copa de whisky en la mano.

"¿Disfrutando del espectáculo?", pregunté, mi voz teñida de sarcasmo.

Él ni siquiera me miró. "Deberías elegir mejor a tus compañías".

"Tú no eres quién para darme lecciones". Me acerqué y me senté frente a él. El espacio era pequeño, íntimo. Podía oler su colonia, la misma que usaba años atrás.

Saqué mi teléfono y lo puse sobre la mesa. Deslicé el dedo por la pantalla y abrí un video.

Era antiguo, de un viaje a Cartagena. Estábamos en la playa, jóvenes, enamorados y sin ropa. Su risa llenó el silencio del reservado.

"Te doy dos meses", dije, mi voz temblando ligeramente. "Los dos meses antes de tu boda. Pásalos conmigo".

Él finalmente levantó la vista del vaso, sus ojos oscuros fijos en mí. Una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

"¿Y crees que un video casero de hace años va a asustarme?". Se inclinó y cogió mi teléfono. "¿Crees que me importa? Tu cuerpo ha sido visto por media Medellín, Luciana. Un video más no hará ninguna diferencia".

Sus palabras me golpearon. Tiró el teléfono sobre el cojín a su lado como si fuera basura.

La humillación me quemó, pero no retrocedí. La desesperación era un motor más potente.

"Quizás a ti no te importe", admití, mi voz apenas un susurro. "Pero a los socios de tu empresa, esos viejos conservadores con los que estás a punto de cerrar el trato de exportación más grande de la historia de Café Castillo... a ellos sí les importará ver al futuro director retozando con su hermanastra".

El color desapareció de su rostro. Lo había atrapado.

Se quedó en silencio por un largo momento, la única expresión en su cara era una furia contenida. Luego, para mi sorpresa, asintió lentamente.

"De acuerdo".

La facilidad con la que aceptó me desconcertó. "¿Así de fácil?"

"Sí", dijo, su voz plana. "Quieres dos meses. Los tendrás".

Me incliné hacia él, incrédula, buscando alguna trampa. Mi mano rozó su rodilla. "¿Por qué?"

"Porque me das lástima", dijo, sus ojos sin emoción. "Y porque, seamos sinceros, ambos sabemos que es lo que quieres. Así que te lo daré".

Su frialdad era un golpe en el estómago. De repente, un dolor agudo y punzante atravesó mi pecho, justo donde los pulmones luchaban por cada bocanada de aire. Me quedé sin aliento, un espasmo de tos ahogada me sacudió.

Aparté su mano de mi rodilla instintivamente.

"¿Qué pasa ahora?", preguntó, su voz teñida de irritación. "¿Otro de tus juegos?"

No podía hablar. El dolor era demasiado intenso. Negué con la cabeza, luchando por respirar.

"Patético", murmuró. Se levantó, cogió su chaqueta y se dirigió a la puerta. "Mañana. A las ocho. Te recogeré en tu casa".

Y se fue, dejándome sola, temblando, con el dolor en el pecho y el sabor amargo de una victoria que se sentía como una derrota.

A la mañana siguiente, sonó mi teléfono. Era mi madre, Sasha.

"Luciana, querida. Tu padrastro y yo vamos a cenar esta noche con Patrick y su prometida. Una pequeña reunión familiar. Tienes que venir".

Su voz era falsamente dulce. Odiaba estas cenas. Sasha las usaba para restregarme su nueva vida, su estatus como la señora Castillo.

"No puedo, mamá. Tengo planes".

"No acepto un no por respuesta. Patrick estará allí. Sé que quieres verlo".

Colgué sin responder. Miré mi reflejo en el espejo. Las ojeras, la palidez. La enfermedad me estaba consumiendo.

Pero esa noche, me vestí con mi mejor vestido, un rojo escotado que sabía que a Patrick le encantaría y que Sasha odiaría.

Cuando llegué al restaurante, ya estaban todos sentados. Patrick, Tessa, mi madre y Víctor Castillo. La imagen de una familia feliz y retorcida.

Patrick me vio entrar. Noté cómo su mirada recorrió mi cuerpo, deteniéndose en el escote. Un destello de algo, quizás deseo, cruzó sus ojos antes de volverse fríos de nuevo.

"Luciana, llegas tarde", dijo mi madre, su sonrisa no llegaba a sus ojos.

"Lo siento, el tráfico", mentí.

Sasha intentó forzar una imagen de armonía. "Patrick, siéntate al lado de tu hermana. Pónganse al día".

Él me ignoró por completo, su atención centrada en Tessa.

La cena fue una tortura. Mi madre no paraba de hablar de lo maravillosa que era Tessa y de lo bien que encajaba en la familia. Víctor asentía, lanzándome miradas de desaprobación.

Un camarero se acercó con una bandeja de mariscos. "Para la señorita", dijo, colocándola frente a mí.

Era un plato de langostinos, mi alergia más severa. Un detalle que mi madre, por supuesto, había olvidado.

"Sasha, ella no puede comer eso", dijo Patrick de repente, su voz era dura.

Todos en la mesa se quedaron en silencio. Antes de que pudiera reaccionar, él había apartado el plato de mi alcance.

"Es alérgica".

Mi madre pareció avergonzada. "Oh, cielos, lo olvidé por completo".

Lo miré, sorprendida. Él recordaba. Después de todos estos años, de todo el dolor, él todavía recordaba.

Sasha, para desviar la atención de su error, cambió de tema. "Bueno, ya que estamos todos aquí, tengo una idea maravillosa. Conozco a un joven encantador, el hijo de los Martínez. Un buen partido. Luciana, deberías salir con él".

La humillación me quemó la cara. Estaba intentando venderme como si fuera ganado.

"No, gracias, mamá".

"No seas maleducada. Es una buena oportunidad para ti. Con tu reputación...", empezó a decir, su voz subiendo de tono.

Miré a Patrick. Estaba hablando animadamente con Tessa, riendo de algo que ella le susurró al oído. Verlos juntos, tan felices, tan perfectos, fue demasiado.

"De acuerdo", dije, mi voz apenas audible. "Saldré con él".

Cualquier cosa para terminar esa cena. Cualquier cosa para escapar de la visión de Patrick y su prometida.

Cuando salimos del restaurante, Patrick me detuvo antes de que pudiera llegar a mi coche.

"Sube al mío", ordenó.

Sin discutir, obedecí. En el silencio del coche, la tensión era palpable.

Intenté romperla. Me acerqué, mis dedos rozando su muslo. "¿A dónde vamos?"

Su respuesta fue agarrarme por las muñecas y empujarme contra el asiento del pasajero. Su cuerpo se cernió sobre el mío, atrapándome.

"Querías dos meses", susurró, su aliento caliente en mi cuello. "Cumpliré mi parte del trato".

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