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Portada de la novela Dos Especies

Dos Especies

Cladut, la guardiana final, ha custodiado por ciento cincuenta años las llaves que dividen la luz de la oscuridad. En una realidad donde el rencor nutre a demonios invisibles, ella enfrenta un dilema crucial: servir como escudo divino o convertirse en el arma del mal. Pese a sufrir la pérdida de un amor y el desprecio humano, su poder para crear milagros persiste. Es una protectora solitaria que recorre un camino hostil para saldar la deuda que nos protege.
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Capítulo 2

Desperté asustada. Mi habitación estaba sumida en la oscuridad absoluta, el murmullo de voces en la planta baja, cada vez era más alto.

¡Algo ha pasado!, salí apresurada de la cama y encendí la vela del candelabro que siempre permanece en la mesa de noche. Papá gritaba igual que mamá. Me puse la levantadora. Una vez fuera de mi recámara, las velas del primer piso habían sido encendidas en su totalidad.

Mi fastidiosa hermana Elizabeth también salía de sus aposentos, me miró como siempre lo hacía. —Ella era mayor, me lleva cinco años, acabó de cumplir veintiuno y desde que nací me convertí en su rival; soy la consentida en mi casa y no por ser menor, sino por mi carácter y nobleza.

Como lo que decía nuestra nana y abuela; eso hacía que la gente se incline ante mí ignorándola a ella, por más hermosa que sea y ahora más, desde hace un par de años su belleza aumentó por lo que somos. Era rubia, de cabello largo y liso, sus ojos de un azul intenso, al igual que los míos, esbelta de tez blanca. Muy diferente a mí.

Bueno, soy una niña, la pequeña de cabello rojo, desordenado, con rizos incontrolables, ante los cuales ya me di por vencida, no les prestó atención, me cansé de halarme las hebras de cabello tratando de darle un sentido.

Dicen que seré mejor que Elizabeth y a mí eso me tiene sin cuidado. En todo caso no me tolera ni a un metro de distancia y las únicas palabras que cruzamos, era cuando estábamos discutiendo o cuando me insulta por haberle hecho alguna broma, otras veces me culpa por cosas que no he cometido.

Nos topamos en el inicio de las escaleras y bajamos al mismo tiempo. La servidumbre corría de un lado a otro cumpliendo las instrucciones o sugerencias de mis padres, que gritaban pidiendo agua y paños, de seguro para controlarle la fiebre.

Mi padre, el señor Cladut era un hombre de cabello rojizo. Con un corazón muy noble a pesar de su seriedad, el mejor médico de Londres. Vivimos retirados de la ciudad, a él lo vemos el fin de semana o en las noches tres días a la semana para cenar, sé que nos ama a las dos y a mi madre con intensidad, pero también ama su profesión.

Heredé de él, el amor por la medicina, aunque una mujer médica era una completa locura, en el fondo de mi alma guardo el deseo de convertirme en la primera profesional de la época. —Al llegar a la planta baja confirmé lo que desde un principio había temido. Mi abuela había empeorado, todos entraban y salían de su habitación.

Mamá lloraba en la silla a la entrada del recinto. —Mi hermana era idéntica a ella, hermosa, solo que mi progenitora era un alma de Dios y no como Elizabeth, que en algunas ocasiones parece ser la mujer del mismo Lucifer—. No le dije nada, y para sorpresa de todos se sentó al lado de ella a consolarla.

Fue noble de su parte, era la primera vez que mostraba algo de buen corazón. Yo entré lo más lento que pude a la habitación de mi abuela paterna, papá trataba de bajarle la fiebre con paños de agua fría. Él se contenía para reprimir el llanto.

—Hija acércate —murmuró. Me senté a su lado, mi madre y mi hermana ingresaron en ese momento y se quedaron al pie de la cama de la enferma—. Mi pequeña Jenna, escúchenme.

—Abuela, no te esfuerces, saldrás de esta, ya lo verás. —Qué ilusa soy, su semblante no era nada bueno, se veía más blanca y sus ojos hundidos, su respiración se entrecortaba, extendió su mano para que se la tomara y no dudé en hacerlo, sus manos se sentían frágiles, temía que sin querer se quebrarían entre las mías.

—Acordamos con Mateo: mis propiedades y lo que me pertenece pasa a ser tuyo. —habló, no me miraba a mí, le lanzó una mirada funesta a mi hermana, quien también la observaba con tal odio—. Saca la caja de madera de la mesa, hija. —traté de contener las lágrimas, pero me fue imposible, saqué lo que me solicitó y se la entregué—. Toma, también te entrego mi más preciado tesoro, son muy especiales para mí, cariño.

» Cuando encuentres al hombre de los ojos grises, vivirás eternamente con él y serán muy felices. Sabes que estos anillos matrimoniales se han fortalecido con el amor. Son para los amores eternos y en nuestra familia nos nutrimos de ello.

» ¡Mateo el collar!, por favor, dale a Jenna el cuarzo, ¡explícale!

Ya no sabe lo que dice. Mi abuelo murió el año pasado y duraron sesenta años juntos, eso en la vida real era una eternidad, supongo que a eso se refirió ella. Me los entregó y cerró mis manos.

» Hoy mi hijo me mostró los documentos donde te acreditan a ti como la legítima heredera de la fortuna y el legado Cladut, no podía morirme sin antes verlos y así no se te fueran arrebatados por seres endemoniados.

—¿Es que ni muriéndote dejas de odiarme abuela? —gritó Elizabeth.

—¡Basta! —Le recriminó papá.

—Si no fuera porque conozco y sé la nobleza de Marie, diría que no eres una Cladut. —Le contestó la enferma, con voz firme, imponiendo su carácter, luego me miró—. Te estaré cuidando hija. —acarició mi rostro con su mano débil, con esa mirada de amor incondicional—, y…

—¡Abuela! —grité cuando su mano cayó a un lado de su cuerpo.

—¡Mamá! —Mi padre me quitó de su lado y adoptó su papel de médico.

—¡Señora Jenna!

Gritó mamá, quien se lanzó a los pies a llorar la partida de una mujer firme y noble, que le demostró su amor, cariño recíproco por parte de su nuera; de quien recibió respeto y quien se entregó en cuerpo y alma a cuidarla durante su enfermedad desde que murió mi abuelo.

Eran las tres de la mañana cuando mi querida abuela dio su última exhalación, murió con su mano entre las mías. Me acosté en su pecho a llorar, después de que su hijo no insistió más en reanimarla.

Ella era la que me inculcaba el amor a todo lo que tenía vida, fue la que me dijo que yo sería una gran médica. —Lo decía a sabiendas de que en este tiempo era una locura; no se nos permite ir a la universidad a estudiar nada relacionado con las ciencias, las pocas que sobresalen han sido por mérito propio y autoeducación.

En 1862 era una ilusión ser una doctora de la misma talla del doctor Cladut. Mi padre se desplomó en ese instante al contemplar que no pudo salvarla. Todos lloramos, menos la insensible de mi hermana, que parecía estar molesta al saber que ni aun muriendo, la abuela la perdonó. —No sé qué fue lo que pasó entre ellas dos.

Hace varios años la abuela no reparaba en demostrarnos el mismo amor a ambas, nos amaba por igual. Varias veces la escuché hablar con mi abuelo, que Elizabeth no podía ser la heredera del legado de los Cladut. Eso había cambiado desde mi sorpresivo nacimiento y su distanciamiento fue abrupto, el dolor y la rabia creció entre ellas.

Muchas veces, después de su distanciamiento, me dijo que desde pequeña yo había descubierto lo que mi hermana era, ahora ella también lo sabía y por eso yo había nacido. El problema era que acaba de morir y no sé qué fue lo que yo descubrí. Al parecer jamás lo sabré.

Miré las argollas que ahora estaban en mi mano, eran tan importantes o más que la herencia que dejó a mi nombre. ¿Qué habrá querido decir con eso del hombre de ojos grises? Me sequé las lágrimas, me acerqué a papá. Mi madre ya se había incorporado y dio la orden de buscar a los encargados de arreglar los funerales de la familia.

Sería sepultada al lado de su eterno amor… mi querido abuelo. Elizabeth no se había movido del lugar en el que había estado durante la conversación. Será un día muy largo el de hoy.

No tengo idea lo que implica ser la heredera; mi abuela jamás me habló de algo en concreto, por el contrario, solo me decía que hiciera el bien, que del amor se alimenta mi fuerza, que debo respetar y ser una filántropa de la existencia del tesoro de la tierra, que debo honrar a la humanidad.

A pesar de la codicia del hombre debo velar por su existencia. Esos fueron sus bellos concejos, me hablaba como si le entendiera. Cuando la llenaba a preguntas solo respondía… todo a su debido tiempo.

Y mira, no hubo tiempo para aprender. Salí de su recámara, me dirigí a la mía, quería encerrarme entre las cuatro paredes de mi cuarto. Guardé las argollas en mi baúl personal; la cadena con el cuarzo rojizo me la puse, desde los quince años llevo el anillo que me acredita como una legítima Cladut.

Era un triángulo con dos llaves en el centro. Mi padre y mi hermana tienen el suyo, guardé los anillos de boda bajo llave.

Si mi abuela los tenía así, así se quedarían hasta que entienda un poco todo lo que pasó y lo que conlleva ser la heredera Cladut.

Mi padre debe saberlo, él deberá decirme o aclararme dicho enredo. ¿Por qué no se lo dejó a él? Era lo más lógico; su único hijo, su continuación. Volví a llorar, cientos de recuerdos con mi abuela inundaron mi mente, sus besos, abrazos, las historias increíbles que me contaba cada noche. Te voy a extrañar abuela. Te extrañaré mucho.

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