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Portada de la novela DOCE PARA LAS DIEZ i

DOCE PARA LAS DIEZ i

Alondra acostumbra evadir a los hombres que, tras una sonrisa audaz, ocultan un caos emocional inminente. No obstante, León representa todas sus contradicciones: es el peligro que rechaza y el deseo que no logra ignorar. Como una artista cautivada, ella aguarda con impaciencia las doce para las diez, la hora fija para verlo cruzar su camino. Él se convierte en la musa que desafía su estabilidad, desatando una atracción capaz de transformar su vida.
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Capítulo 2

No he podido apartar la mirada de él,

No he dejado de desear que seas doce para las diez,

Mi corazón golpea con fuerza mi pecho, y mis manos pican.

Quiero que se baje del carro, quiero que se acerque y su atención sea dirigida únicamente a mí.

—Es que tú eres idiota —Caro soltó una carcajada colgándose la mochila rosada en su hombro, Alondra gimió y tiró de la chaqueta negra que la cubría del frío de aquella mañana, al parecer pronto llegaría el invierno, su estación favorita.

Habían pasado cuatro días desde aquel beso arrollador, desde el manoseo y también desde que le llamó vulgar, no se había animado a salir a la calle y verlo pasar, Caro lo había hecho y dice que la había saludado con aquella sonrisa tan hermosa que tenía. Si, hace cuatro días su mejor amiga sabía todo lo que había sucedido y aun no lo olvidaba, estaba segura que no lo haría. Ella era su cruz.

Sacó la tarjeta del tren y la pasó, siguiéndola, escuchando aun sus estruendosas carcajadas llamando la atención de la gente que salía de la estación, maldijo entre dientes y molesta la empujó pero eso causó más gracia en su amiga. Si, lo había echado a perder, era una tonta, una idiota en pocas palabras.

— ¡Eres bien bruta! —se quejó sobándose el brazo y sentándose, Alondra se acomodó a su lado y volvió a resoplar—. Vamos tonta, ya llegará la oportunidad de que llegue tu príncipe azul con lenguaje correcto y que tenga las manos lejos de tus tetas.

—Cierra el hocico.

—Es que yo no entiendo, es decir, a ti el musculoso te gusta —apuntó su amiga y la muchacha asintió a regañadientes—. ¿Entonces?

—Sabes el tipo de chico que me gusta...

— ¡Es que tú te complicas la vida, Alondra! —se quejó Caro—. Los chicos inteligentes con los que has estado han sido unos idiotas, mira el último, conocedor de mucho, guapo y amable ¡Te ponía los cuernos!

Alondra apretó los labios con fuerza y desvió la mirada, si, el bendito ex suyo había sido un completo idiota, le había arruinado una larga temporada, fue un canalla y aun a veces los recuerdos de aquella relación toxica la envolvía y la hacían sentir pésimo ¿Cómo pudo fijarse en un tipo como él? Tal vez se dejó cautivar por el bonito lenguaje que tenía.

— ¿Y qué se supone que deba hacer ahora?

— ¿Te gusta León? —la joven miró por la ventana y luego se puso de pie cuando llegaron a su parada, rápidamente Caro cambió de conversación y aquella tensa conversación se olvidó. Tenía libre ese día, y en la universidad habían salido temprano, bueno, Alondra más temprano pero decidió esperar a su amiga para regresar temprano.

Hoy era viernes, y su amigo Richard —del que en su momento gustó—, las había invitado a una fiesta que había cerca de donde vivían, los vecinos harían una pequeña reunión y habían jóvenes, como ambas no tenían nada que hacer aceptaron. A minutos de las diez los tres estaban afuera riéndose cuando él pasó, los ojos oscuros de León cayeron en Alondra y sonrió saludando, como si nada haya pasado, él no dejaba de verla, incluso detuvo el camión frente a ellos y con descaro saludó a Richard.

Después de aquello se despidió deseándoles suerte en la fiesta, pero Alondra pudo ver su sonrisa, la misma que tenía cuando le devoraba la boca y toqueteaba, la misma perversa que los prevenía de una catástrofe.

La fiesta era aburrida, había trago, comida y música, pero el ambiente estaba aburrido incluso con Richard hablando de medicina, porque para él: era muy interesante que sus amigas supieran eso, solo Caro le seguía la conversación mientras Alondra daba cortos sorbos a su trago y miraba alrededor hasta que a media noche sus ojos cayeron en el hombre que ingresó a la casa. No llegaba gorro y mucho menos una playera sin mangas, tenía el cabello peinado, una camisa roja de cuadros y encima una chaqueta de cuero que lo hacía ver más atractivo ante sus ojos y a las de las mujeres que estaban alrededor. El corazón de la muchacha golpeaba con fuerza y tembló cuando aquellos ojos salvajes la encontraron, la recorrieron con la mirada y terminaron comiéndosela.

Richard la invitó a bailar pero declinó, aunque meses atrás lo hubiera deseado, incluso una caricia suya, ahora por él no sentía absolutamente nada. Sus ojos seguían puestos en León que saludaba a las personas ahí, todos lo conocían aunque él no viviera por ahí, todos lo invitaban incluso las mujeres, ellas de su edad que lucían vestidos apegados resaltando sus curvas y sus años de seducción. Alondra era joven, de veintidós años que no sabía ni coquetear, pero al parecer eso había sido suficiente para un hombre como León.

—Te está mirando —Caro atrajo su atención y Alondra parpadeó viendo a su amiga—. Vas a ponerte de pie, lo vas a mirar y luego te iras al baño.

—Pero no quiero hacer pis —frunció el ceño y su amiga blanqueó los ojos.

—No harás pis, él te seguirá y harán cositas.

— ¿En el baño? —arrugó la nariz asqueada.

— ¡Carajo! ¡Le dices que te lleve a un puto hotel cinco estrellas! —estalló cansada su amiga y Alondra río poniéndose de pie, arregló su cabello y se puso de pie lanzándole una mirada a él, cuando se giró para ir al baño Richard la detuvo, viéndola fijamente—. Voy al baño, muévete.

— ¿En serio vas a estar con ese tipo? ¡Es mayor que tú!

—Lo que haga con mi vida no debe importarte, ¿Por qué no le dices a Caro también? —su amigo la observó molesto y Alondra lo entendió—. ¿Qué tienes?

—Alondra...

—Ve y baila, hay muchas chicas que quieren escuchar al futuro doctor —lo empujó y le regaló una sonrisa caminando hacia el baño, mirando de reojo sus pies y repitiendo: punta, tacón, punta, tacón. No quería caerse y mucho menos hacer el ridículo, no frente a él.

Sus manos sudaban y su corazón parecía que terminaría saliendo por la boca. Abrió el grifo y mojó su rostro tratando de relejarse, pero fue imposible aún más cuando la puerta se abrió e ingresó León. La joven lo miró por el espejo y se ordenó cerrar la boca para no babear, se giró con lentitud y apretó el lavamanos mientras se acercaba, con cautela y lentitud, como si estuviera observando su presa y planeara el momento exacto para lanzarse y devorarla.

—Te ves muy...hermosa —susurró con la voz ronca recorriéndola con la mirada, deteniéndose en la blusa que hacía relucir un escote tremendo, el arqueó una ceja y la observó, la joven avergonzada mordió su labio—. No te muerdas el labio, deja que sea yo quien los marque.

—Lamento lo que te dije ese día.

— ¿Qué parte? ¿La que soy un vulgar? —Inquirió deteniéndose frente a ella, Alondra echó la cabeza hacia atrás para poder observarlo bien—. No es nada que no sea verdad, soy un vulgar por querer follarte, por querer comerme ese coño cremoso. Soy un salvaje, Alondra ¿Aun quieres estar aquí?

La joven dudó y León se inclinó pasando sus labios por su oreja, succionó el lóbulo de su oreja y gimió subiendo las manos para dejarla en sus brazos y apretarlos ante la corriente que recorrió todo su cuerpo, deteniéndose más tiempo en su centro que se encontraba humedecido por su acción y sus palabras.

—Soy un vulgar por decirte que me tiene duro como una piedra, que no dejado de soñar con el sabor de tu coño y de cómo me sentiré dentro tuyo —gruñó dando un lengüetazo por su cuello, la muchacha se arqueó dejando caer la cabeza hacia atrás y él aprovechó para repartir besos hasta que su rostro quedó frente a sus pechos grandes, pasó la lengua por la piel expuesta y después mordió los pezones aun cubiertos por la tela de la blusa y del sujetador—. Salgamos de aquí, no soy tan vulgar para follarte en este sucio baño.

—Mis amigos...

—Pueden volver a casa solos —finalizó subiendo su rostro para rozar sus labios, la muchacha se inclinó por más pero él se alejó—. Te espero afuera princesita.

La muchacha soltó el aire contenido y cerró los ojos, sus labios, su cuello y las comisuras de sus pechos aun picaban por sus lamidas y mordidas. Gimió bajito al sentirse caliente, húmeda y deseosa, ¿Pero qué le sucedía? a los veinte uno había perdido su tarjeta V, y luego solo había estado tres veces con ese chico, después de eso, nada. Se había dedicado a estudiar, trabajar y pasar de largo con los chicos, no se sentía segura de su cuerpo y menos de tener la madurez para tener una relación, pero León, con él todo era lo contrario.

Se arregló el cabello y luego salió del baño con una estúpida sonrisa plasmada en los labios, vio a su amiga sonriendo como el gato de Alicia y cuando Alondra asintió: Caro dio saltitos feliz, incluso la abrazó.

—Mi niña, como has crecido.

—Idiota.

—Ve y no hagas esperar al hombre de las cavernas —señaló entre risas para después inclinarse y soltar una exclamación de gato—. ¡Rww!

—Llevo mis llaves, cualquier cosa te escribo ¿Bien?

—Disfruta el momento, si quieres no vengas en una semana ¡Las dos camas para mí! —agregó sonriéndole con malicia, Alondra tomó su celular y empezó a caminar a la salida pero nuevamente Richard la detuvo pero esta vez Caro lo jaló y lo último en escuchar fue un: Supérala, ya no le gustas.

Quiso girar, pero fue verdad, ya era muy tarde: no le gustaba. Salió de la fiesta y el aire otoñal la golpeó con fuerza, gimió y lo buscó con la mirada, pero nada.

— ¿Estás segura por dejarte comer por un León? —inquirió con diversión a sus espadas, dio un respingo girándose, encontrándose con aquellos ojos. Asintió y se acercó tomando su rostro entre sus manos, la observó para después tomar su boca con rudeza, mordiendo su labio y luego chupándola. Se separó y entrelazó sus manos guiándola hacia la moto que estaba estacionada en una esquina.

Estaba saliendo de su zona de confort, ¿Estaba segura que podía hacerlo?

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