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Portada de la novela Disonancia

Disonancia

La existencia de Carolina cambia por completo ante la invasión de una fuerza extranjera que busca robar las riquezas de su nación. Durante la batalla, su camino se cruza con el de Kent, un soldado enemigo que desafía todas sus creencias previas. Atrapada entre la lealtad a su patria y los sentimientos que nacen hacia su adversario, ella deberá resolver una encrucijada mortal: ¿salvará su tierra si el precio es asesinar al hombre que ha llegado a amar?
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Capítulo 3

Estaba en la celda especial de la que había hablado el estúpido ese. Sí que era especial, pues este no tenía barrotes, eran cuatro paredes de concreto y una puerta.

Nada más.

Ni siquiera había luz.

Me acurruqué en la esquina para intentar calmar los espasmos que la pistola de descarga eléctrica había provocado y me sorprendió que no me hubieran hecho añicos considerando lo que hice, ya que me habían demostrado que jugaban sucio y les gustaba patearte cuando estás en el suelo.

Moví un poco las esposas para tocar las heridas que tenía en las muñecas, no eran severas, podían haber sido peor. No pude distinguir cuánto tiempo había pasado, no había ventanas ni nada que pudiera darme una pista de si pasaron unas horas o incluso días, todo estaba oscuro hasta la mierda. Lo que sí sabía era que no dormiría, estaría despierta y consciente si se acercaban a mí de nuevo.

Escuché la llave de la puerta y un hombre gordo se asomó, no pude verle el rostro porque la luz del otro lado me cegó momentáneamente.

—Princesa.

Como odiaba que me llamaran así.

—Es hora de tu baño. —El tipo entró y subió su arma para que la mirara—. No vayas a hacer algo estúpido, ya aprendimos la lección, y créeme que dispararte alegrará mi día.

Caminamos por los largos pasillos, el tipo a mi espalda con su pistola pegada a mí, preparado a disparar si hacía cualquier movimiento que no fuera caminar. El lugar era grande y tomó bastante tiempo en llegar a una habitación donde había muchas duchas, una al lado de la otra, sin separaciones, los que se ducharan ahí tendrían que verse completamente desnudos.

—Dame tus manos —me ordenó severo. Sacó una llave de su bolsillo y me sacó las esposas oxidadas—. ¿Ves? ¿Quién dijo que éramos unos monstruos? Ahora apúrate que no tengo todo el día —dijo empujándome fuerte hacia las duchas, pero cuando entró junto a mí le lancé una mirada asesina.

—Ni se te ocurra —lo amenacé—. Puedo contra ti, aunque tengas esa maldita cosa —dije mirando su pistola.

El gordo me miró apretando la mandíbula, sabía muy bien que podría contra él, asique retrocedió unos pasos y cerró la puerta para dejarme sola. Miré a mi alrededor, allí tampoco había ventanas y todo estaba cubierto de polvo y cemento. La única puerta era de metal y aunque lo intentara no podía derrumbarla, y sabía que después de mi acto estarían todos con una metralleta bajo el brazo esperando que cometa el mismo error para dispararme sin piedad. Me di por vencida y giré una de las llaves para que saliera el agua. Me puse bajo el chorro con la ropa que tenía, así aprovechaba de sacar la sangre seca en ella y sacarle el olor a prisión. El agua templada ayudaba con los músculos cansados y me llenaban de energía para seguir luchando y encontrar la manera de escapar, pero cuando estaba a punto de disfrutar la ducha escuché como la puerta se abrió y cerró.

Kent.

Su rostro irradiaba disgusto, uno que conocía bien. Recorrí mis ojos por su cuerpo y vi que no llevaba un arma.

—¿Vienes a hacer de niñero de nuevo?

—¿Recuerdas a la chica que te llevó hasta tu celda? ¿La chica que le rompiste la nariz? —me preguntó tranquilo, pero sabía que escondía una gran irritación en él.

—Vagamente —contesté sin prestarle atención.

—Esa chica es mi novia.

Solté un bufido sonoro.

—Tienes un gusto terrible, además, te hice un favor, seguro se ve mejor de esa manera.

Kent saltó sobre mí, furioso, azotó mi cuerpo contra la pared y su antebrazo apretó mi cuello. Si las miradas mataran nuestras cabezas estarían dando vueltas por el suelo y la sangre combinándose con el agua.

Miré sus ojos con claridad gracias a la luz. Había tenido razón; no eran negros, eran azules, un azul profundo opacados por la ira.

—Eres despreciable —gruñó—. Debería acabar contigo de una vez.

—¿Sí? ¿Tú y cuántos más? —me burlé.

Volvió a azotarme contra la muralla.

—Acabaremos con ustedes, desearán nunca haber escondido sus riquezas de nosotros.

—Pensar que podrán arrebatarnos nuestras tierras y matarnos en el proceso ha sido su error más grande, y me aseguraré que sea el último que cometan.

—Oh, como gozaré el día que dejes de respirar. —Kent se acercó un poco más, ignorando mi amenaza—. Sufrirás, sufrirás como tu familia lo hizo, y disfrutaré tal cual lo hice esa noche.

—¿Tú…? —apenas se escuchó de mí.

Mi estómago se apretó y mis dientes comenzaron a rechinar en odio puro y duro al recordar a mis padres. Su brazo en mi cuello se mantenía en su lugar, pero no me apretaba al punto de no poder respirar, tenía el agarre perfecto para que escuchara todo lo que salía de su maldita boca y que no pudiera moverme de donde estaba.

—Ver como los ojos de tu padre se apagaban hasta quedar sin vida y escuchar a tu madre gritar por ayuda fue un gran espectáculo, puedo apostar que gritarás como ella.

Mi cuerpo echó llamas. Mi rodilla lo golpeó justo en la boca del estómago dejándolo sin aire y aproveché de taclearlo haciendo que ambos cayéramos al suelo para rápidamente sentarme sobre él. Descargué toda mi ira golpeándole el rostro; uno, dos, tres combos se escucharon hasta que sus piernas se levantaron y tomaron mi cuerpo por detrás para que ahora él pudiera golpearme un par de veces, rodeé por debajo de su cuerpo y me levanté, él hizo lo mismo y ambos comenzamos a pasearnos para comenzar la segunda ronda.

—Nada mal —dijo secándose el rostro por el agua que le había caído de la ducha aún abierta para luego escupir un poco de sangre.

—Recién estoy empezando —ladré.

Kent dio el siguiente paso y agarró mis piernas para lanzarme al suelo golpeando mi espalda contra el cemento y sus manos subieron para apretar mi cuello, forcejeé un momento, sus manos eran grandes y fuertes, subí mi brazo y la crucé por encima de los suyos y me zafé de su agarre, pero cuando di la vuelta atrapó mi cuello nuevamente por detrás, tomé impulso y lo levanté por encima de mi cuerpo para azotarlo frente a mí, ahora era yo la que lo ahorcaba. Solo pasó unos segundos hasta que se separó de mí y volvimos a pasearnos como perros enjaulados y con la guardia en alto.

Terminaría con él de una vez por todas.

Corrí hacia él, cuando estuve detrás de su cuerpo salté y con un movimiento calculado mis muslos envolvieron su cuello en el aire haciéndolo girar en su posición, y usando su peso contra él lo azoté contra el suelo mojado, pero nunca esperé que me golpeara en el estómago en el proceso.

Ambos quedamos tirados, ambos buscando el aire que no teníamos en los pulmones y aprovechando de limpiar la sangre que teníamos por los golpes. Escuchamos la puerta e inconscientemente saltamos de donde estábamos; yo corrí a la ducha que aún estaba abierta, él se acercó a la salida y entró el gordo.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó al verlo.

—Le vine a decir que su tiempo se había acabado.

Con su respuesta me dejó claro que había actuado detrás de la espalda de su líder y no quería que lo supieran.

—Ah, muy bien. Tu tiempo se acabó, princesa, de vuelta a tu celda.

Mientras el gordo me volvía a poner las esposas Kent comenzó a caminar hasta la salida, pero antes de cruzar la puerta me lazó una mirada. Sabía que la próxima vez que nos encontráramos uno no viviría para contarlo.

Cuando entré me dejaron las manos libres y aproveché para sacarme la ropa mojada y tenderla en el suelo para que pudieran secarse, dejándome solo en ropa interior. Repasaba la pelea con Kent en mi cabeza; sus golpes fueron certeros, sus movimientos calculados y era mucho más ágil de lo que podía imaginar. Tenía cuerpo de luchador, pero nunca pensé que pelearía como uno profesional, ninguno de los grandulones que me atacaron se movieron así.

El tiempo pasaba y lo inevitable golpeaba mi vejiga.

Por la mierda.

Me paré y comencé a golpear la puerta de metal con fuerza.

—¡Hey! ¡Necesito usar el baño! —No hubo respuesta. Volví a golpear más fuerte—. ¡Necesito usar el maldito baño! ¡No querrán que su princesa se orine en su habitación cinco estrellas! ¡Abran la maldita puerta!

—Eres insufrible —se escuchó del otro lado.

La puerta se abrió. Kent estaba al otro lado. Vi como sus ojos bajaron de los míos hasta mi cuerpo semidesnudo pasando por todas las cicatrices que me cubrían.

—¿Te gusta lo que ves? —lo molesté.

—Camina.

Alcé mis manos para que me pusiera las cadenas, no porque quería que me las pusiera, sino que así sería más entretenido matarlo si tenía la oportunidad, pero solo me miró mosqueado. Vi como en su rostro no había ningún indicio de nuestra pelea, confirmándome que se trataba de un luchador de primera, que sabía tanto dar golpes como recibirlos.

Fue otra larga caminata hasta el baño, pude ver por una pequeña ventana que ya era de noche y lo comprobé al no ver a gente rodeando por ahí. Lo agradecí, lo último que quería era que me vieran en mis paños menores, algo que no pensé hasta que Kent abrió la puerta, pero qué más daba, había logrado mi cometido y estaba feliz de no tener que mear en un rincón de mi celda.

—Ahí, cinco minutos.

Mientras hacía mis necesidades veía la forma de escapar, tampoco había ventanas, toqué con los nudillos la pared, era de concreto, no podría romperlo aunque lo intentara. Suspiré derrotada.

Esos malditos realmente se habían esmerado para hacer su puta fortaleza.

No sabía cuánto tiempo iba a aguantar así. Sabía que en cualquier momento me llevarían donde el desagradable jefe, iba a hacer imposible matarlo, lo sabía bien, pero si no lo mataba a él, me mataría a mí misma. No dejaría que ese inútil me volviera a tocar. No dejaría que jueguen lo que tengan planeado, no cedería, podían torturarme todo lo que quisieran, nunca iba a hablar.

Prefería morir.

Cuando salí Kent me esperaba con algo en sus manos.

—Ten. —Me lanzó una manta—. Cúbrete, me das asco.

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