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Portada de la novela Diosa de la Muerte

Diosa de la Muerte

Hela Lombardi proyecta la imagen de una empresaria intachable y esposa dócil, ocultando que en realidad es la implacable líder de la mafia italiana. Bajo el alias de la Diosa de la Muerte, domina el crimen organizado con mano de hierro. Su posición se ve amenazada cuando Stefano Rinaldi, un antiguo amante que ella daba por fallecido, reaparece con sed de venganza. Ambos se enfrentarán en un juego de traición que pondrá a prueba su oscuro pasado.
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Capítulo 2

10 años antes

— Hela, por amor de dios, prometiste que hoy lo ibas a hacer, no puedes negarte ahora.

— Dije que no y no puedes obligarme a hacerlo.

Kira respiro profundo, ató su larga cabellera negra en un moño alto, se quitó sus pantalones y cazadora y entonces lo supe, me iba a obligar, ella estaba decidida a que yo lo hiciera, aunque fuera en contra de mi voluntad. Así que hice lo que cualquier mujer razonable hubiera hecho, corrí por mi vida.

—Hela no me hagas perder la paciencia— me amenazo mientras me perseguía — dale, vamos a hacerlo, ni que fuera tu primera vez.

Logre huir de sus garras, a travesé la habitación corriendo, estaba cerca ser libre, gire el pomo de la puerta, a tan solo un paso de sobrevivir a tan horrible experiencia …

—Lo sabía, sabía que eran lesbianas, desde la cocina las escuche con sus preliminares.

Antonio el hermano de Kira, se paró en el medio de la puerta, obstaculizando mi huida y Kira me atrapo.

—Que preliminares ni que ocho cuartos, estoy obligando a Hela que se bañe, prácticamente hace un mes que no se baña.

—No es un mes —proteste —hace una semana y media, pero es que con estas temperaturas bajo cero no me quiero bañar.

—No te creo nada, tú todavía estas de bajón porque el bobo de Steven volvió con su mujer

—Te dije ya que eso no me importa, al final fui yo quien le corto.

—Claro, después de meses esperando para ser su novia oficial y terminó regresando con la esposa. Por eso te dije que no era buena idea salir con un casado.

—Por mucho que disfruto de sus peleas de pareja, hoy no tengo tiempo —nos interrumpe Antonio — me voy que tengo cosas que hacer

—Toni – lo llama su hermana- prométeme que no vas a hacer ninguna estupidez, y que te vas a cuidar.

—Lo prometo renacuaja —besa su frente y luego besa la mía. Y luego se marcha

Antonio es el hermano mayor que nunca tuve, en cualquier historia cliché yo estaría profundamente enamorada del hermano de mi mejor amiga, y la verdad no estaría mal, es alto, de pelo negro como su hermana, cinco años mayor que nosotras, sus facciones son delicadas, casi nunca le sale barba, sus ojos verdes esmeralda son bellísimos.

En fin, es guapísimo, pero yo solo lo sigo viendo como un hermano mayo, el y Kira son familia nos conocemos desde niños. Nuestros padres se mueven en el mismo ambiente de política. Así que los tres fuimos al mismo Internado. Toni (como lo llamamos de cariño) termino primero, pero aun así continúo vigilando por nosotras y cuidándonos.

—¿Por qué le dijiste eso a Toni?

—La verdad, estoy un poco preocupada, sus amistades no son las mejores últimamente, sale y nunca se dónde está, hay noches que no regresa a casa. Y solo somos nosotros, si no me preocupo yo quien más lo puede hacer.

Observo su cara de preocupación y la entiendo, vivimos en Sicilia, aquí la mayoría de los jóvenes terminan involucrados en algo ilegal. Y aún más si son como nosotros, con padres ausentes y con el dinero suficiente para enredarse alguna estupidez.

—Va, no te preocupes, Toni es un buen chico, no se mezclaría con ese tipo de gente. Vamos te prometo que voy a bañarme.

—Al fin una buena noticia, para celebrar que por fin regresas al grupo de las personas higiénicas hoy te voy a llevar de compras.

— Con este frio, no quiero salir de la casa, me niego.

—Vamos, Hela, no seas mala, prometo que te compro lo que quieras, hace dos semanas estás conmigo y no hemos salido ni tan solo una vez, las clases casi comienzan y ya llega el año nuevo. Además, ayer no vi a Matías, así pasamos por su trabajo y tomas un café bien calentito.

—Ya sabía yo, que había gato encerrado en esa propuesta, tú lo que me quieres a mí de sujetas velas. Pero acepto, como recompensa por permitir que me quede contigo este semestre.

Termino tomando el dichoso baño y salimos de compras. Dos horas más tarde estamos entrando al restaurante donde trabaja Matías, el novio de Kira.

—Buenas tardes, señoritas en que las puedo ayudar.

—A mi amiga ponle un capuchino y a mí me pones muchísimo, con ese traje se camarero. —sonrío ante el descaro de mi amiga, finge anotar algo en aire —nueva fantasía sexual, Desbloqueada.

Matías observa ambos lados que nadie lo esté viendo, se acerca y la besa con delicadeza y rápido se aparta.

—En seguida traigo sus órdenes señoritas. — se aleja de nuestra mesa sosteniendo una bandeja llena de jaras de cerveza que recogió de la mesa de tras de la nuestra. Me sorprende la agilidad con la que camina por un pasillo tan angosto.

—Pobre Matías, lo van a terminar despidiendo de este trabajo si sigues apareciendo a desubicarlo.

—No lo creo, al final él nunca me hace caso. A veces pienso que mis insinuaciones no le afectan.

—Como que no, si lo traes bobito.

—Pues no lo da a demostrar.

—A no, gira y mira a ver si no lo traes loco.

De espaldas a mi amiga venia Matías con un oso de peluche de un metro y un carrito con un pastel. Se acerco a nuestra mesa y Kira se puso de pie y lo abrazo.

—Felices ocho meses mi amor.

Matías le entrego el peluche y mi amiga comenzó a llorar, los presentes en el resto de las mesas aplaudieron y los felicitaron. Minutos después, el tubo que regresar al trabajo y quedamos mi amiga, yo y el oso de peluche, el cual me había adueñado.

—Devuélveme mi bebe.

— No quiero, está chulo y ahora es mío.

—He, me lo regalaron a mí, es mío.

— Pero yo no tengo quien me regale peluches, así que este me lo quedo yo.

—Pues cómprate tus propios peluches y deja el mío en paz.

Comenzamos a discutir como niñas y a forcejar con el oso, yo no medí mi fuerza y terminé halando el oso hacia mí y chocando la cabeza del muñeco con el cliente que estaba sentado detrás de mí.

—Lo siento mucho — me disculpe de inmediato, poniéndome de pie para enfrentar a la victima de aquella ridícula situación.

Lo primero que vi fueron sus ojos café y su perfecta dentadura. Nunca en mi vida había visto unos ojos tan expresivos y una sonrisa tan hermosa, los bellos de mi piel se erizaron al sentir su mirada sobre mí, y sentí hasta mis piernas fallar. Mis mejillas cobraron un extraño rubor y por alguna razón no podía apartar mi vista de sus carnosos labios.

—Me han pegado con muchas cosas en esta vida, pero ultimo que esperaba era recibir un cabezazo a traición por un oso de peluche.

Su voz era enigmática, seductora un poco grave y melodiosa. Unas risas detrás de él me hicieron percatarme de que no estaba solo. Tanto el, como sus compañeros vestían trajes de marca caros, (lo sé porque los pude reconocer por mi afición a la moda.) inmediatamente me volví a disculpar para alejarme de ellos, en esta ciudad no se puede confiar en los hombres que visten demasiado bien, nunca se sabe en que andan.

—Lo siento mucho por mi descuido, no fue mi intención pegarle. Con su permiso me retiro.

—Espera un momento —me tomo por el brazo y rápido me soltó, una corriente eléctrica recorrió mi piel ante su tacto y mis piernas dejaron de obedecer al llamado del celebro, que le ordenaba no parar de caminar. —perdona mi imprudencia, pero no pude evitar escuchar la conversación con tu amiga, como puede ser que una principessa como no tenga quien le haga regalos.

Dudé durante un par de segundos, no sabía si debía mentirle o contarle la verdad, pero teniendo en cuenta que él ya lo había escuchado todo, no vi motivo para mentir.

—Pues no, lamentablemente si quiero algo, me toca comprármelo. No todas tenemos un príncipe azul como mi amiga que le haga regalos y la haga sonreír.

Mi cerebro volvió a ordenar la partida, pero mis piernas seguían negándose a obedecer, mi cuerpo se sentía atraído hacia él, era como un imán que me tenía prisionera. Volvió a sonreír, había algo en su sonrisa que indicaba peligro, pero que resultaba embriagador, lo observé con mayor detenimiento y pude apreciar una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

—Tal vez el tuyo está a punto de llegar — guiñó el ojo derecho, y empezó a andar al tiempo que sus compañeros se levantaban de la mesa, luego, como si hubiera olvidado algo regreso a donde yo seguía de pie como tonta observando cada uno de sus movimientos.

—Y no dejes de sonreír nunca pricipessa- agregó — no sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.

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