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Portada de la novela Diciembre de Apariencias

Diciembre de Apariencias

Lo que debía ser una sorpresa romántica para Mackenzie termina en una fría solicitud de divorcio que deja a Killiam devastado. Aunque ella asegura que el amor se extinguió, él presiente que hay motivos ocultos tras su decisión. Para no arruinar el cumpleaños de la abuela Gigi, pactan mantener las apariencias durante diciembre. En medio del ambiente festivo, Killiam intentará reconquistarla mientras ella lucha por no quebrarse ante su propia mentira.
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Capítulo 3

1 de Diciembre

Travesía desde: Chicago, Illinois a Breckenridge, Colorado.

Mackenzie Hale

Veo a Killiam sentado en la sala VIP del aeropuerto con esa sonrisa estúpida que ya no soporto. Esa que le grita al mundo que, a pesar de que todo está en su contra, él se sale con la suya; y eso es lo que ha hecho hoy.

Bastante tengo con seguir aparentando que nada pasa durante el tiempo que estemos con mi familia, cómo para tener que soportarlo hasta año nuevo.

Se supone que el día después de navidad estuviésemos de regreso y que toda esta farsa terminaría. Eso era lo que tenía en mente, pero por supuesto, Killiam tenía sus propios planes.

Ahora nos esperan tres horas de vuelo y más dos de carretera antes de poner todo en marcha para que mi familia tenga buenas festividades y no sospechen de nada.

-¿Preparada para la aventura? -me pregunta con la misma sonrisa que, supongo, no se le ha quitado desde ayer.

Su positivismo justo ahora me exaspera. Y más, porque me pasé gran parte de la noche en vela, tratando de convencerme a mí misma de que esta es una buena idea. De que lo hago por mi familia, de que la abuela Gigi está bastante delicada de salud y no voy a darle un motivo más para que esté peor.

-No hay aventura alguna, Killiam, así que quita esa tonta sonrisa de tu cara -giro lo ojos lo suficientemente molesta y lo hago evidente para que lo note, pero no me hace caso.

-La navidad con tu familia siempre es una aventura.

-Esta vez es en Breckenridge y estará toda la familia, incluso a los que no conoces.

-Que no conozco porque decidiste vivir una vida alejada de tus parientes, a excepción de tus padres y tu abuela, a quienes prácticamente obligaste a pasar una navidad con nosotros -me recuerda.

Resoplo con fastidio y me cruzo de brazos.

-Yo no obligué a nadie.

-Tu madre se pasó gran parte de las fiestas organizando eventos a distancia, Mack. Y aunque amaron pasar navidad con nosotros y yo también amé pasar navidad con ellos, además de oír sus historias, más el festejo de la abuela Gigi, me causa curiosidad el por qué en tres años de matrimonio nunca quisiste viajar a Breckenridge.

-Estar allí es raro para mí, yo no he vuelto en años y no es que me alegre demasiado. Y ya no hablemos de eso, es más... -levanto la mano para interrumpir lo que sea que fuera a decir-, ni siquiera tenemos que hablar. Haznos un favor y regálanos un poco de paz.

-Pero si yo estoy en paz, Mack -se echa a reír el muy desgraciado, burlándose de mí-. Si tu consciencia no te brinda paz por lo que estás haciendo, puedes dejar de fingir en cualquier momento.

«Si será idiota...».

-Algunos de nosotros no estamos acostumbrados a vivir entre mentiras -le suelto con rabia, mientras me alejo.

Pero, ¡oh, sorpresa! Él me sigue.

-Pero tú has sido la de la idea, Mack. Yo solo he accedido porque estoy dispuesto a...

Me volteo para hacerle frente y choca frente a mí, casi tumbándome al suelo.

-¡Mierda, Mack!

-¡Eso mismo digo yo! -trato de no explotar cuando todos nos miran y me alejo un poco de él, para estabilizarme-. No estoy dispuesta a aguantar tu mierda hasta que lleguemos al pueblo. Procura ni siquiera hablarme cuando estemos juntos, por ahora, tú mantente en un lado de la sala y yo en otro, es lo mejor para los dos.

Killiam me deja marchar, pero se queda pensativo, parado en medio del pasillo con el ceño fruncido. A una parte de mí le duele ser así, tratarlo cómo nunca lo he hecho, pero él debe tener claro que este acuerdo lleno de apariencias y mentiras dudará solo hasta que regresemos a casa. Y me importa poco si él cree que voy a quedarme en Breckenridge un día más del necesario, porque el día veinticinco, en la tarde, ya estaré de regreso en la ciudad.

A diferencia de él, no me gusta mentir. Y aunque soy descarada, porque nunca le he hablado con claridad de mi pueblo de origen, no se compara a las mentiras que él ha dicho o a lo que estamos a punto de hacer. Yo solo evité mencionar parte de mi historia porque no me gusta hablar de ella y cuando lo conocí, su familia era lo bastante estirada, citadina y millonaria cómo para yo hablar de más.

Lo veo desde mi posición y para mi mala suerte, me pilla mirándolo, porque aparentemente no me ha quitado la mirada de encima.

«No debí haberle propuesto eso».

Debí ser valiente y llegar a casa diciendo: ¡Hey! Hola a todos de nuevo, después de algunos años, les cuento que me casé, no los invité, pero tranquilos, ya me divorcié.

Lo peor hubiese sido aguantar las miradas de reproche de la tía abuela Sara, o lo falsamente triste que estaría la tía Felicia. Mientras que por detrás, esta última le diría a mi prima Clara que su matrimonio es, por supuesto, mejor que él mío y que todos los demás. En su familia perfecta, matrimonio perfecto y en una maldita navidad perfecta, donde son mejores que yo.

Mi teléfono vibra y veo un mensaje con su nombre en la pantalla.

»Deberías dejar de fruncir tanto el ceño, te saldrán arrugas y apenas tienes veintisiete, Mack.

Le saco el dedo del medio en respuesta.

¡Que lo jodan!

Pero él solo se ríe de mi gesto.

Ir a cualquier lugar de Colorado me haría feliz en cualquier momento. De hecho, si pasáramos las festividades en algún lugar de Denver, sería mucho más sencillo. Pero no logré convencer a nadie este año y tras tantas faltas, mi familia no me ha dado la oportunidad de negarme a ir a Breckenridge.

Nos llaman para abordar nuestro avión y soy la primera en levantarse, rogando para que Killiam no se ponga a mi lado en la fila y, al menos por ahora, respete mi espacio.

Pero cuando estamos en el avión lo veo llegar justo a mi lado, con la misma sonrisa petulante.

-Hola, compañera de vuelo -me guiña un ojo y yo trato de ignorarlo, pero él sigue insistiendo-. ¿No vas a decir nada? Compré vuelos en primera clase, solo para tres horas de vuelo.

-¿Tu papi te negó el jet privado? -Enarco una ceja. Sé que estoy siendo una perra sabiendo que, a pesar del dinero, a él nunca le ha gustado la vida ostentosa que lleva su familia-. Es lo menos que podías hacer, con todo el dinero que tienes -menciono mientras me acomodo y busco los audífonos para no tener que escucharlo.

-Un gracias era suficiente y sabes qué opino de usar el jet privado como si fuera un autobús.

-Sí, sí... Todo el rollo del medio ambiente.

-Rollo que a ti te preocupa también, aunque estés de mal humor ahora -me refuta, mientras se sienta a mi lado.

Me molesta que reduzca todo al hecho de que yo esté solo de mal humor.

-¿Recuerdas lo que te dije? -le pregunto y me mira confundido. Yo vuelvo a girar los ojos con fastidio-. No me hables hasta que lleguemos al pueblo.

-Estoy feliz de conocer tu pueblo natal, Mack. Aunque no sea en las mejores circunstancias.

-Irónico ¿no? -Me burlo de la situación, porque no tengo de otra-. Nunca los conociste cuando éramos realmente felices y los conocerás cuando fingimos serlo.

-Yo no voy a fingir -me mira fijamente y yo quisiera creerle cuando lo dice de esa forma, pero no puedo.

-Sí, cómo digas. -Me encojo de hombros y me pongo mis audífonos con la música pop que me relaja en cualquier situación.

Paso la mayor parte del vuelo con los ojos cerrados, incluso cuando la azafata pasa por nuestro lado ofreciendo cosas y oigo cómo él pide por mí exactamente lo que me gusta.

La coca de dieta, maní salado y esas galletitas de vainilla diminutas que siempre dan en esta aerolínea.

Cuando anuncian que estamos por aterrizar, veo todo sobre mi mesa y me acomodo en el asiento.

Él lee una revista donde el artículo principal, es "Los mejores lugares para que tus vacaciones navideñas sean inolvidables" y, por supuesto, Breckenridge se encuentra entre ellos.

Aterrizamos en Denver y me estiro un poco para entrar en calor cuando la brisa helada que hace en la ciudad me golpea de frente. Espero que Killiam tenga todo en orden tal y cómo lo prometió, porque no pienso pasar un minuto en la intemperie con este frío que hiela hasta los huesos.

El aeropuerto de Denver es grande y la ciudad, en sí, es linda, pero nuestro destino final nos aguarda arriba, en las montañas, a dos horas de distancia en auto.

Auto que espero que mi casi exesposo haya alquilado.

-¿Y ahora qué? -me pregunta cuando ya pasamos por todos los controles y tenemos nuestro equipaje.

-Ahora vamos por el auto que ya alquilaste y sigues la ruta que te indique el GPS -trato de que en mi voz no se noten las emociones que trato de ocultar.

-No me refería a eso, me refiero a cómo quieres que actúe. No quiero meter la pata con tu familia.

-Solo sé tu mismo con ellos, les gustarás. Mamá y la abuela Gigi les han hablado mucho de ti.

-Okey, ser yo mismo -asiente y estira su mano para buscar la mía.

Un escalofrío me recorre. Tiemblo por lo que me hace sentir, pero aprieto los dientes y niego.

-Sé menos tú con lo que a mí respecta.

Alejo mi mano para dejárselo claro, pero él resopla.

-A ver, Mack, haciendo a un lado la absurda razón por la que me pediste el divorcio, haciendo a un lado que me estoy comiendo la maldita cabeza preguntándome qué hice mal, y que tengo el corazón destrozado por lo que está pasando entre nosotros, se supone que debemos actuar como la pareja feliz que éramos hace unos días. Así que pon de tu parte y dame tu linda manita, esposa.

-Aquí no tienes que fingir, nadie nos ve -le recuerdo-. Ahora ve por el auto.

-No tengo que ir por el auto, porque ya llegaron por nosotros -saluda detrás de mí y yo me paralizo-. ¿Ahora sí quieres sostener mi mano, terroncito de azúcar? -menciona con dulzura y yo volteo al escuchar la voz de mi madre.

«¡Carajo! Pensé que tenía dos horas para mentalizarme en que debo fingir a la perfección, pero no, él ha decidido jugar sus cartas sin avisarme».

-¡Suegros! -Él pasa a mi lado, caminando con una sonrisa genuina hacia mis padres, quienes lo reciben con los brazos abiertos.

-¡Qué bueno verte, K! -Me llega primero la voz de papá y luego la de mamá cuando lo reciben. Termino de girarme para verlos y ahí está él, envuelto en un cálido abrazo con la misma sonrisa que odio.

«Voy a matarte después de esto, Killiam. Lo juro».

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