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Portada de la novela Diamante disfrazado: Ahora mírame brillar

Diamante disfrazado: Ahora mírame brillar

Tras ser víctima de una cruel trampa, Elena pasó de heredera privilegiada a paria social, rechazada por sus padres y humillada por su novio. Sin embargo, su caída solo fue el inicio de una transformación asombrosa. Ahora, convertida en una poderosa magnate de talentos ocultos, enfrenta a sus antiguos tutores y desprecia las súplicas de su ex. En medio de su ascenso, un misterioso multimillonario le propone matrimonio. El mundo verá su brillo final.
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Capítulo 3

La expresión de Elena permaneció fría e inmutable. "Llama a la policía si te atreves. Pero, si se determina que yo no robé el collar, ¿cómo planeas compensarme?".

"No podrías haber...", comenzó Cecily, sin embargo, cuando volteó el collar su respiración se detuvo al ver la inscripción. "Esto... ¿Cómo es posible? Recuerdo haber comprado el número 9, ¿por qué este es el número 1?".

"¿Número 1?". La sonrisa de Sylvia desapareció al oír eso, al tiempo que su rostro se oscurecía por la sorpresa. "¡Eso no puede ser!".

¡Ella estaba convencida de que Elena le había robado su collar! Entonces, lo agarró a toda prisa para examinar la parte trasera, y, en efecto, tenía el número 1.

"Esto no tiene sentido...", dijo atónita. ¿Cómo había llegado Elena a poseer una pieza de la colección de Helena? Para colmo, la más preciada e irremplazable primera edición.

Mirándola fijo, Sylvia exigió: "¿De dónde sacaste esto? ¡Estamos hablando de la pieza inicial de toda la colección, la obra maestra original, vale un dineral!".

Sin dudarlo, Elena recuperó el collar de las manos de Sylvia, guardándolo en su mochila con poco cuidado. En realidad, ese no era más que un diseño que había creado por capricho.

"¿En serio estás metiendo algo tan valioso en tu cartera así como así?". Sylvia no podía creer lo que veía. ¿Acaso Elena tenía idea del valor de esa pieza?

Sin mirarla, esta última respondió: "Yo manejo mis pertenencias como me plazca. ¿Tú no ibas a llamar a la policía? ¿Qué estás esperando para hacerlo? En fin, si no hay nada más, me iré. Tengo asuntos más importantes que atender, como encontrar a mis verdaderos padres".

Sin querer dejar ir el asunto, Sylvia revisó las pertenencias de Elena una vez más, pero no encontró nada más allá de prendas cotidianas. Apretó la mandíbula por la frustración de no encontrar nada comprometedor.

A un lado, Cecily reflexionó por un momento. Durante todos estos años, nadie le había dado a Elena una mesada, así que no había manera de que pudiera permitirse una pieza tan exclusiva. Por ende, ¡el collar tenía que ser una falsificación! No pensaba que Elena estuviera tan obsesionada con las apariencias como para esforzarse en comprar una réplica barata del collar de Sylvia.

Con esa idea en la cabeza, Cecily resopló. ¿No sabía Elena cuál era su lugar? ¡La hija de una campesina no tenía derecho a usar las mismas joyas que la hija de la familia Reed! Y aunque ella se atreviera a lucirlo, cualquiera con ojo para las joyas auténticas reconocería su collar como una imitación. ¡Ja!

Cecily se burló para sus adentros. Elena nunca había estado en la villa Cloudstream, así que no tenía idea de la vida que le esperaba ahí. Apenas conociera a sus verdaderos padres, volvería corriendo a casa de los Reed, rogando quedarse. Y cuando ese momento llegara, ¡ni siquiera le abrirían la puerta!

"¡Te arrepentirás!", gruñó Cecily.

No obstante, Elena solo se encogió de hombros. Después de todo, sin ella, el negocio de los Reed pronto encontraría grandes obstáculos. En ese sentido, todavía estaba por verse quién terminaría lamentando las cosas al final.

Colgándose su cartera al hombro, Elena salió solo para ver una vieja furgoneta llena de polvo estacionada en la entrada.

Enseguida un hombre salió del vehículo, y tan pronto como su mirada se posó en ella, se le acercó con mucho respeto. "Señorita Harper, le pido sinceras disculpas por la tardanza".

Perpleja, la joven frunció un poco el ceño.

"Señorita Harper, no había anticipado que no habría un helipuerto aquí. El helicóptero tuvo que ser estacionado más lejos, por eso, para evitar más retrasos, conseguí este vehículo. No se ha usado en algún tiempo, por lo que puede lucir un poco desgastado. Espero que no le importe...", continuó el hombre.

Al escuchar su explicación, Elena miró más de cerca. Resultó que la supuesta furgoneta era en realidad un Maybach vintage, una edición limitada y extremadamente rara. De repente, no estaba tan segura de que su familia biológica fuera tan pobre como los Reed le habían hecho creer. "¿Dónde están mis padres?", preguntó, notando que el auto estaba vacío.

"Señorita Harper, me presento, mi nombre es Declan Marsh, el chófer de su familia. Verá, sus padres habían planeado escoltarla a casa en persona, pero la noticia emocionó tanto a su abuela que se desmayó. No tuvieron más remedio que enviarme en su lugar".

Parpadeando varias veces, la chica asintió. "Está bien, vámonos".

"Un momento, por favor", respondió Declan, caminando hacia al maletero. "Sus padres prepararon un obsequio para los Reed, para agradecerles por haberla criado todos estos años".

Era obvio que el auto no se había usado en un buen tiempo, y la fuerte brisa hacía que el polvo acumulado girara en el aire alrededor de ellos, creando una escena bastante desordenada.

Justo en ese momento salieron los Reed, con evidentes expresiones de desdén.

Sylvia le echó un vistazo al vehículo desgastado, y de inmediato asumió que era una chatarra sacada de un desguace. ¿Los padres de Elena eran tan pobres que no podían permitirse al menos un auto decente? Eso solo confirmaba lo que siempre había sospechado; los padres biológicos de Elena eran unos campesinos empobrecidos, viviendo en un mundo aparte de la adinerada familia Reed de Foiclens.

A su vez, Cecily arrugó la nariz, dando unos pasos atrás como si temiera que el aire mismo le llevara el hedor de la pobreza. Ese sujeto parecía como si acabara de llegar de un largo día de trabajo, con las manos sucias, probablemente de labrar el campo. ¡Debía apestar a sudor! Solo pensarlo la hacía estremecerse.

En cuanto a Benjamin, más compuesto, permaneció en silencio mientras observaba a Declan. El hombre, de apariencia mayor, que charlaba con Elena con tanta familiaridad, debía ser su padre. Era comprensible que alguien de un lugar tan pobre no pudiera poseer un auto adecuado, pero, ¿un vehículo tan desgastado como ese? Era humillante, francamente.

Aparte de eso, debido a la lluvia reciente, Declan se había resbalado en el césped antes, y sus manos embarradas habían dejado manchas en la caja de regalo que ahora extendía hacia Benjamin. "Mmm... señor Reed, esta es una muestra de agradecimiento por haberla cuidado durante veintitrés años. Por favor, acéptela".

Sin moverse, Benjamin miró la caja sucia. ¡Bah! ¿Qué le podría ofrecer una familia humilde? Tal vez algunos productos caseros, empaquetados en un contenedor sucio... Aun así, se mantuvo cortés. "Oh, eso no será necesario. Puede conservarlo".

Al mismo tiempo, Cecily resopló. ¿Qué podría haber dentro de esa caja que valiera la pena aceptar? ¡Los Reed no necesitaban productos de granja!

Sin embargo, recordando las estrictas instrucciones de su empleador, Declan dudó. A fin de cuentas, las cajas contenían escrituras de veintitrés propiedades, piezas de joyería de alta gama, llaves de autos de lujo y una tarjeta bancaria con un saldo de 230 millones, todo como un gesto de agradecimiento por los años que la familia Reed había cuidado a Elena.

"Señor Reed, ¿está seguro?", preguntó Declan.

Benjamin agitó la mano con desdén, pues su paciencia se había agotado. "¡La familia Reed no tiene uso para tales cosas! Ahora váyase".

Dadas las circunstancias, Declan no tuvo más opción que cerrar el maletero y escoltar a Elena fuera.

Por su lado, Sylvia parecía haber vislumbrado algo dentro del auto que la dejó helada. ¿No era ese embalaje de la línea exclusiva de joyería de Helena? No... eso no podía ser posible. Tenía que ser un estuche vacío que ese hombre había encontrado en algún lugar. ¡No había forma de que realmente contuviera joyas de la colección de Helena!

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