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Portada de la novela Dí que eres mía

Dí que eres mía

Mila es una mujer centrada en su profesión que finge una vida rutinaria ante su familia para proteger su lado más atrevido. Sin embargo, su realidad cambia drásticamente al llegar a un hotel de lujo, un sitio al que se resistía a ir. En ese ambiente cargado de magnetismo y deseo contenido, toma una decisión impulsiva que marca su destino para siempre. Lo que parecía un viaje impuesto se vuelve una aventura cautivadora que rompe todos sus esquemas.
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Capítulo 3

Llegar a hotel había sido como una experiencia extracorpórea, Mila no podía creerlo. Todo lucía pulcro, ordenado, costoso y lujoso. Las personas que se vislumbraba en el vestíbulo olían a dinero mientras ella miraba todo como si de un parque de diversiones se tratara, no todos los días podías apreciar un hotel de cinco estrellas y mucho menos quedarte a disfrutar de las comodidades que te ofrecía. Estaba segura de que sin haber tenido la oferta de la compañía, sus ahorros se habrían llevado un buen golpe para poder quedarse allí, aunque si era sincera, de no tener esa oportunidad probablemente habría escogido un lugar mucho menos costoso.

Caminó hacia el escritorio central del lobby con un botones llevando su maleta en una especie de carrito, el hombre era amable y no dejaba de sonreírle. Una mujer cordial le sonrió al recibirla en el lugar para luego confirmar su reservación, una vez que eso estuvo hecho le entregaron un pequeña tarjeta que le daría el exceso a su habitación. No se había atrevido a escoger una habitación presidencial, el precio casi la había hecho gritar, pero se había tomado la molestia de escoger una suite con los suficientes lujos como para sentirse privilegiada.

El botones la siguió junto con su maleta hasta el ascensor y ella observó que el nivel de los pisos llegaba hasta el número veinte. Presionó el dieciséis que era donde se encontraba su habitación, y esperó hasta que las puertas volvieron a abrirse. El número que le correspondía era el ciento sesenta y cinco, por lo que caminó hasta allí e introdujo la tarjeta, con una sonrisa el botones la siguió hasta dejar la maleta en el closet. Ella observó todo maravillada, el lugar era tan grande que parecía un departamento en lugar de una habitación de hotel.

-Puede ordenar la cena en cualquier momento solo llamando al restaurante del hotel- le dijo el botones de pronto -o puede bajar y comer allí. Todo lo que pida será confirmado con su plan de estadía por lo que aquello que no esté incluido se le cobrará al momento de retirarse.

-¿Puedo pedir también el desayuno a la habitación?- Preguntó ella.

-Por supuesto- afirmó el hombre -el servicio de habitaciones viene incluido con la compra de los servicios de comida aquí en el hotel. Desayuno, almuerzo y cena se encuentra cubierto, lo demás se le cobrará.

-Muchas gracias- ofreció ella dándole una propina al hombre.

Luego de eso por fin estuvo sola. Recorrió la habitación, al entrar al lugar una pequeña sala se abría a tu vista, con muebles y un televisor. Algunas neveras llenas de dulces y jugos, un cuarto en el que se encontraba una cama inmensa, otro televisor y un baño con una bañera digna de llamarse jacuzzi. Finalmente en uno de los costados del cuarto se abría una puerta que daba a un balcón con vista al mar. Mila sonrió con alegría y se quedó a disfrutar de la puesta de sol con sus colores hipnóticos mientras la brisa salina golpeaba su cuerpo. Llenó sus pulmones con una sonrisa aceptando que aquella había sido una excelente decisión.

Ella se bañó con parsimonia disfrutando del espacio y de los jabones que olían realmente bien antes de colocarse un vestido veraniego de color pastel junto a unas sandalias antes de bajar al restaurante. Era su primera noche en el hotel y se sentía emocionada, quería experimentarlo todo por lo que pediría el desayuno a su habitación, pero disfrutaría de la cena en el restaurante del lugar. Bajó hasta el lobby y desde allí pudo acceder a una puerta de daba a la parte del hotel que se encontraba a la orilla del mar, pudo ver las canchas de tenis, varias piscinas que brillaban con luces, bares playeros con bastantes personas y muchas otras cosas hasta llegar al lugar que ella buscaba: el restaurante.

Entró con lentitud sintiéndose mal vestida al observar vestidos largos y maquillajes elaborados, sin embargo un mesero la recibió con una sonrisa para dirigirla al bar. Al parecer le ofrecían un trago mientras preparaban su mesa. Ella pidió un coctel sencillo.

-A veces esperar puede ser una tortura- comentó una mujer que se sentaba a su lado.

-Supongo que sí- convino ella con una sonrisa.

-Soy Mary- se presentó la mujer ofreciéndole la mano.

-Mila- ofreció ella devolviendo el gesto.

-¿De vacaciones?- Preguntó Mary bebiendo de su trago.

-Sí, este año decidí tomarme un tiempo para mí- soltó ella sin decir la verdad -¿tu?

-Igual- afirmó la mujer -mi esposo y yo decidimos hacer algo distinto con los niños. Traerlos a la playa es siempre una buena elección.

-Oh excelente…

-Y hablando del rey de Roma, aquí vienen- la interrumpió Mary saludando a alguien a su espalda -bueno, fue un placer conocerte, Mila. Disfruta del hotel.

-Tú también- fue todo lo que le alcanzó a decir mientras miraba a la mujer acercarse a dos pequeños niños que le sonreían y a un hombre que le daba la mano antes de sentarse en una de las mesas del restaurante.

Un mesero regresó entonces y la guió hasta una de las mesas cercanas a la ventana. Era de las pocas que poseían solo dos sillas. Ella miró el lugar lleno de parejas y familias sintiéndose sola de pronto. Intentó deshacerse de esos pensamientos ordenando todo aquello que llamaba su atención del menú. Disfrutó de una cena deliciosa junto a varios cocteles que la desinhibieron un poco antes de que saliera del restaurante y recorriera algunos de los lugares.

Lo que parecía una pequeña discoteca llamó su atención, pero no se atrevió a entrar por alguna razón, en su lugar regresó a los ascensores para subir a su habitación. Allí se desprendió del vestido para colocarse una pequeña camisa ligera sin molestarse siquiera en usar un pantalón. Se tumbó en la inmensa cama y encendió el televisor, fue revisando varios canales y aplicaciones de streaming que ofrecían hasta que los gemidos comenzaron a escucharse en la habitación.

Ella abrió los ojos con sorpresa antes de mirar la escena con atención, en la pantalla se mostraban a dos personas teniendo sexo sin censura. Nunca hubiera imaginado que un hotel de ese estilo tendría ese tipo de canales disponibles aunque si lo consideraba, las personas pagaban realmente bien por quedarse allí, así que si alguien se encontraba solo como ella, se sentiría bien aprovechando el tiempo y el espacio.

Mila observó entonces la pantalla, la escena era bastante grotesca y aunque nunca había sido una persona de mirar porno su cuerpo comenzó a calentarse con ese deje de excitación que conocía muy bien. No sabía si era por el deseo reprimido, por la falta de masturbación o de sexo, pero de pronto estaba realmente excitada. Sus pezones se alzaron sobre la tela de su camisa, ella juntó sus piernas intentado obtener algo de placer. Un gemido de escapó de sus labios y cuando sintió la humedad creciendo en su vagina fue la señal que necesitó para levantarse de la cama.

Con decisión caminó hasta su maleta y rebuscó entre su equipaje, por razones que todavía no terminaba de comprender había llevado su vibrador rosa junto a su dildo favorito de color lila para esas vacaciones. No sabía si había imaginado una escena como esa, pero en definitiva había hecho lo correcto. Tomó ambos juguetes en sus manos y se volteó hacia la cama, la imagen del balcón se filtró entonces en su mente, sin detenerse caminó hasta allí para abrir las puertas de par en par. La brisa golpeó su cuerpo caluroso mientras ella se arrancaba la camisa del cuerpo, dejaba los juguetes allí y se quitaba la ropa interior para quedar totalmente desnuda.

Se estiró con deseo sintiendo el piso frío en sus nalgas, jugó con sus pezones mientras la vista la envolvía una vez más. Estaba tan mojada, excitada y lista para correrse que no podía dejar de estremecerse. Las fantasías llenaron su mente: cuerpos excitados, erecciones gruesas y listas para embestirla, caricias dulces que la harían correrse con fuerza. Mila encendió el vibrador con las mejillas ruborizadas y lo colocó sobre su clítoris hinchado, un grito se escapó de sus labios al mismo tiempo que el placer la recorría con fuerza.

Había pasado demasiado tiempo desde que se había sentido tan excitada, la humedad goteaba por sus muslos dejándola en evidencia. Movió el vibrador por ese punto sensible que la volvía loca y gimió, fue entonces que sin esperarlo ella se corrió. Explotó en una espiral de placer que la llenó de deseo mientras palpitaba con los espasmos del orgasmo. Sin aliento disfrutó del momento hasta que regresó a la realidad, se había corrido, pero todavía no se sentía satisfecha.

Tomando entonces el dildo lila, su favorito, usó el chupón para adherirlo al piso. Estaba en el balcón, la brisa excitaba sus pezones y aunque alguien podría verla, en ese momento le importaba poco, de hecho el pensamiento la excitaba. Se meció contra el juguete hasta que bajó con fuerza llevándolo a su interior, luego de eso solo fueron gemidos. Cabalgaba el dildo mientras el placer la recorría, sentir esa dulce presión en su interior era delicioso y aunque no se asemejaba al miembro real, lo estaba disfrutando.

Sus caderas se movían con fuerza exigiéndole placer, ella subía y bajaba mientras sus pechos se balanceaban, su mente se imaginaba que debajo de su cuerpo se encontraba un hombre tallado que usaba sus manos para guiarla y moviendo sus caderas para que la penetración fuera mucho más intensa. Mila gimió con fuerza sintiendo como el orgasmo se acercaba, se inclinó para tomar el vibrador que había dejado de lado y lo colocó sobre su clítoris mientras seguía moviéndose, eso fue todo para ella. Se corrió una vez más, gritando cuando los espasmos de placer la recorrieron dejándola sin energía.

Ella sonrió unos segundos más tarde tumbada en el piso del balcón, satisfecha, sin aliento y un poco avergonzada. Tomó sus juguetes para adentrarse en su habitación sin saber que un observador había quedado hipnotizado y excitado con la escena.

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