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Portada de la novela DEUDA DE SANGRE: UNA PASIÓN CON EL MAFIOSO

DEUDA DE SANGRE: UNA PASIÓN CON EL MAFIOSO

Vittorio Marchetti, sucesor de la mafia neoyorquina, busca justicia por un pasado trágico. Su venganza apunta a los Valverde, quienes, hundidos en la miseria, entregan a Aria como pago de una deuda imposible de saldar. Ahora, ella vive cautiva bajo el control del hombre que más odia. En una mansión llena de misterios y rencor, la enemistad se convierte en una pasión prohibida que pondrá en riesgo sus vidas. ¿Podrá el amor superar el peso de la sangre?
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Capítulo 2

El amanecer se filtró entre las cortinas pesadas de la habitación, dejando un resplandor dorado sobre los muebles de roble. Aria abrió los ojos lentamente, intentando recordar dónde estaba. Por un instante, pensó que había sido un sueño; pero el silencio del lugar y la opulencia que la rodeaba se encargaron de recordarle la verdad: no era libre.

La cama en la que dormía era demasiado grande, demasiado pulcra. No pertenecía a ella. El aire tenía un aroma a madera y a control. Se incorporó despacio, el corazón palpitando con una mezcla de rabia y miedo. En una esquina, sobre la mesa, descansaba una bandeja con desayuno, como si alguien hubiera anticipado su despertar. No lo tocó.

El reloj marcaba las ocho. Afuera, el jardín parecía un cuadro detenido. Todo en esa casa era orden, disciplina... una prisión disfrazada de lujo.

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.

-Señorita Valverde -dijo una voz masculina desde el otro lado-. El señor Marchetti desea verla en el comedor.

Aria respiró hondo, alisó el vestido que había dejado sobre el sofá y se miró al espejo. Sus ojos seguían ardiendo, pero su reflejo no mostraba lágrimas. "No me va a romper", se dijo. Tomó aire y salió.

El comedor era inmenso, con ventanales que daban al jardín. Vittorio estaba sentado al final de la mesa, leyendo unos documentos. La luz del sol le rozaba el perfil, dándole una serenidad que solo los hombres peligrosos saben usar como máscara.

-Buenos días -dijo sin levantar la vista.

Aria no respondió. Se sentó al otro extremo, erguida, con las manos unidas sobre las rodillas.

-No desayuno con mis secuestradores -dijo, con la voz contenida.

Vittorio levantó la mirada, y en ese gesto había una calma que inquietaba más que la furia.

-No me gusta esa palabra -respondió-. Eres mi garantía. No rehén.

-¿Garantía? -replicó ella-. ¿De qué? ¿De su ego, de su venganza? No tengo nada que ver con lo que su familia y la mía hicieron.

Vittorio cerró los documentos y los dejó sobre la mesa.

-En este mundo, los inocentes también pagan, Aria. -Su tono fue medido, sin una pizca de emoción-. Tus padres firmaron acuerdos que no cumplieron. Tú naciste bajo su apellido. Eso te convierte en parte del trato.

Aria lo observó con desprecio.

-Entonces lo que hace no es justicia. Es cobardía.

El silencio que siguió fue denso, casi material. Vittorio se levantó despacio. Sus pasos resonaron sobre el mármol hasta quedar frente a ella.

-Aquí no das órdenes, ni lecciones de moral -dijo con frialdad-. Harás lo que te diga. Cuando te lo diga. O tu hermana pagará el precio de tu orgullo.

Aria se puso de pie, el rostro encendido.

-No se atrevería.

Vittorio se inclinó apenas, con una sonrisa que no llegó a los ojos.

-No subestimes a un hombre que ya no tiene nada que perder.

El silencio volvió, pero esta vez fue una batalla muda. Aria lo sostuvo con la mirada, y aunque el miedo le subía por la garganta, no apartó la vista.

-No me someteré -dijo al fin, con voz baja-. No puedo detener lo que haga, pero no va a conseguir lo que espera de mí.

Vittorio la miró un instante más, luego giró hacia la ventana.

-Eso lo veremos.

Horas después, Vittorio se encontraba en su oficina, rodeado de papeles, planos y teléfonos encendidos. El ambiente era otro mundo: el corazón de sus operaciones.

Sobre el escritorio había informes sobre rutas marítimas, transacciones de oro y cargamentos que cruzaban fronteras con nombres falsos. La pantalla del ordenador mostraba cifras que solo él entendía.

Luca entró sin anunciarse, sosteniendo una carpeta.

-Las cuentas de Europa del Este están listas. Falta revisar los envíos de Estambul.

-Hazlo tú -dijo Vittorio sin levantar la mirada.

Luca lo observó unos segundos antes de hablar.

-¿Está seguro de que la chica debe quedarse aquí?

Vittorio levantó la vista, su expresión volvió a la frialdad de siempre.

-¿A qué te refieres?

-Ella no es como las demás, Vittorio. No entiende las reglas. Podría causar problemas.

Vittorio se recostó en la silla, cruzando las manos.

-Precisamente por eso debe quedarse. Los Valverde me arrebataron más que dinero. Aria es la única pieza que puedo mover para devolver el golpe.

Luca dudó.

-Podría intentar escapar.

-Déjala intentarlo -replicó Vittorio-. A veces el miedo es un mejor guardián que los barrotes.

Luca asintió, aunque algo en su mirada decía que no estaba convencido.

-Entendido. También quería informarle que Anderson Carter está aquí.

Vittorio arqueó una ceja.

-Hazlo pasar.

Anderson Carter irrumpió en la oficina con la naturalidad de quien se sabe bienvenido en cualquier lugar. Alto, rubio y con un acento neoyorquino que no había perdido ni con los años en Italia, se dejó caer en el sillón frente al escritorio.

-Bueno, viejo amigo -dijo sonriendo-. ¿Cuánto tiempo sin vernos?

Vittorio se levantó y estrechó su mano.

-Demasiado. Nueva York te mantiene ocupado, supongo.

-Ya sabes cómo es -rió Anderson-. La ciudad nunca duerme, y los negocios tampoco. Por cierto, el trato de Manhattan se cerró. El oro llegará en tres semanas.

Vittorio asintió con un leve gesto.

-Perfecto. Eso nos da margen para las rutas de Marsella.

Anderson lo observó unos segundos, ladeando la cabeza.

-Te noto raro. Más... distante que de costumbre. ¿Qué demonios pasa contigo?

Vittorio esbozó una sonrisa breve.

-Nada que deba preocuparte.

-Vamos, Marchetti, te conozco desde antes de que tu apellido pesara tanto. Algo tienes entre manos.

El silencio duró unos segundos. Vittorio volvió a su silla, tomó un cigarro sin encenderlo y lo giró entre los dedos.

-Se llama Aria Valverde.

Anderson arqueó las cejas.

-¿Valverde? ¿Los de Queens? Pensé que estaban arruinados.

-Lo están -respondió Vittorio-. Pero eso no borra la deuda que me deben.

-¿Y qué tiene que ver la chica?

Vittorio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio.

-Todo. Su padre firmó un trato con mi familia hace años. Traicionó esa alianza, costándonos una vida. Ahora, su hija es el pago.

Anderson soltó un silbido bajo.

-¿La tomaste como rehén?

-Como garantía -corrigió Vittorio-. Ella vivirá aquí hasta que los Valverde entiendan lo que significa romper un juramento con los Marchetti.

Anderson lo miró en silencio unos segundos, luego se recostó en el sillón.

-Eres un hijo de la estrategia -dijo al fin-. Pero esto... esto es distinto, incluso para ti.

-No confundas estrategia con debilidad -replicó Vittorio-. No busco placer. Busco justicia.

-¿Y qué planeas hacer con ella mientras tanto?

Vittorio miró por la ventana, hacia el jardín donde las sombras se alargaban.

-Nada que no merezca. Su presencia aquí es recordatorio suficiente.

Anderson lo estudió, cruzando las manos.

-Te estás metiendo en un terreno peligroso, Vittorio. Las emociones se filtran, aunque no lo quieras.

-Las emociones no me mueven -respondió con firmeza-. Solo la deuda.

Anderson asintió, aunque la duda seguía en sus ojos.

-Entonces la deuda vive bajo tu techo.

Vittorio giró la cabeza lentamente.

-Exactamente. Es la deuda viviente.

Mientras tanto, en el pasillo superior, Aria caminaba sin rumbo, observando los cuadros antiguos que decoraban las paredes. Había intentado abrir una puerta lateral, pero estaba cerrada con llave. Todo estaba vigilado, incluso los silencios.

Desde allí escuchó voces. La de Vittorio era inconfundible, grave, contenida. Se detuvo al borde de las escaleras, tratando de distinguir las palabras.

"-...la deuda viviente."

El eco de esa frase la estremeció. Por primera vez comprendió que para él no era una persona, sino un símbolo, un recordatorio. Y eso la llenó de una nueva clase de furia. Si Vittorio pensaba que iba a ser su trofeo de castigo, se equivocaba.

Bajó la vista hacia el suelo, respiró hondo y se juró a sí misma que encontraría la manera de girar las tornas. No sabía cómo, pero lo haría.

Cuando Anderson se marchó, el silencio volvió a ocupar la oficina. Luca regresó con un par de documentos, pero Vittorio levantó una mano, indicándole que los dejara sobre la mesa.

-No hay más que hablar por hoy.

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