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Portada de la novela Detrás del velo

Detrás del velo

Tras la muerte de su madre, Abir abandona su vida libre en Nicaragua para regresar a La Meca. Atrapada entre dos mundos, la joven pierde su autonomía bajo el yugo de una familia opresiva que decide su destino sin consultarla. Su calvario culmina cuando es vendida al hijo del Monarca absoluto de los Emiratos Árabes. En medio de la hostilidad del palacio, Abir deberá descubrir si el futuro soberano será su salvación amorosa o el origen de un dolor mayor.
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Capítulo 3

Siendo mi vida tranquila, nunca había pensado ni remotamente que yo estaría en esta posición. Sin embargo lo estaba, estaba en una encrucijada en el que escapar de nuevo era todo lo que mi mente pensaba y deseaba.

—¡Omán, Omán, estás loco, dices eso por una mujer que ni la cara le has visto! ¿Y si es fea y no te atrae ella? ¡Que harás!

—Te puede resultar demasiado desagradable y frustrante —Dicho eso, Assad Qatar jaló el niqab que traía encima.

Volteé mi rostro hacia un lado y toda mi cabellera abundante tapó mi rostro, quedé así sin levantar la vista, era como si yo misma me odiara, no me gustaba mostrar mi cara abiertamente.

—¿Ya viste, ella no quiere ni mostrar su feo rostro? Allí está.

Para entonces, Omán ya se había puesto en pie y se había acercado a mí. Omán Qatar me había vuelto a poner el niqab en mi rostro sin problemas.

—Assad, no vuelvas a tocarla —Lo dijo de tal manera que todos pudieron ver el enojo que había causado su hermano menor al mayor y futuro Jeque del Clan Qatar.

—Me retiraré señor Qatar —Dije agachándome.

—No, no tienes que hacerlo —Dijo el hombre de mirada tenebrosa y ojos penetrantes.

—Todos se pueden ir de la mesa, solo quedará ella para que coma tranquila.

Me pareció muy descabellado su postura, me habían raptado prácticamente, me había comprado como mercancía, pero entonces, ¿porqué trataría de sobreponerse por encima de otras personas? Me erguí de pies y dije al señor Omán.

—No tienen que irse nadie, señor. Me sentaré y terminaré la comida. —Dicho eso, me quité el niqab de mi rostro.

Todos me volvieron a ver, y no paraban de hacerlo. Incluso Assad dió un alarido al ver mi rostro.

—Si, eres muy bella de rostro, pero ¿y qué? Hay muchas mujeres hermosas que conozco —Dijo en afán de seguir fastidiando mi existencia.

Omán Qatar solo me miraba fijamente, no dijo ni media palabra más.

Me sentía muy asustada que nisiquiera estaba comiendo, la mesa estaba repleta de comida exquisita y de todo tipo de frutas y comida. Noté que el propio Omán Qatar no estaba comiendo casi nada.

Probé tan poco, eso sí, bebí mucho jugo y agua. El resto de los presentes, en mayoría que eran mujeres no apartaron la vista de mi.

Una de ellas, una mujer muy hermosa, sobre todo ataviada con muchas joyas y un vestido extravagante, diría que su vestido traía alguna costura en hilos de oro, le dijo al señor Omán.

—Mi señor, soy Amira, ¿puedo bailarle ahora mismo para así deleitar sus ojos?

El me miró a mi, lo hizo de una manera que sentí que buscaba mi aprobación, o yo estaba loca.

—No —Dijo Omán —Resérvese para su esposo.

Omán se dirigió a mí y me dijo.

—Ya que veo que tampoco tienes apetito, te acompañaré a tus aposentos. —Se puso de pies y rodeó la mesa para dirigirse hacía mi y luego a los aposentos.

Assad Qatar, el otro hombre quien entre las conversaciones logré escuchar decir que era el otro hermano, dijo al ver a su hermano tratar de hacerme dirigir a mi habitación.

—¿ Tanto la cuidas, que tiene ella para que actúes como su perro guardián?

—La cuido por que ella es mía, espero que no la sigas tratando como has hecho hasta ahora —Dijo Omán sin volver a mirar a los que se hallaban en la mesa.

Cuando llegamos a los aposentos, sentía que mi corazón iba a explotar, mis manos sudaban, tenia una rara sensación de rabia, enojo en contra de este hombre, a simple vista me parecía que era demasiado diferente al otro hermano, pero también no podía borrar que por alguna extraña razón me había comprado y quería que yo fuera su esposa.

Me tomó de la mano, temblé ligeramente, él lo notó y me soltó la mano, me dijo.

—No debes temerme. No haré nada para dañarte.

Pensé en lo profundo de mi corazón. "Si, como si no me sacaras de mi hogar" Umhp, resulta ahora que él es alguien inofensivo, medité en mal genio.

Él se quedó parado allí y me preguntó, algo que me desconcertó muy profundamente.

—¿Te gustaría casarte conmigo, ser mi esposa? —Mis ojos se despabilaron en un cúmulo de emociones.

Me preguntaba, ¿Por qué me estaría haciendo la pregunta, si hasta ya declaró que soy suya? Aparte él ya me compró y es irrelevante mi decisión.

Como si adivinara mis pensamientos internos me dice.

—Ya sé que dije que ibas a ser mi esposa, pero no pienso obligarte. Solo te advierto que si no quieres casarte conmigo, mi hermano te tomará por su concubina, no creo que él sea tu mejor opción.

Me sentí muy molesta, ¿de que se quería dar delante de mí? ¿De un benevolente hombre? Si a leguas se le mira la cara de malicioso y apático gruñón que se le babeaba por doquier.

—Bien, supongo que es demasiado pronto para responderme. Te dejaré descansar. Mañana me haces saber tu decisión.

Dicho eso, se va del aposento, mi mirada lo sigue, antes que se pierda viene un sirviente hombre, bastante mayor, me trae agua, jugo y frutas, él se medio detiene y hace un gesto de gratitud al sirviente. Luego se va.

No lo sé, su presencia me irrita, mas me reconforta, siento que me trata distinta al resto, pero también no olvido que aquí no tengo voz ni voto. Aquí soy propiedad de alguien.

Y aunque soy de origen de esta cultura y profeso la misma religión, crecí por situaciones del destino lejos de estas costumbres, claro sabiendo que existía algo así, pero sin sentirlo en carne propia.

Estaba sumida en mis pensamientos cuando llegó dos criadas jóvenes, me dijeron al unísono.

—Nos enviaron para ser sus damas de compañía.

Solo asentí sin decir media palabra. Una de ellas dijo.

—Señorita, le calentaré agua para su baño nocturno, ¿le gustaría que ponga especias y esencias de rosas?

—Esta bien, has lo que sepas hacer —dije sin emoción.

La otra chica quería hablar, me miró de reojo, me dijo.

—Tu rostro es cautivador, tienes unos ojos muy hermosos. Creo que naciste con las estrellas.

Fruncí mis cejas en señal de no estar entendiendo a sus observaciones hacia mi persona. Ella habló nuevamente y me dijo.

—Eres una mujer muy bella, también tienes una mirada cautivante, podrías lograr muchas cosas.

—¿Cosas como qué? pregunté. —Sonrieron algo nerviosas y dijo la primera chica por nombre Osiri.

—Puedes incluso casarte con el heredero en Jefe, o llegar a ser la concubina del Jeque actual, ya que él ya está casado y tiene suficientes concubinas.

—El Rey —Dijo la otra.

—No quiero casarme con nadie —Dije en tono amargo de manera sorpresiva para las dos mujeres.

—¿Prefieres ser parte del harem del jefe Assad Qatar, dicen que es grotesco con las mujeres a la hora de...

—¿A la hora de qué? —Ellas titubearon un poco y luego dijo.

—Bueno, a la hora de la intimidad.

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