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Portada de la novela Destino Intercambiado en Mi Segunda Vida

Destino Intercambiado en Mi Segunda Vida

Tras fallecer rodeada de desprecio familiar, una joven regresa al pasado justo el día de su decimoctavo cumpleaños. En su existencia previa, sus padres y su hermana Laura la sometieron a un sistema diseñado para su ruina. No obstante, el destino le otorga ahora el Sistema de Genio, una herramienta para reclamar justicia. Decidida a triunfar, planea que Laura viva el calvario que ella sufrió mientras asciende con frialdad hacia el poder absoluto.
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Capítulo 3

El desayuno fue una actuación que ya había visto antes.

"Laurita, come más fruta, es buena para tu cerebro de genio", decía mi madre, poniendo un trozo de papaya en el plato de mi hermana.

"Sí, mi niña, debes estar fuerte para hoy", añadía mi padre, sonriendo con adoración.

A mí me ignoraron por completo, como si fuera un mueble más en la habitación. Mi plato estaba casi vacío, pero nadie se dio cuenta. Nadie preguntó.

En mi vida pasada, esta indiferencia me destrozaba. Me esforzaba por llamar su atención, por conseguir una migaja de su afecto. Ahora, su desprecio era una confirmación. Me recordaba por qué estaba aquí.

Laura devoraba la atención, hinchándose de orgullo.

"No se preocupen, mamá, papá. Sé que tengo una gran responsabilidad", dijo con la boca llena. "Cuando elija el sistema de 'genio', compraré una casa más grande para nosotros. Y un coche nuevo para ti, papá".

"¡Oh, nuestra Laurita es tan considerada!", exclamó mi madre, con los ojos llorosos de falsa emoción.

Terminé mi café en silencio, observándolos. Eran predecibles. Sus motivaciones eran tan simples, tan transparentes. Dinero, estatus, poder. Y Laura era su boleto dorado.

Después del desayuno, mi madre nos condujo a la sala de estar con un aire ceremonial.

"Ahora", dijo, señalando las dos cajas sobre la mesa de centro. "El momento que hemos esperado".

La caja dorada parecía pulsar con una energía cálida. Era el sistema de "genio". La otra caja, la de color gris pardo, parecía absorber la luz a su alrededor. El sistema de "perdedora".

Los ojos de Laura estaban fijos en la caja dorada. Su respiración era agitada. Se lamió los labios, ansiosa por reclamar su destino.

Pero yo recordaba algo.

En mi vida anterior, mi madre me había dicho: "Sofía, eres la mayor. Deberías ser sensata. Deja que tu hermana tenga lo mejor. Tú toma la caja sencilla. Es lo que te corresponde".

Ahora, decidí usar sus propias tácticas en su contra.

Justo cuando Laura extendía la mano hacia la caja dorada, hablé con una voz suave y resignada.

"Laura, tienes razón. El sistema de 'genio' es para ti", dije, bajando la mirada como si estuviera a punto de llorar. "Toda la familia depende de ti. Es justo que tomes la caja dorada. Yo... yo tomaré la otra".

Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran.

Laura detuvo su mano a centímetros de la caja.

Me miró con sospecha. Su naturaleza competitiva y su desconfianza hacia mí eran más fuertes que su deseo por el sistema.

¿Por qué se lo estaba cediendo tan fácilmente? ¿Había un truco?

Mi madre frunció el ceño.

"Sofía tiene razón, Laurita. Elige la caja dorada", dijo, un poco impaciente.

Pero mi sumisión había sembrado la duda en la mente de Laura. Ella siempre había tenido que arrebatarme las cosas. Mi aparente rendición la descolocó.

"¿Y si esto es una prueba?", murmuró Laura para sí misma, aunque lo suficientemente alto para que todos la escucháramos. "¿Y si la verdadera genialidad está en no elegir lo obvio? ¿En ser humilde?"

Era más estúpida de lo que recordaba.

Para rematar mi actuación, levanté la mano y señalé la caja gris.

"Yo... elijo esta", dije con voz temblorosa.

Ese fue el empujón final que Laura necesitó.

Si yo quería la caja gris, entonces debía tener algún valor oculto que ella no veía. No podía permitir que yo tuviera algo bueno.

"¡No!", gritó de repente. "¡Yo la elijo! ¡Elijo la caja sencilla!"

Con un movimiento rápido, apartó mi mano y agarró la caja gris, apretándola contra su pecho como si fuera el tesoro más grande del mundo.

"¡Laura, qué haces!", gritó mi madre, sorprendida. "¡Esa no es la correcta!"

"¡Cállate!", espetó Laura. "Sé lo que hago. Sofía quería engañarme. ¡Pero yo soy más lista!"

Mi padre parecía confundido, sin saber a quién apoyar.

Dentro de mí, una risa fría comenzó a burbujear. Funcionó. Funcionó a la perfección.

Mientras Laura abría la caja gris con manos temblorosas, mi mente se inundó con los recuerdos de mi vida anterior al abrir esa misma caja.

El sistema de "perdedora" se activó con un sonido bajo y deprimente.

[Sistema de Perdedora activado. Misión principal: sobrevivir. Tasa de éxito: baja.]

A partir de ese día, todo lo que podía salir mal, salía mal.

Suspendí exámenes para los que había estudiado durante semanas.

Tropezaba en la calle y me caía sin motivo.

La comida que cocinaba se quemaba o salía insípida.

Si buscaba trabajo, llegaba tarde a la entrevista por un atasco imprevisto o el entrevistador perdía mi currículum.

Mi vida se convirtió en una comedia de errores, pero sin la comedia. Solo los errores.

Mientras tanto, Laura florecía.

Con el sistema de "genio", se graduó con honores, fundó una empresa con el dinero de mis padres y se convirtió en la niña dorada de la ciudad.

Mi familia me trataba como una carga.

"Sofía, ¿no puedes hacer nada bien?", era la frase que más escuchaba de mi madre.

"Al menos tu hermana nos enorgullece", decía mi padre, suspirando con decepción cada vez que me veía.

Laura era la peor de todos.

Disfrutaba de mis fracasos. A menudo me "ayudaba" dándome consejos que sabía que saldrían mal, solo para poder reírse de mí después.

"Oh, pobrecita Sofía. Parece que la mala suerte te persigue", decía con falsa compasión.

El golpe final fue mi matrimonio. Mi madre me arregló un matrimonio con un hombre de una familia rica, pero oportunista.

"Es tu única oportunidad de tener una vida decente, Sofía. No lo arruines", me advirtió.

Al principio, mi esposo, Ricardo, fue amable. Pero pronto se cansó de mi constante mala suerte. Perdió dinero en inversiones que yo le sugerí sin querer. Tuvo accidentes menores cuando estaba conmigo.

Finalmente, me culpó de todo.

La última vez que lo vi, fue en nuestro pequeño apartamento. Estaba haciendo las maletas.

"Estoy harto de ti y de tu maldición, Sofía", me dijo, sin mirarme. "Laura me ha ofrecido un puesto en su empresa. Un puesto directivo. Ella sí que sabe cómo triunfar en la vida".

Me dejó sin un centavo.

Sobreviví durante unos meses con trabajos precarios, pero el sistema de "perdedora" hacía imposible que mantuviera uno por mucho tiempo.

Mi salud se deterioró.

Mi familia nunca me llamó.

La última visita que recibí fue de Laura. Entró en mi sucio apartamento, vistiendo un traje de diseñador y joyas que costaban más de lo que yo ganaría en cien vidas.

Miró a su alrededor con asco.

"Te lo dije, Sofía. Siempre serías una perdedora", dijo, su voz llena de un triunfo cruel. "Yo, en cambio, lo tengo todo. Ricardo está conmigo ahora. Es mucho más feliz".

Se dio la vuelta para irse.

Esa noche, mi cuerpo finalmente se rindió.

Un sonido metálico me trajo de vuelta al presente.

Laura había abierto la caja gris. Dentro, no había nada más que un simple anillo de hierro.

Una voz mecánica, la misma que me había atormentado, resonó en la habitación, audible solo para aquellos con un sistema.

[Sistema de Perdedora detectado. ¿Desea vincularse?]

Laura, pensando que había descubierto un secreto, se puso el anillo sin dudarlo.

"¡Sí!", exclamó con arrogancia.

El anillo brilló con una luz opaca y luego se apagó.

[Vinculación exitosa. Bienvenida, anfitriona Laura.]

La cara de mi hermana se contrajo en una mueca de confusión.

"¿Eso es todo?", preguntó, decepcionada.

Mi madre se llevó las manos a la cabeza, al borde de un ataque de pánico.

"¡Tonta! ¡Has elegido el sistema equivocado! ¡Has arruinado todo!"

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