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Portada de la novela Destino Cruzados

Destino Cruzados

Sofía busca reconstruir su vida tras el tormento vivido con David, pero su camino se cruza con el de Alejandro, un influyente magnate hotelero. Aunque él tiene un compromiso previo, la pasión estalla mientras enfrentan juntos las amenazas del pasado. Un choque brutal entre su antiguo abusador y su actual protector la obliga a escapar, hasta que un embarazo sorpresa lo cambia todo. La pareja deberá decidir si desafiar las normas por su amor.
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Capítulo 3

Regresé al hotel después de aquel inesperado encuentro con Alejandro, sintiéndome más confundida que nunca. La conversación me había dejado con un vacío, pero sabía que tenía que seguir con mi vida. Me aferré a la idea de que el trabajo me ayudaría a despejar la mente.

Al llegar, una de mis compañeras me detuvo en la entrada.

-Sofía, tienes que preparar la suite imperial para el nuevo presidente. Acaba de llegar -me informó rápidamente.

Asentí sin decir nada, el nudo en mi estómago creciendo. Me dirigí a la suite imperial, tratando de no pensar en lo extraño que se sentía todo. Al llegar, me puse manos a la obra, tratando de concentrarme en mi tarea. La habitación era perfecta, y sabía que todo tenía que estar impecable.

Terminé de hacer la cama y me dirigí al baño para limpiar. Estaba concentrada cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe. El susto fue tan grande que, por reflejo, me tapé los ojos.

-¡Lo siento! -dije rápidamente, el corazón a mil por hora.

Me quedé inmóvil, con las manos aún sobre mis ojos, y lo único que pude ver fue un pecho desnudo frente a mí. Mi mente se nubló de inmediato. **¿Quién entra así?**

-¿Sofía? -dijo una voz que reconocí al instante.

Quité lentamente las manos de mis ojos y, cuando levanté la vista, lo vi. Era Alejandro. Mi corazón se detuvo por un segundo. **¿Qué estaba haciendo él aquí? ¿Y sin camisa?**

Nos quedamos mirándonos, ambos sorprendidos. No podía procesar lo que estaba pasando. Alejandro me miraba como si también estuviera tratando de entender la situación.

-¿Tú eres... el nuevo presidente? -pregunté en voz baja, aún sin creerlo.

-Sí -respondió con una mezcla de sorpresa y una sonrisa incómoda-. Llegué hace poco, pero parece que las noticias no llegaron a tiempo.

No podía hablar, el shock de encontrarme con él de nuevo, en esa situación, me había dejado sin palabras. Bajé la mirada, sintiendo mis mejillas arder.

-Perdón por... esto -murmuró él, señalando su pecho desnudo-. No sabía que se encontraba alguien aqui.

Yo asentí, todavía sin palabras, y giré para salir del baño lo más rápido posible, ev.

Intenté salir del baño lo más rápido posible, pero antes de que pudiera dar un paso más, sentí la mano de Alejandro sujetando suavemente mi brazo.

-Espera, Sofía -dijo en voz baja, casi como una súplica.

Me detuve, aún con la mirada fija en el suelo, sin atreverme a verlo. El calor de su mano en mi piel me hacía temblar, no de miedo, sino de nervios. Todo esto era demasiado, y lo último que necesitaba era un interrogatorio de su parte.

-¿Desde cuándo trabajas aquí? -preguntó, y su tono me obligó a levantar la vista.

Lo miré por un segundo, su expresión era sincera, pero había algo en sus ojos que me incomodaba, como si estuviera tratando de descifrar algo que no comprendía.

-Hace unos años -respondí, evitando detalles. Sabía que, conociéndolo, no iba a dejarlo así.

-No te lo tomes a mal, pero... siempre pensé que habrías podido terminar la universidad. ¿Qué pasó, Sofía? -La pregunta era directa, pero no sonaba como una crítica, sino como una verdadera curiosidad.

Me mordí el labio, tratando de decidir cuánto contarle. No quería parecer débil ni hacerme la víctima, pero tampoco podía ignorar lo que había pasado.

-Las cosas no fueron fáciles desde que te fuiste -empecé, mi voz un poco más firme de lo que esperaba-. Tuve que dejar la universidad para ayudar a mi familia. Mi madre enfermó y, después... bueno, todo se desmoronó.

Alejandro se quedó en silencio, procesando mis palabras. Lo veía fruncir el ceño, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

-Sofía, no lo sabía... -comenzó a decir, pero lo interrumpí.

-Claro que no lo sabías. Nos dejamos de escribir, las cartas se hicieron menos frecuentes, y de repente... todo cambió. Tú te fuiste a vivir tu vida, a perseguir tus sueños. Y yo... -Hice una pausa, sintiendo que la emoción me estaba ganando-. Yo tuve que olvidarme de los míos.

Me arrepentí de haberlo dicho en cuanto las palabras salieron de mi boca, pero no podía detenerme ahora. Alejandro me miraba, completamente en silencio, su mirada fija en mí.

-Sofía, no sabía que estabas pasando por todo eso. Si lo hubiera sabido...

-¿Qué habrías hecho? -lo interrumpí, esta vez con más fuerza. Sabía que no debía ser tan dura, pero estaba harta de fingir que todo estaba bien-. ¿Habrías dejado todo por venir a ayudarme? No, Alejandro. Tú tenías tus propios sueños, y no te culpo por eso. Pero yo... yo tuve que enfrentarme a mi realidad.

Él bajó la mirada, claramente afectado por mis palabras. El aire entre nosotros era tenso, cargado de una verdad que ambos habíamos evitado por mucho tiempo.

-Sofía, no fue mi intención... -empezó, pero de nuevo no lo dejé terminar.

-Lo sé. No tienes que explicarte -dije, suavizando mi tono-. Solo... solo que las cosas no salieron como esperaba. Ni para ti, ni para mí.

Nos quedamos en silencio por unos segundos, y pude sentir la incomodidad entre ambos. Nunca había imaginado tener esta conversación, y mucho menos de esta manera. Él, sin camisa, yo con un trapo de limpieza en la mano.

-Aun así -dijo, rompiendo el silencio-, estoy impresionado. Has hecho mucho más de lo que hubiera imaginado. Has sido fuerte.

Esas palabras me sorprendieron. Me tomó un segundo procesar lo que estaba diciendo, pero no pude evitar sentir una pequeña chispa de orgullo.

-No fue fácil -admití, sintiéndome un poco más abierta-, pero hice lo que tenía que hacer.

Alejandro asintió lentamente, como si entendiera, aunque no lo hiciera del todo.

-Deberíamos hablar más, Sofía -dijo finalmente-. No quiero que las cosas queden así entre nosotros.

No sabía cómo responder. Todo lo que había reprimido durante años estaba saliendo a la superficie, pero no estaba segura de si quería enfrentarme a todo eso justo ahora.

-Quizás -murmuré, sin comprometerme a nada.

Me solté de su agarre y di un paso atrás, sintiendo la distancia física entre nosotros, que no era nada comparada con la emocional.

-Debería terminar mi trabajo -dije, intentando recuperar un poco de control en la situación-. Y tú deberías... ponerte una camisa.

Alejandro soltó una pequeña risa, esa que solía desconcertarme en nuestra juventud, y por un instante, el ambiente incómodo se disipó un poco.

-Tienes razón -respondió, sonriendo-. Volveré a vestirme. Pero no hemos terminado esta conversación, Sofía.

Lo miré por un segundo antes de volver al baño. Él se giró, caminando hacia la habitación, cuando cerré la puerta me sente en el piso.

¿Porque tenia que pasarme esto a mi?

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