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Portada de la novela Destinada a odiarte

Destinada a odiarte

Después de ser traicionada por su ex, Eve comparte una noche con un desconocido, solo para descubrir que el hombre es su nuevo profesor. Aunque ella intenta alejarse, él la acecha con una intensidad implacable. Todo se vuelve más peligroso cuando su padre biológico reaparece para reclamarla como heredera de su organización criminal. Inmersos en una guerra de mafias rivales, su romance prohibido enfrentará una prueba letal entre la lealtad y el deseo.
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Capítulo 2

Maeve

Entramos al Craver y la música pulsaba a través de las paredes, envolviéndonos en una energía vibrante. Las luces neón teñían el ambiente de tonos cálidos y fríos, creando un contraste perfecto para olvidar las preocupaciones.

Al cruzar la entrada, vi a Sarah y Daniela esperándonos cerca de la barra. Ambas me abrazaron fuerte, transmitiendo su apoyo con cada apretón.

-Maeve, lo siento tanto -dijo Sarah, su voz llena de compasión y rabia contenida-. Haremos que esos dos traidores paguen.

Daniela asintió, con la misma determinación reflejada en sus ojos.

-Sophia y Jonas no saben con quién se han metido -dijo Daniela, apretando mi mano-. No te preocupes, estamos aquí para ti.

Clau apareció de repente con una bandeja de tragos, una sonrisa decidida en su rostro.

-Chicas, esta noche es para olvidar -anunció, repartiendo los vasos-. A la mierda los traidores. Vamos a disfrutar.

Tomé uno de los vasos y miré a mis amigas, sintiendo una calidez que contrastaba con el frío que había sentido antes. Levanté el vaso junto a ellas.

-Por olvidar, -dije, y todas brindamos antes de beber.

El alcohol quemó al bajar, pero trajo consigo una sensación de alivio. Pronto nos dirigimos a la pista de baile, dejando que la música se apoderara de nosotras. Los ritmos vibrantes y las luces danzantes nos envolvieron, y nos dejamos llevar por la energía del momento.

Bailamos como si no hubiera un mañana, moviéndonos al compás de la música, liberando todas las tensiones y frustraciones acumuladas. Sarah y Daniela se turnaban para hacerme reír con sus movimientos exagerados, mientras Clau giraba a mi alrededor, animándome a seguir.

La pista se llenaba de gente, pero para nosotras solo existíamos nosotras mismas. Bebimos, reímos y bailamos hasta que perdimos la noción del tiempo. Cada canción nos llevaba a nuevas alturas de euforia, y por un momento, todo lo demás dejó de importar.

-¡Vamos! Será divertidoooo... -insistía Dani mientras yo negaba con la cabeza, sintiendo la habitación girar levemente a nuestro alrededor. La música pulsaba a través de los muros del club, envolviéndonos en su ritmo hipnótico.

-Estamos demasiado peligrosas para ese juego borracho... -dije riéndome de mi error.

Mi mente estaba completamente nublada por el alcohol, una mezcla embriagadora que hacía que todo pareciera más brillante y distante al mismo tiempo.

-Essss fácil, -dijo Sarah llevándose otro vaso de algo a los labios. Habíamos tomado tanto que ya no sabía qué había en esos vasos, cada sorbo era una sorpresa más fuerte y ardiente que el anterior. -Verdad o retooo...

-Pero sin la verdad, -terminó por ella Clau, que no paraba de reír a mi lado. Su risa resonaba como campanillas, contagiando a todas nosotras con su alegría despreocupada.

Sí, estábamos locas, y éramos cuatro locas borrachas sentadas en un apartado del club, alejadas del bullicio pero no lo suficiente como para escapar del vaivén de las luces y la música.

-Está bien, pero prometan que nos vamos las cuatro juntas, -dije levantando mi dedo meñique para sellar la promesa. Mi voz se quebró un poco por la preocupación latente. -Estamos muy borrachas y cualquiera se podría abusar...

-Si estás pensando en esooo, -se rio Dani a mi lado, colocando su dedo con el mío, su aliento mezclado con el aroma a licor. -Es porque no estás lo suficientemente borracha...

A pesar de nuestro estado, todas prometimos irnos juntas, nuestras voces uniéndose en un juramento frágil pero firme.

-¡Yo empiezo! -Gritó Sarah, su entusiasmo brillando en sus ojos. -Clau, elige a la chica que más te gusta y consigue su número...

Clau se rio, su mirada buscando a esa chica en el lugar, sus ojos recorriendo la multitud con una determinación divertida.

-Bien, denme unos minutos... -dijo levantándose lentamente del sofá, su balanceo traicionando la cantidad de alcohol que había consumido. Con la vista fija en una chica de cabello rojo en medio de la pista, se acercó a ella con pasos decididos, intentando sin éxito disimular su borrachera.

Clau llegó a su destino, envolviendo a la chica en un abrazo inesperado. Ella se sobresaltó al principio, sus hombros tensándose, pero se giró rápidamente para ver quién se había acercado con tanta familiaridad. Su expresión cambió de indignación a una sonrisa coqueta cuando sus ojos se encontraron con los de Clau.

Le dijo algo al oído a la chica, sus labios apenas rozando su piel, y la chica sonrió, sus mejillas sonrojándose ligeramente bajo las luces multicolores del club. Tomó el teléfono que Clau le ofrecía y cliqueó en él con una sonrisa traviesa en sus labios.

Con una sonrisa triunfal, Clau volvió a la mesa sosteniendo el teléfono con su mano mientras lo agitaba como un trofeo.

-Pan comido... -dijo, dejándose caer en el asiento a mi lado, su respiración acelerada por la emoción del momento. -Mi turno, Sarah...

-¿Sí? -preguntó Sarah esperanzada, sus ojos brillando con anticipación.

-Coquetea con el cantinero para que nos dé unos tragos gratis, -le dijo, enarcando una ceja a modo de desafío.

-¡Hecho! -gritó Sarah entusiasmada mientras se levantaba de un salto, casi derramando su bebida, y corría hacia la barra, su risa burbujeante mezclándose con la música.

-¡Esa es una fácil! -gritó Dani entre risas, -lleva coqueteando con él hace meses.

-Bueno, quería asegurarme de que recibiéramos los tragos gratis, -rió Clau, su risa un bálsamo para mis nervios.

Todas observamos a Sarah hablarle al cantinero que la recibió con una sonrisa radiante en su rostro, sus movimientos ágiles y seguros mientras preparaba bebidas tras la barra.

No tardó ni cinco minutos en que Sarah volviera con los tragos para todas, sus manos cargadas con vasos que relucían bajo las luces del club.

-Woow, -dije antes de beber el trago de una sola vez, sintiendo el ardor descender por mi garganta, -eso fue rápido...

-Bueno, pero no fueron totalmente gratis... -sonrió Sarah con picardía, sus ojos centelleando con un brillo travieso, -aunque no me puedo quejar de la forma de pago que recibiré en unas horas...

Nuestro rincón estalló en carcajadas, el sonido mezclándose con la música y creando una burbuja de alegría. Se sentía tan bien estar así con mis amigas, una sensación de calidez y pertenencia envolviéndome.

-Mi turno, -dijo Dani, mirando alrededor con ojos calculadores. -Maeve, quiero que vayas con aquel apuesto chico y le robes un beso.

Miré al chico en cuestión, y quedé prendada con lo guapo que era. Parecía ser atlético, sus hombros anchos y su postura relajada, y bastante alto aunque estuviera sentado. Su cabello oscuro y desordenado enmarcaba su rostro anguloso, combinado con una barba cuidadosamente recortada que acentuaba su mandíbula fuerte.

Sonreí antes de pararme en busca de mi víctima, sintiendo un torrente de adrenalina mezclado con el alcohol.

Me acerqué a la mesa donde estaba el chico con otro más hablando, pasé mi mano por su espalda sintiendo la tensión por el acercamiento tan atrevido. Me paré frente a él mirándolo a los ojos.

Primer error.

Sus ojos eran de un color extraño, parecían verdes o tal vez grises, me quedé atrapada en su mirada. Una especie de hipnotismo parecía emanar de ellos, y por un momento olvidé dónde estaba y qué estaba haciendo.

Su amigo se aclaró ruidosamente la garganta devolviéndome a la realidad. Una realidad en la que parecía una completa psicópata acosadora.

-Lo siento... -me disculpé nerviosa, entrelazando mis manos delante de mí y bajando la mirada a su pecho.

Segundo error.

Tenía una camisa oscura, con los primeros botones desprendidos que dejaban ver un poco de su musculatura debajo. Tragué saliva apartando la mirada.

-Dime, ángel, -dijo él con voz dulce y grave, -¿qué necesitas?

Tercer error, aunque este no fue culpa mía, pero cuenta igual.

Su voz me envolvió como una manta cálida en una noche de invierno. Sentí que mis piernas se debilitaban ante ese tono profundo y atractivo.

-Ehm, yo... solo... -balbuceé, buscando desesperadamente una respuesta coherente.

Pero antes de poder decir algo más, mis piernas cedieron y me encontré cayendo hacia adelante.

En un instante, él me sostuvo antes de que pudiera tocar el suelo, y de repente me encontré en su regazo, completamente avergonzada y sin saber qué hacer.

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