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Portada de la novela Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

Después de que me dejó, me convertí en su madrastra

La tarde en que Ricardo regresó, el sol implacable bañaba los impecables jardines de la mansión Vargas, casi tan cegador como el traje de lino blanco que él vestía. Un deportivo, escandaloso y ostentoso como su dueño, derrapó sobre la grava, soltando a una mujer pálida y frágil, aferrada a él como si su vida dependiera de ello: Camila Soto, la influencer desaparecida. Los vi entrar por el ventanal, sin invitación, como si la casa aún les perteneciera, ignorando a una Lupe que intentaba detenerlos. "Vengo a verla a ella," dijo él, su sonrisa torcida, esa misma sonrisa de hace tres años cuando me dejó plantada en el altar, diciendo que buscaba su «espíritu» en un rancho. "Sofía," espetó, su voz cargada de una autoridad inexistente, "veo que sigues aquí, como una buena perra fiel esperando a su amo." Luego, Ricardo se desplomó en el sofá de cuero de Alejandro, su padre, y dijo: "Hemos vuelto para quedarnos." Mi corazón no tembló, solo una fría calma, la calma de quien espera una tormenta anunciada, porque sabía que él no era el rey, y yo ya no era la ingenua que él había abandonado. Él no sabía que, con Alejandro, había encontrado dignidad, un hogar y un amor profundo que sanó las heridas de su traición. Me di la vuelta para ir a la cocina, con sus miradas clavadas en mi espalda, pensando que yo seguía siendo la misma Sofía. Pero justo en ese momento, una pequeña figura se lanzó hacia mí, riendo a carcajadas. "¡Mami, te encontré!" Un niño de dos años, con el cabello oscuro y los ojos brillantes de Alejandro, se abrazó a mi pierna, ajeno a la gélida tensión que se cernió sobre el salón. "Mami," preguntó con su vocecita clara, "¿Quiénes son?"
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Capítulo 3

La palabra "Mami" resonó en el salón como un disparo.

Ricardo se puso de pie de un salto, su rostro transformado por una mezcla de incredulidad y furia.

"¿Mami? ¿Qué demonios significa esto, Sofía?"

Señaló a Mateo, que se acurrucó contra mi pecho, asustado por el grito.

"¿De quién es ese niño? ¡Habla!"

Mecí a Mateo suavemente para calmarlo y miré a Ricardo directamente a los ojos.

"Es mi hijo," dije con sencillez. "Se llama Mateo."

Ricardo soltó una risa amarga, incrédula.

"¿Tu hijo? ¿Así que me estabas engañando? Mientras yo sufría en mi retiro espiritual, ¿tú te revolcabas con otro? ¡Y tuviste un hijo suyo!"

La distorsión de la realidad era tan grande que casi me dio lástima. Él no había sufrido. Había estado viviendo una farsa con Camila, esperando que la fortuna de su familia se recuperara.

Camila, recuperada de su shock inicial, corrió al lado de Ricardo, adoptando de nuevo su papel de mujer agraviada.

"Ricardo, querido, no te alteres," le susurró, aunque su voz estaba cargada de veneno. "No puedo creerlo. Sofía, ¿cómo pudiste? Él te amaba, te iba a convertir en su esposa... y tú le pagas así."

Lupe, la fiel ama de llaves que me había visto llorar durante semanas, dio un paso adelante.

"Señorito Ricardo, por favor, escuche. Las cosas no son como usted piensa. La señora Sofía..."

"¡Tú cállate!" la interrumpió Ricardo con brutalidad. "Eres una simple sirvienta. Nadie te pidió tu opinión. Vete a la cocina."

Lupe retrocedió, con los ojos llenos de impotencia y rabia.

La situación era un desastre. Ricardo, cegado por su ego, se negaba a ver la verdad más evidente. Para él, yo seguía siendo su prometida abandonada, una propiedad que había dejado en espera y que ahora encontraba "contaminada". No podía concebir que mi vida hubiera seguido adelante, y mucho menos que yo hubiera encontrado la felicidad sin él.

La verdad era que mi matrimonio con Alejandro Vargas no fue un acto de despecho. Fue una decisión madurada. Después de que Ricardo me destrozara, Alejandro me recogió. Me trató con un respeto que su hijo nunca conoció. Me ofreció seguridad, cariño y, con el tiempo, un amor profundo y tranquilo. Nos casamos un año después de la no-boda, y Mateo nació de ese amor. Era un Vargas, sí, pero no como Ricardo creía.

Ricardo caminó hacia mí, su mirada oscura fija en Mateo. Mi instinto protector se disparó. Apreté a mi hijo contra mí.

"Este bastardo no puede quedarse en esta casa," siseó Ricardo, su voz baja y peligrosa. "Esta es la casa de los Vargas. No hay lugar para la sangre sucia de un amante tuyo."

Dio un paso para intentar arrebatarme a Mateo de los brazos.

Me moví más rápido. Me interpuse completamente entre él y mi hijo, protegiendo a Mateo con mi cuerpo.

"No te atrevas," le advertí, y mi voz, antes calmada, ahora era dura como el acero. "No te atrevas a ponerle una mano encima, Ricardo."

Él se detuvo, sorprendido por mi tono. Por primera vez, vio en mis ojos algo que no era la adoración ciega de antes. Vio a una madre dispuesta a todo por su hijo.

"¿O qué?", se burló, recuperando su arrogancia. "¿Qué vas a hacer tú, Sofía? ¿Llamar a la policía? No olvides en qué casa estás. Aquí, la única ley que importa es la mía."

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