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Portada de la novela Despertar Después de La Muerte De Nieve

Despertar Después de La Muerte De Nieve

En su octavo aniversario matrimonial, Sofía decide romper con el tormento que vive junto a Ricardo, quien sigue obsesionado con su difunta hermana. Tras sufrir la humillación de su hijastro Mateo y descubrir que este mató a su gato Nieve, ella rechaza una vida de lujos vacíos y presiones familiares. Pese a las súplicas de su madre y un violento ataque de Mateo, Sofía escapa a caballo hacia el desierto, decidida a recuperar su identidad lejos del maltrato.
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Capítulo 2

La fiesta de mi cumpleaños número veintiocho se celebraba en la enorme piscina de la mansión de Ricardo. Él había invitado a toda la élite de la ciudad, no para celebrarme a mí, sino para mostrar su poder y conexiones. Yo, Sofía, era solo otro de sus adornos, una esposa por contrato cuyo único propósito era llenar el vacío que mi hermana, su difunta esposa, había dejado.

Durante ocho años, viví a la sombra de un fantasma. Ocho años siendo la madrastra de un niño que me odiaba.

Llevaba un vestido de seda blanca que yo misma había diseñado, una pieza simple pero elegante que contrastaba con el lujo ostentoso de los invitados. Mientras sostenía una copa de champán, sintiendo las miradas curiosas y compasivas sobre mí, vi a Mateo, mi hijastro de diez años, acercándose con una expresión extrañamente seria.

Justo cuando pasaba por el borde de la piscina, Mateo me empujó con todas sus fuerzas.

Perdí el equilibrio y caí al agua helada con un chapoteo que silenció la música y las conversaciones. El champán se derramó, la copa se hundió en el fondo azul. El agua fría me empapó hasta los huesos, pegando el vestido a mi piel, pero no sentí el frío. Solo sentí el peso de ocho años de humillación cayendo sobre mí.

Emergí a la superficie, con el cabello pegado a la cara, y vi a Mateo de pie en el borde, con el rostro rojo de ira.

"¡Nunca te aceptaré!" gritó, su voz infantil llena de un odio que no le correspondía. "¡Tú le quitaste el lugar a mi mamá! ¡Te odio!"

Sus palabras resonaron en el silencio. Todos me miraban, algunos con lástima, otros con una mal disimulada satisfacción. Ricardo no se movió. Se quedó de pie junto a la mesa principal, con el ceño fruncido, no por preocupación, sino por la vergüenza pública.

Me quedé flotando en el agua, mirando el cielo oscuro. El reflejo de las luces de la fiesta bailaba en la superficie, distorsionado, como mi vida. Y en ese momento, una extraña calma me invadió. Ya no había lucha. Ya no había esperanza. Solo un cansancio profundo y una decisión clara como el agua que me rodeaba. Se acabó.

Salí de la piscina sin ayuda, goteando sobre las baldosas de mármol. Ignoré las miradas y caminé directamente hacia mi habitación, dejando un rastro de agua y silencio a mi paso.

Al entrar, vi uno de mis bocetos para una nueva colección de moda sobre la mesa. Era un diseño que me había tomado semanas perfeccionar. Mientras me quitaba el vestido mojado, Mateo entró corriendo a la habitación, con los ojos todavía llenos de lágrimas de rabia.

"¡Todo es tu culpa!"

Agarró el boceto de la mesa. El sonido del papel rasgándose fue agudo y definitivo. Lo rompió en pedazos y los tiró al suelo.

"¡Tú lo rompiste!" gritó, con la cara contorsionada en una mueca de acusación. "¡Le diré a papá que destruiste tus propios dibujos para llamar la atención!"

Lo miré. Vi la mentira en sus ojos, una astucia que había aprendido de su padre. En el pasado, habría tratado de explicar, de razonar, de buscar su comprensión. Pero ya no.

Simplemente me di la vuelta y entré al baño, sin decir una palabra. No lo perseguí. No valía la pena. Mi corazón, que durante años se había esforzado por sentir algo, ahora estaba quieto y vacío.

Cuando salí del baño, vestida con ropa seca y sencilla, Mateo ya no estaba. La habitación estaba en silencio, salvo por el eco de la música lejana de la fiesta. Mi mirada se posó en un rincón de la habitación, y el aire se me escapó de los pulmones.

Mi gato blanco, Nieve, el único ser en esta casa que me había mostrado afecto incondicional, estaba colgado de la lámpara de pie con una de mis bufandas de seda. Sus patitas no se movían. Debajo de él, una pequeña mancha de sangre oscura se había formado en la alfombra persa.

La puerta se abrió un poco y escuché la risita contenida de Mateo desde el pasillo, una risa de triunfo y crueldad.

Me quedé paralizada, mirando la escena. No grité. No lloré. Me acerqué lentamente y toqué el pelaje de Nieve, todavía tibio. Recordé cuando lo encontré, un gatito abandonado en la calle. Recordé las noches en que se acurrucaba a mi lado, su ronroneo era el único consuelo en la fría y vasta mansión. Le había dado todo el amor que tenía, el amor que Ricardo nunca aceptó y que Mateo siempre rechazó. Y ahora, estaba muerto.

La sangre en la alfombra parecía extenderse, manchando no solo el suelo, sino cada uno de los dos mil novecientos veinte días que había pasado en esta casa. Ocho años. Había sido una buena esposa, una madre paciente, una nuera obediente. Había renunciado a mis sueños, a mi carrera, a mi propia identidad.

Todo por nada.

Con una lentitud deliberada, descolgué el cuerpo de Nieve y lo acuné en mis brazos. Lo abracé contra mi pecho, manchando mi ropa limpia con su sangre. La calidez de su cuerpo se desvanecía rápidamente. Y con ella, la última pizca de esperanza que me quedaba.

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