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Portada de la novela Desnuda ante la mirada del duque

Desnuda ante la mirada del duque

A sus veintidós años, una joven viaja al extranjero para recuperar a su hijo y reconstruir su amor propio. Su destino cambia al cuidar a una anciana y enamorarse de Lars, el duque de Baden. Pese a que él intenta ofrecerle un futuro perfecto, la vulnerabilidad de ella queda expuesta bajo su intensa mirada. Entre las obligaciones del título noble y las secuelas de un pasado doloroso, ella deberá elegir entre resistir o aceptar el amor que merece.
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Capítulo 3

MARTINA

Bajo la atenta mirada de él, tomé fuerzas que ya no tenía y me presenté como era debido, sin dejar de morder el interior de mi mejilla con lascivia cada vez que guardaba silencio.

—Siento ser indiscreto, pero es necesario hacerle esta pregunta, señorita Navarro.

Mis ojos se encontraron con los suyos—. ¿Qué es lo que la trajo a cambiar de país para trabajar en un empleo como este?

Con esa voz me ponía cardiaca. Y joder, no quería sentirme así. Me lo prometí a mí misma.

—Un cambio de aires. Eso es todo. Señor Hoffmann.

Este no parecía muy convencido y no sé si lo hacía a propósito o realmente era así su manera de mirar a todo el mundo. Pero me detalló a tal punto que me sentí desnuda ante su mirada y creo que, no se creyó ninguna de mis palabras.

—Su pequeña nota me sorprendió bastante, de hecho, estaba casi suplicando que le diera este trabajo.

—Discúlpeme si insistí tanto en lo que escribí— bajé la mirada.

—Una cosa. Si vas a estar trabajando para mí y en mi casa, debes saber que no me gustan las mujeres que bajan la mirada.

Me dio un revoltijo en el estómago al oírlo—. Por favor, mírame.

Con miedo subí lentamente mis ojos hacia los de él y lo miré.

—Tienes unos ojos muy idílicos, no los ocultes en el suelo.

Me sonrojé por la forma en la que me lo dijo. Solo me dieron ganas de llorar. Su forma de hablar no era un coqueteo de un hombre hacia una mujer. Él me dio la sensación de que era mucho más que eso. Más hombre— sacudo la cabeza y retiré esa idea de mi cabeza. No había hombres diferentes.

—Señor, estoy aquí para trabajar y cumplir con mi función. Y realmente me hace falta el dinero, por eso insistí y dejé esa nota adjunta a mi currículum.

Intenté ser más convincente y no sabía si esta vez lo había conseguido. Todo por mi hijo.

—Bien. Este es su contrato— me extendió el documento y apenas lo leí. Firmé y este arqueó la ceja al ver que no me tomé ni un minuto en leerlo.

Con ese simple gesto podría alcanzar el orgasmo.

—Le aconsejo una cosa, señorita Navarro. La próxima vez, lea lo que vaya a firmar. Retiró esa carpeta que había dejado sobre su suntuoso escritorio y lo guardó—. Bienvenida. Mi abuela está ansiosa de conocerla. Se alzó de su asiento de cuero y se puso su elegante abrigo. Sentí como esa ráfaga de aire que dejó en su movimiento bloqueó mi garganta.

—Gracias, señor.

Había un millón de millas de diferencia entre él y yo. Una de ellas era su estatus social, estamos hablando de un duque. Segundo, su físico merecía estar expuesto en una galería de arte, y yo no tenía ni un cuerpo bonito, ni un semblante que fuese el protagonista de cualquier espacio como lo era el de él. No soy la típica mujer pequeña con unas piernas largas y una cintura diminuta. Mi vientre cambió después de cargar nueve meses a mi bebé y esa es la mejor huella que puede recordarme mi cuerpo. Y, por último, la seguridad que desprendía este ser humano era extremadamente importante, y mi seguridad no llegaba ni al diez por ciento de lo que él tenía.

—Mi abuela se vino a vivir conmigo el día que mi padre falleció. No se quiso quedar con mi madre y en parte lo entiendo. Porque se volvió a casar y jamás lo aceptó.

Presté atención a lo que me estaba diciendo sin dejar de pellizcarme la piel del dorso de mi mano. Estaba nerviosa, y tenerlo sentado a mi lado la verdad que no me ayudaba a calmarme.

El chofer conducía en silencio y su voz era la melodía que cualquier mujer quería escuchar—. Hubo una mujer que la estuvo cuidando y al parecer no le cayó bien a mi querida abuela. Espero que contigo sea diferente, aunque déjame decirte que pareces opuesta a lo que ella está acostumbrada a ver. Más joven, española...

Lo detengo.

—Media española. De hecho, mi padre era americano.

Crucé mis ojos con los de él y este asintió—. Le gustarás— concluyó omitiendo lo que le había dicho.

—Eso espero— mi voz apenas se oía y tragué duro.

—A su edad, aún se basta por si sola. Es decir, que únicamente le harás compañía e irás con ella a las revisiones con el médico.

—Vale, ¿hay algo que deba saber y que sea importante?

Este frunció el ceño y pensó—. Es alérgica a cualquiera tipo de marisco. Ten cuidado con eso.

—Entendido.

Estaba ansiosa de conocer a la señora más afortunada del mundo. Tener un nieto como lo era el señor Hoffmann era como haberle tocado la mayor lotería de la historia.

Cuando el coche se detuvo, mis ojos detallaron el lugar donde se suponía que iba a vivir, una enorme casa con diseño moderno y un espectacular jardín con un pequeño lago que se veía a distancia—. Es aquí— su voz atrajo mi atención como un imán.

Salió primero del coche al abrirse la puerta ante él, visualicé sus movimientos y sus piernas largas y bien atléticas bajo ese pantalón a juego con su americana y complementándose a la perfección con su abrigo, causó un cosquilleo latente.

Parecía haber salido de una revista de moda.

—Señorita, Navarro— me abrió la puerta de mi lado.

Se supone que él no debería de hacer eso con una empleada, ni mucho menos conmigo.

¿Es que acaso todos los duques son así? Usan esta estrategia para convencer la soberanía de que son merecedores de su título.

—Gracias.

—Debería comprarse un abrigo más apto para este clima. Se enfermará— miró a la tela fina que cubría mis hombros y asentí. Sinceramente, me olvidé del frío al estar a su lado.

La anciana estaba sentada en el lujoso salón, con la chica del servicio, o al menos eso me pareció a mí. El señor Hoffmann me presentó y me puse de cuclillas y la saludé amablemente. Era una señora bastante elegante y muy hermosa. Ahora entendía de dónde venía la belleza de semejante hombre que tenía a mis espaldas.

—Hola, señora. Soy Martina.

La mujer puso su mano suave como el terciopelo sobre el dorso de la mía que dejé caer segundos antes al inclinarme hacia ella. La señora Zelinda me mostró una sonrisa y miró a su nieto.

—¡Es ella!

—¿Ella quien, abuela?

—Ella. Es ella, Lars.

Y entonces me giré hacia el duque que le sonrió a su abuela con esa hechizante sonrisa que acabo de conocer.

No sabía de qué hablaban, pero fuera de lo que fuese, no era asunto mío. ¿O sí?

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