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Portada de la novela Deseo En XL, Luchando por ser feliz

Deseo En XL, Luchando por ser feliz

Una joven brillante, marcada por el rechazo social debido a su apariencia, vive refugiada en el calor de su hogar. Aunque su intelecto destaca, la soledad y la tragedia definen su realidad cotidiana. Todo cambia cuando conoce a un hombre capaz de ver su belleza, brindándole una felicidad desconocida. No obstante, el sueño se rompe pronto, sumergiéndola en un dolor profundo que la lleva a dudar si el amor y la plenitud son metas posibles para alguien como ella.
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Capítulo 2

El entierro no fue tan tranquilo como se esperaba, ya que la Familia de su padre no la dejaban en paz, a veces quería que se la tragara la tierra, aunque el amor de su padre la mantenía flote. Odiaban de que ella fuera adoptada, y que la amaran como a una hija verdadera.

—No me interesa escucharte. Respeta estamos enterrando a mi madre, tus palabras no me ofenden, yo sé quién soy.

—Mi tía nunca fue tu madre, como te atreves a decir que eres hija de ellos. —Ella la ve con lágrimas en sus ojos.

—Hermana, deja de hablar con esa piojosa, no sea y te contamine. —se acerca Tory, quien es un año mayor que Sara.

—Tienes razón, se me pueden pasar los piojos y los kilos de más.

Las hermanas se alejan, sonriendo malévolamente, rumbo donde están sus padres, ellos están alegando con Oliver, apenas han enterrado a Samanta. Sara no se quita de la tumba de su madre, llora por la impotencia que siente en ese momento, no sabe qué hará ahora en adelante. Oliver la ve a lo lejos, no sabe cómo consolarla.

En una familia donde eres una amenaza económica, el desprecio y la humillación están en todo momento. Oliver está preocupado por su hija que acaba de perder a su madre.

—¿Te preocupa esa arrimada? ¡Es el colmo contigo, hermano!

—No te expreses de esa manera Vanesa, a ella le ha dolido la partida de su madre.

—Sabes que no es nada de nosotros, no sé por qué te empeñas en seguir teniendo a esa gorda. Mejor concéntrate en tu trabajo.

—No te permito que te expreses de esa manera, ella es mi hija, Samanta y yo la adoptamos legalmente desde que nació.

—Por favor hermano, sabes que esa chica solamente te estorbara, tú tienes mucho trabajo, debes enfocarte en hacer crecer la herrería. Nuestros gastos han aumentado y queremos que nos subas la tarifa de lo que nos das.

—Ese es mi problema, por favor ya párale con ese odio que le estás enseñando a tus hijas. La tarifa seguirá igual, yo también tengo gastos. Además, es lo justo lo que les doy.

—Mis hijas simplemente expresan lo que sienten, les doy la razón por la cual esa, no es parte de nuestra familia, saben que eso que tienes por hija no lleva nuestra sangre.

—Ya basta, no quiero volver a escucharte, decir eso, si no ve olvidándote de tu dinero, deberías poner a trabajar a ese marido tuyo.

—¡Sabes que está incapacitado! No cambies la conversación.

—Eso ya lleva años con la misma excusa.

—Eso no importa, tú sigue haciendo crecer nuestra herencia y no pasa nada.

Mientras pasaban los meses, Sara sufrió las continuas burlas tanto en la escuela y en las reuniones familiares, el desprecio que sus primas le daban continuamente y eso también continuo en la secundaria. Todos los días llegaba con su ropa oliendo a huevo podrido, o su cabello con bolas de chicle, la señora que su padre contrato para que la cuidara de adolescente y que ella no estuviera sola en casa.

La señora se compadecía de ella teniéndole lástima, un día tuvo que cortarle el cabello a modo de quitarle el chicle, mientras que Oliver no hacía nada de todo lo que hacían a su hija, no quería entrar en disputa con sus hermanas. Cada día se acercaba más a su hija, quería que fuera feliz, pero no encontraba la manera, por eso le oculto que desde hace un año estaba padeciendo del corazón, y las emociones fuertes lo podrían matar, los medicamentos le ayudan a mantenerse estable.

Sara cumplió los diecisiete años, y la señora, que con el paso de los años se encariñó de ella, le mantenía su cabello corto, estilo varón, para evitar que hicieran maldades en la secundaria. Sara había dejado un año sin estudiar para evitar ir con las primas en el mismo salón de clases y lo logro, aunque los insultos seguían. Era momento de ir a la universidad, las tías siempre convencían a Oliver de que la matriculara donde estudiaban las primas para que la siguieran acosando y de esa manera se largara de sus vidas, y a las primas les encantaba hacerle la vida difícil.

Ahora ella tiene diecisiete años, y aún no sabe qué hacer, ya que la matricularon en la universidad donde van sus maltratadoras primas, rogó a su padre para estudiar desde casa. Le prometió que si aceptaba ella misma mantendría limpia la casa, Sara busco la manera de convencer a su padre, ella día con día se esforzaba con tener la casa limpia y organizadas las cosas personales de su padre, a quien ama con toda su alma.

—Hija, deja de hacer esas cosas, ¿por qué no quieres que contrate personal? Tú eres la dueña de todo lo que tengo, mírate pareces la sirvienta.

—Padre, bien sabes que no soy muy sociable y la verdad que aquí me siento más cómoda. Además, te ahorro mucho dinero, no te has de quejar. —lo dice en son de broma.

—¡Sabes qué hija! Compre una propiedad en un pueblo muy bonito y tranquilo, ¿te gustaría mudarte? —eso lo hizo pensando en ella.

—¡¡Hablas en serio, papá!! Me haces muy feliz. Es la mejor noticia que me has dado. —ella brincaba de la felicidad.

—Sabía que te gustaría, allá nadie te hará menos, tú podrás ser lo que tú quieras, con personas que no te conocen y que verán tu verdadera personalidad.

Sara abrazó a su padre, no lo podía creer, se iba a alejar de todos los que la desprecian, allá empezara una vida nueva conociendo personas nuevas, se imaginó tantas cosas bonitas. Ya está a punto de cumplir sus dieciocho años, su cumpleaños está muy cerca. Ahora tiene la oportunidad de experimentar, tener amigas de su edad, y de estudiar como una chica normal sin ser odiada.

Ya todo está listo, su padre recibió las escrituras que están a nombre de ella, ahora por fin se mudaran a un pueblo donde ella es una extraña y nadie la conoce, nadie la juzgara. La mañana llegó y desde muy temprano Sara está de pie, con las maletas listas, su padre vendió la casa para poder pagar algunas cosas que necesitaran en su nuevo hogar, compro con ese dinero los muebles, y otras cosas más, ya que es más pequeña que la actual. No toco el dinero del préstamo para invertirlo todo y para eso, dejo a cargo a uno de sus cuñados, para que agilizara las compras.

—Entonces te vas al campo, cuñado.

—Sí, eso nos hará bien, quiero que compres todo lo necesario del negocio, no quiero que nos atrasemos, tú manejaras el dinero en mi ausencia, en cuanto me ubique, vendré a terminar de arreglar todo.

—Confía en mí, ya verás que este negocio se irá arriba, ya tengo unas ideas en mente que nos hará catapultar en los negocios.

—Bueno, pero no hagas nada sin consultarme primero.

—Desde luego, confía en mí, cuñado.

En su camioneta solo monto las maletas, nada más llevaron la ropa porque la casa estaba ya amueblada, y no hay necesidad de llevar cosas viejas, este es un nuevo comienzo para su hija, él le quería dar esa paz interior y fue lo único que se le ocurrió. Se despidió de su cuñado encargándole la empresa y dándole la tarjeta del dinero del préstamo, su cuñado sonrió satisfecho al recibir la tarjeta.

Sara se siente libre y feliz al llegar a su nueva casa, de inmediato empezó a arreglar toda la casa, personalizándola a su manera, todo es felicidad, siente que está volviendo a vivir como nunca, bailaba y cantaba mientras colocaba los objetos en el lugar que le gustaba. Su padre le dijo que decorara a su gusto.

—Veo que alguien está muy feliz. —su padre la sorprendió cantando y bailando.

—Sí, papi muy feliz, me gusta nuestra nueva casa, muchas gracias, ya estoy arreglando todo, estoy tan emocionada. —ella corre a abrazarlo, él la recibe con amor.

—Hay mi pequeña, no sabes lo feliz que me haces por verte sonreír. —Sara, le dio un beso en la mejilla.

—Eres el mejor padre del mundo, nunca me iré de tu lado papi, tú y yo envejeceremos juntos. —Oliver rompe a carcajadas, de las locuras que dice.

—No digas eso mi amor, algún día te casaras, encontraras un hombre bueno que cuidara de ti. Y si tengo suerte podré ver a mis nietos.

—Claro que hablo con la verdad, papi, jamás me iré de tu lado. Casarme no está en mi vocabulario.

Oliver suspiró, su hija está lejos de saber de sus problemas del corazón, pero vivirá lo suficiente para dejarla bien económicamente, y no tenga ninguna necesidad de nada, es su única hija, su tesoro, aunque no es su hija biológica, a ella la ama por sobre todas las cosas, aunque su familia le reproche y dude de la legalidad de ella.

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