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Portada de la novela De prisionera a fénix: el arrepentimiento de él

De prisionera a fénix: el arrepentimiento de él

Tras perder la memoria en un accidente, ella pasó tres años en la miseria junto a Gavin, creyéndolo un humilde luchador. La farsa termina al verlo en televisión como un millonario CEO a punto de casarse. Al recuperar sus recuerdos, descubre que él le robó su identidad y fortuna para poner a prueba su lealtad. Destrozada por la traición, ella finge su propia muerte, decidida a resurgir para ejecutar una fría venganza y destruir el imperio del hombre que amó.
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Capítulo 1

Durante tres años creí que estaba felizmente casada con Gavin, un luchador de MMA que apenas lograba salir adelante. Yo trabajaba en dos empleos para poder pagar las cuentas, cuidaba de sus heridas y pensaba que nuestro amor era lo único que lo sostenía. Sobre todo porque, tras un accidente de auto, perdí la memoria y él se había convertido en mi mundo entero.

Una tarde, mientras fregaba el suelo de nuestra diminuta cocina, las noticias locales mostraron un titular: "El gigante tecnológico Gavin Hawkins, CEO de Hawkins Industries, anunció hoy su compromiso con la vicepresidenta Heidi Daniel". El hombre en pantalla, de pie frente a un rascacielos y abrazando a una mujer deslumbrante, era mi esposo.

Llevaba un traje impecable, tan distinto al luchador magullado que yo conocía. En su pecho reposaba la pequeña figura de pájaro que yo había tallado con esmero para nuestro aniversario, mientras la besaba de una manera intensa y posesiva. El estómago se me revolvió, la cabeza comenzó a latir con fuerza y el filete que preparaba empezó a humear, llenando el apartamento con un olor amargo y quemado.

Salí tambaleándome, detuve un taxi y pedí que me llevara a Hawkins Industries. Estaba desesperada por respuestas. Allí lo encontré, riendo con Heidi, como si yo no existiera. Ignoró mi llamada y me envió un mensaje: "En una reunión, cariño. No puedo hablar. Llegaré tarde a casa esta noche. No me esperes. Te amo".

Sus palabras se mezclaron con mis lágrimas. Un sollozo se me escapó, crudo y desgarrador. Un dolor punzante atravesó mi cabeza, y entonces los recuerdos regresaron. El accidente no había sido tal: Heidi conducía aquel auto, y Gavin, protegido de mi padre, había orquestado toda esta farsa, una cruel prueba de mi lealtad.

Me lo había arrebatado todo: mi identidad, mi fortuna, mi familia. Me había hundido en la pobreza solo para comprobar si lo amaría incondicionalmente. No era un esposo, era un monstruo… y yo, su prisionera. Pero la rabia helada que me recorrió encendió una decisión: destruiría su mundo, empezando por fingir mi propia muerte.

Capítulo 1

Durante tres años creí que éramos felices.

Vivíamos en un apartamento de una sola habitación, en la peor parte de la ciudad. La pintura se descascaraba de las paredes y las tuberías retumbaban cada noche.

Yo trabajaba de día como camarera y de noche limpiando oficinas, solo para poder pagar el alquiler.

Él, según me decía, era un luchador de MMA que apenas lograba mantenerse a flote. Llegaba a casa agotado, lleno de moretones, y yo curaba con cuidado cada herida, con el corazón encogido.

Me repetía que era el esposo más devoto del mundo, que mi sonrisa era lo único que lo mantenía en pie.

No recordaba nada antes del accidente de auto que me borró la memoria. Él me encontró, me cuidó y aseguró que estábamos casados. Nunca tuve motivos para dudar: se había convertido en mi vida entera.

Aquella noche estaba de rodillas, fregando el suelo de la cocina. Había juntado propinas durante semanas para comprarle un filete, porque decía que se acercaba una pelea importante.

El televisor de segunda mano murmuraba las noticias en el fondo cuando la presentadora anunció con entusiasmo: "El gigante tecnológico Gavin Hawkins, CEO de Hawkins Industries, anunció hoy su compromiso con la vicepresidenta Heidi Daniel".

Levanté la vista, molesta por la interrupción.

Y me quedé helada.

En la pantalla estaba mi esposo.

Vestía un traje a medida que costaba más que todo nuestro apartamento y tenía el brazo alrededor de una mujer impresionante con un elegante vestido de negocios. Ambos sonreían para las cámaras.

"No", susurré. No podía ser.

Era un error. Tenía que tratarse de alguien que se le parecía.

Pero la cámara hizo un zoom: la línea marcada de su mandíbula, la cicatriz sobre la ceja izquierda de la que me había hablado, la forma en que sus ojos se arrugaban al sonreír.

Era él.

Mi Gavin.

Y entonces se inclinó y besó a la mujer, Heidi Daniel. No fue un gesto rápido ni educado: fue profundo, posesivo.

El estómago se me encogió, la cabeza comenzó a latir con fuerza.

Entonces lo vi.

Colgando de su cuello, en una cadena de plata, estaba la figura de pájaro tallada en madera que yo misma le había hecho.

No pude evitar contener el aliento. Había gastado un mes entero de propinas en esa pieza, la había tallado con paciencia y se la regalé en nuestro aniversario. Recordaba que él lloró y juró que nunca se la quitaría.

Y ahora estaba allí, en un traje de miles de dólares, mientras besaba a otra mujer en televisión nacional.

El mareo me invadió, tuve que apoyarme en la encimera para no caer.

El filete comenzó a arder, impregnando la cocina con un olor amargo y quemado.

Me puse el abrigo y salí tambaleándome. Necesitaba verlo, y llegar al fondo de esto.

Llamé a un taxi, con las manos tan temblorosas que apenas pude sacar el dinero del bolsillo.

"Hawkins Industries", le pedí al conductor con la voz quebrada.

Él me miró por el retrovisor, fijándose en mi ropa gastada. "¿Está segura, señora?".

"Solo conduzca".

El edificio brillaba como un monumento de vidrio y acero, a años luz de mi barrio deteriorado. Los guardias vigilaban la entrada, impasibles.

"Necesito ver a Gavin Hawkins", le dije al de la recepción.

Me recorrió con la mirada, con una sonrisa burlona. "¿Tiene cita?".

"No, pero soy su… lo conozco".

"El señor Hawkins es un hombre muy ocupado. Me temo que no tiene tiempo para...". Hizo una pausa, dejando claro que hablaba de gente como yo.

Entonces escuché una voz: "Gavin, cariño, la prensa te está esperando".

Era ella. Heidi Daniel, aún más hermosa en persona. Caminaba hacia los ascensores con el brazo enlazado al de él.

Mi Gavin.

Reía, con la cabeza inclinada hacia atrás. No me vio.

Se detuvieron frente a los ascensores. Él le susurró algo al oído y ella rio, golpeándole juguetonamente el pecho.

El mundo me dio vueltas. La traición era fría y cortante, se me metía hasta los huesos.

¿Los últimos tres años habían sido una mentira?

Sentí que me faltaban fuerzas, que las piernas iban a ceder. El estómago se me revolvió.

Saqué mi viejo teléfono, con la pantalla agrietada. Marqué su número con los dedos temblorosos.

Vi cómo su móvil vibraba en su bolsillo. Sacó el aparato, y la sonrisa se le borró en cuanto vio mi nombre en la pantalla. Miró alrededor del vestíbulo, como si buscara algo… o a alguien.

Por un instante pensé que me vería. Que nuestras miradas se cruzarían.

Pero no ocurrió. Silenció la llamada y volvió a deslizar el teléfono en su bolsillo.

Un mensaje apareció segundos después.

"En una reunión, cariño. No puedo hablar. Llegaré tarde esta noche. No me esperes. Te amo".

Las palabras se borraron entre mis lágrimas. Un sollozo escapó de mi garganta, crudo y desgarrador, rompiendo el silencio del vestíbulo.

Estaba mintiendo. Lo tenía frente a mí, mintiéndome en la cara.

Toda nuestra vida era una mentira.

Los sacrificios que hice. Las horas extras que trabajé para que pudiera pagar sus "suplementos de entrenamiento". Las noches en vela, preocupada, cuando estaba "en una pelea".

Todo era una broma cruel.

Un dolor agudo atravesó mi cabeza, tan intenso que me hizo gritar.

Y entonces, los recuerdos llegaron de golpe.

No solo de los últimos tres años, sino de todo lo anterior.

El accidente de auto nunca fue un accidente.

Recordaba el impacto del camión contra mi puerta. Recordaba a Heidi Daniel al volante, con esa sonrisa fría y victoriosa dibujada en los labios.

También recordaba a mi padre. Un científico brillante. Gavin había sido su protegido, el alumno más prometedor. Después de que él murió en un accidente de laboratorio, Gavin me acogió. Prometió cuidarme.

Al principio era como un hermano mayor. Amable, protector. Me abrazaba cuando lloraba, se aseguraba de que comiera. Se hizo cargo de la empresa de mi padre, Hawkins Industries, y la convirtió en un imperio.

Me colmaba de atenciones. Todo lo que quería, lo conseguía. Decía que yo era la única familia que le quedaba.

Con el tiempo, la relación cambió. Un roce demasiado largo, una mirada que duraba más de lo normal. Una noche confesó que me había amado durante años. Yo era joven, estaba de duelo, y él era mi roca. Terminé enamorándome también. Todo parecía un cuento de hadas.

Hasta que apareció Heidi Daniel. La nueva vicepresidenta. Ambiciosa, hermosa, despiadada. A él le intrigaba. Comenzó a pasar más tiempo en la oficina, más tiempo con ella.

Yo estaba celosa. Peleamos. Le dije que tenía que elegir.

Lo último que recordaba era gritarle, tomar mis llaves y salir de la mansión. Iba a dejarlo.

Luego vino el choque. Después, la oscuridad.

Desperté en un hospital en ruinas, con él a mi lado, asegurándome que era su esposa, Ainsley Lara, y que, aunque éramos pobres, nos teníamos el uno al otro.

Había inventado toda una vida. Una mentira. Una... prueba.

No solo me hizo creer una ficción, la construyó con precisión. La orquestó.

Me arrancó de mi identidad, de mi mundo, y me arrojó a la pobreza para comprobar si lo seguiría amando sin condiciones. Un juego retorcido y cruel para medir mi lealtad.

El dolor en mi cabeza era insoportable, como si mi cráneo se partiera en dos.

Un guardia de seguridad notó mi estado. "¿Señora, está bien?".

Yo no podía responder. Solo miraba al hombre que había destrozado mi vida, mientras subía al ascensor con su nueva prometida: la mujer que había intentado matarme.

Antes de que las puertas se cerraran, sus ojos finalmente se encontraron con los míos a través del vestíbulo.

No había reconocimiento. Ni culpa. Solo una chispa de fastidio, como si mirara un trozo de basura abandonado en el suelo.

Mi corazón no solo se quebró. Se hizo polvo.

El dolor en mi estómago se intensificó, un calambre intenso hizo que me doblara sobre mí misma.

"¡Señora!", gritó el guardia.

Pero ya no lo escuchaba. El único sonido era el rugido en mis oídos mientras mi mundo se derrumbaba.

Miré mis manos, marcadas por callos de fregar pisos y lavar platos. Pensé en el hombre al que entregué todo.

No era un luchador en apuros. Era un monstruo.

Y yo no era solo su víctima.

Era su prisionera.

Una determinación helada se apoderó de mí, reemplazando el dolor.

No se saldría con la suya.

Destruiría su mundo.

Y comenzaría simulando mi propia muerte.

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