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Portada de la novela De Nena Sumisa a Elena Libre

De Nena Sumisa a Elena Libre

Elena Torres ha sacrificado décadas de su vida siendo el sostén de una familia que solo la explota. El punto de quiebre ocurre en Nochebuena, cuando Doña Carmen reparte los bienes entre sus hermanos y a ella solo le asigna la obligación de cuidarla. Ante tal desprecio, Elena desata su rabia contenida, destroza la celebración y rompe definitivamente con sus parientes. Decidida a no ser más una hija sumisa, inicia un camino para recuperar su libertad y dignidad.
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Capítulo 2

El aire en la casa de mi madre, Doña Carmen, siempre se sentía denso en Nochebuena, pesado con el olor a pino, canela y resentimientos no dichos. Este año, algo era diferente, una corriente eléctrica de anticipación vibraba bajo la superficie de las sonrisas forzadas y los abrazos tibios. Yo, Elena Torres, a mis cuarenta y tantos años, me movía por la cocina como una autómata bien entrenada, asegurándome de que el pavo estuviera dorado a la perfección y que las copas de mis cuñadas, Sofía y Carolina, nunca estuvieran vacías.

Mi esposo, Jorge, y mi hijo adolescente, Mateo, estaban sentados en un rincón del salón, apartados del círculo principal formado por mi madre, mis hermanos Ricardo y Miguel, y sus familias. Los veía de reojo, sus rostros eran un espejo de mi propio agotamiento. Durante años, cada fiesta, cada emergencia familiar, cada centavo extra, se había desviado de mi hogar, de mi pequeño núcleo, para alimentar el insaciable pozo de mi familia de origen.

"Nena, querida, ¿ya casi está la cena?", la voz de mi madre cortó el aire, melosa pero con un filo de orden.

"Ya casi, mamá", respondí, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Ricardo, mi hermano mayor, se rio estruendosamente de alguna broma que contó Miguel, el menor. Ambos eran el sol alrededor del cual giraba el universo de mi madre, dos hombres adultos que nunca habían aprendido a sostenerse por sí mismos porque mamá siempre estaba allí para amortiguar sus caídas, para invertir en sus negocios fallidos y para pagar sus deudas con el dinero que yo a menudo le prestaba. Para mí, la única hija, solo quedaban las responsabilidades: cuidar a la abuela hasta que murió, organizar cada bautizo y cumpleaños, y ser la anfitriona perfecta en estas reuniones que me drenaban el alma.

Finalmente, la cena estaba servida. La mesa, que yo misma había decorado con esmero, lucía espléndida. El pavo en el centro, los romeritos, la ensalada de manzana, todo como a mamá le gustaba. Nos sentamos, y por un momento, un silencio casi pacífico se instaló.

Fue entonces cuando Doña Carmen carraspeó, captando la atención de todos. Su rostro tenía esa expresión de matriarca a punto de dictar un decreto real.

"Familia", comenzó, su voz resonante. "Como saben, ya no me estoy haciendo más joven. He decidido que es momento de empezar a poner mis asuntos en orden, para que no haya problemas cuando yo falte".

Sentí un nudo en el estómago.

"Ricardo, hijo mío", dijo mirando a mi hermano mayor con adoración. "La casa de la colonia Del Valle será para ti y tu familia. Sé que la sabrás aprovechar".

Sofía, su esposa, sonrió con suficiencia, lanzándome una mirada fugaz y triunfante.

"Miguel, mi pequeño", continuó Carmen, girándose hacia el otro. "Para ti será el departamento en la Condesa. Es más tu estilo, siempre tan moderno".

Carolina, la esposa de Miguel, casi aplaudió de la emoción.

"Para mi nieto adorado, Diego", dijo pellizcando la mejilla de mi sobrino, el consentido hijo de Ricardo. "He puesto un fondo de ahorro para sus estudios. Para que llegue a ser un gran hombre".

Luego, mi madre sacó dos pequeñas cajas de terciopelo. "Y para mis queridas nueras, y para la prometida de Diego, estas joyas de la abuela, para que siempre recuerden que son parte de esta familia".

Las cajas se abrieron para revelar collares y aretes de oro que brillaban bajo la luz. Hubo exclamaciones de alegría y agradecimientos efusivos.

Yo me quedé quieta, con la copa de vino a medio camino de mis labios. El nudo en mi estómago se apretó hasta doler. Esperé. Seguramente había algo para mí. Una mención, un recuerdo, algo.

El silencio se alargó. Mi madre me miró, y por un instante pensé que había olvidado. Pero no. Su mirada era clara, calculadora.

"Y tú, Nena...", comenzó finalmente.

Contuve la respiración.

"Tú eres mi única hija. Eres fuerte y buena. Sé que siempre cuidarás de mí. Cuando llegue el momento, vendré a vivir contigo. Tú te harás cargo de mí en mi vejez".

No fue una pregunta. Fue una declaración. Una sentencia.

El aire salió de mis pulmones en un silbido. Miré alrededor de la mesa. Mis hermanos evitaban mi mirada, ocupados admirando sus imaginarias nuevas propiedades. Mis cuñadas se probaban las joyas. Jorge me miraba con una mezcla de furia y compasión. Mateo tenía la mandíbula apretada.

Para ellos, las propiedades, el dinero, las joyas. Para mí, la carga. La única herencia que recibía era la obligación de cuidarla, después de una vida de ser ignorada y utilizada. Después de sacrificar mi tiempo, mi dinero y la atención a mi propio hijo por una familia que, en el momento de la verdad, me dejaba con las manos vacías y una nueva responsabilidad de por vida.

Un calor lento y furioso comenzó a subir desde mis pies, recorriendo mis venas, llegando hasta mi cabeza. Sentí cómo algo dentro de mí, algo que había estado agrietado durante años, finalmente se rompía. La mujer complaciente, la hija abnegada, la "buena" de Nena, se hizo polvo en ese instante.

Ya no.

No más.

Se acabó.

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