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Portada de la novela De la Calle al Altar: Mi Salvador, Mi Esposo

De la Calle al Altar: Mi Salvador, Mi Esposo

Samuel, un huérfano criado bajo la protección del padre de Alia, ha guardado un amor profundo por ella durante años. No obstante, cuando se organiza su unión matrimonial, Alia lo rechaza con firmeza, convencida de que Anderson es un mujeriego incorregible. En un entorno cargado de prejuicios y desconfianza, Samuel se embarca en la difícil misión de conquistar su corazón, decidido a demostrarle que ella siempre ha sido su única prioridad.
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Capítulo 3

Lejos de lo que todos pensaban, Samuel Anderson nunca fue un hombre de poder y prestigio.

Cuando era joven vivía en la miseria y carecía de fuerza y salud.

En el barrio donde vivía, tuvo que sufrir de bullying, golpes, sus amigos se reían de él. Siempre fue humillado.

Cuando Anthony Klau sufrió aquel atentado junto con su familia, Samuel, aun estando débil y con un fuerte dolor en su cuerpo hizo todo por ayudarlos, se quedó con la pequeña Alía escondidos mientras llamaba a la policía.

Eso fue lo que más lo lleno de orgulloso, después de un tiempo Anthony fue por él, quiso criarlo como un hijo, pero el joven ya era mucho mayor, aun así lo ayudo con estudios y sacándolo de esos barrios marginales donde el joven vivía.

Así fue como se vio rodeado de la gente de estatus, nunca pensó en su vida tener esta vida, pero es algo que ahora le gusta.

Tenía la mirada puesta en Alía, durante años, creció creyendo que era una mala idea, que no podía enamorar a la hija de su amigo.

Pero que podía hacer él, cuando el corazón bondadoso y hermoso que tenía lo había hechizado.

Le encantaban todas sus expresiones; desde su mueca de fastidio, hasta la sonrisa coqueta y traviesa.

-esa chica es mi orgulloso.- tiene 19 años y es una de las mejores actrices a su edad.

El orgullo en la mirada de Anthony, se trasladó a la de Samuel.

-En fin, disfrutaste de la fiesta.- lo codeó Anthony.

-si lo hice, sabes que lo hice, y más porque estaba mi pequeña allí.- Samuel soltó un suspiro.

Ambos hombres se encontraban en la casa de Anthony, acababan de tener una reunión en el despacho, tratando de descifrar quién es el maldito que está estropeando sus planes.

-Samuel sabes que Mía Y Alía son todo lo que tengo en la vida, daría lo que fuera por verlas bien.- el millonario se dejó caer en el sofá.

-No lo negaré, me aterra que algún día llegué un mal nacido y le haga la vida imposible a mi hija.-

Samuel se estremeció, se juró que si algo le pasaba a Alía el mismo mataría al bastardo.

-lo entiendo.

- No, no lo entiendes.- el mayor lo miro fijamente

-por eso fue que te pedí que te casaras con ella, eres un joven digno de admiración, eres responsable, supiste salir adelante.

Samuel estaba un poco incómodo, sabía que Alía lo odiaba y él no quería que ella hiciera eso.

Pero decir que la ilusión y la alegría no hicieron mella en su cuerpo sería una cruel mentira.

Sé qué no la obligarás a algo que ella no quiera, además he visto como te mira; es terca y desconfiada, pero en el fondo le gustas.- Confesó Anthony. -Casarse contigo, será la mejor decisión.

Samuel tenso la mandíbula.

Ahora entendía cuando le decían que el amor te volvía egoísta.

Quería a Alía para él, para él... Y daría todo para que Alía lo amara.

Lo odiaría...

Sin embargo...

-claro que me casaré con Alía, la haré la mujer más feliz del mundo, ella es mi tesoro más preciado.

No te voy a decepcionar Anthony.

Toda la casa estaba siendo decorada en extremo cuidado.

La boda se realizará en menos de dos semanas.

-¿Estás Bien Alía?.- le pregunto Sofía Michel, su mejor amiga.

-¿En serio me preguntas eso?- Alía Tenía Ganas de gruñirle a todo el mundo -Esto es una mierda.

-Tranquila.- La morena le sonrió no sabiendo que más decir -samuel es...

-Basta Con Eso.- paro Alía A Sofía -En los últimos días solo he escuchado halagos para el gran y valeroso Samuel Anderson.

Alía Más Que cabreada estaba eufórica.

De verdad quería morir, y estaba contemplando la distancia del balcón, para ver si a esa distancia...

-Alía,.- Hablo su madre -Samuel te espera en la sala.

Alía se hundió en el sofá.

-Dile que ayer fue mi entierro.

Sofía Comenzó a reír al oír su patética excusa.

Alía- su madre la regaño con verdadero disgusto.

Sin más nada que hacer, respiro Hondo y se levantó del sofá.

Sofía se las pagaría por no evitar esa tragedia.

-Buenos días, Alía- Samuel la miro con una gran sonrisa, hoy su pequeña se veía hermosa.

Alía Admitía que era muy guapo.

-Yo los dejo solos- con una mirada cómplice Mía se fue dejando a su hija y futuro Hijo solos.

Samuel Carraspeó llamando la atención de Alía.

-Te ves hermosa.

-Gracias.- Contesto de mala manera la pequeña actriz - Y dígame, Señor Anderson.

-Oh, pequeña, Solo dime Samuel - Dijo el peli negro regalándole una sonrisa.

Alía asintió.

A veces la desconectaba la actitud pacífica del empresario.

Cualquier otro hombre estaría gritándole y exigiendo respeto.

-Samuel - Nombró -Cuanto te ofreció mi padre.

-¿Disculpa? - Samuel se sorprendió al ver la actitud del Alía, - Tu padre no me ha ofrecido nada.

-¿Entonces por qué aceptaste casarte conmigo?.- exigió saber Alía.

Samuel pareció pensarlo.

-Mis razones son... Personales

-¿Estás jugando, que es lo que pretendes?- Alía comenzaba a desesperarse.

El mayor suspiro con fuerza, y dejando mostrar su porte rígido.

-Alía... lo único que busco es que estés bien- los ojos azules del hombre parecían sinceros-

-pídeme lo que quieres y lo haré.

-termina con este compromiso.

El porte rígido del hombre volvió aparecer de nuevo, sabía que Alía lo odia y que no podía hacer nada, pero romper el compromiso, se sentía muy egoísta de su parte, pero no era posible para el cumplir con ese deseó.

-Haré todo por ti... menos eso.

Irritada, Alía decidió irse a su habitación.

Quería encerrarse allí y no salir ni siquiera para la dichosa boda.

Ese espectáculo no lo quería hacer realidad.

Odiaba a Samuel Anderson.

-Alía - su cintura fue tomada, con un intento de pararla.

-¿Que es lo que quieres? - gruñó la joven.

-Solo... dame una oportunidad - el Peli negro sostuvo su rostro-. Eso es lo único que te pido.

Alía se paralizó y se perdió en la mirada azul de Samuel.

¿Cómo puede tener unos ojos azules tan bonitos?, era lo que siempre se preguntaba.

Odiaba que fuera tan perfecto, que todo el mundo se llenara la boca de halagos para él, que la considerarán afortunada porque él la eligió.

-Nos vemos el día de la boda. Señor Anderson-. Sin más, Aliá salió huyendo de quien será su primer y perfecto amor.

Salió roja como un tomate.

Ese momento alegró a Samuel, ver la actitud nerviosa y linda que tenía Alía cuando lo veía.

Siempre se imaginó que la chica sintiera algo por él, pues siempre se sonrojaba cuando lo veía.

Gracias, pequeña, se dijo en el aire, su sonrisa no hacía más que crecer.

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