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Portada de la novela De Joven Pobre A Esposo Adecuado

De Joven Pobre A Esposo Adecuado

Sofía, quien pasó de la riqueza a la escasez tras la quiebra de su familia, sobrevive vendiendo sus pertenencias hasta que reaparece Mateo. Aquel chico humilde que ella defendía en clase es ahora un poderoso magnate que paga sus deudas por una promesa del pasado. Entre la frialdad de él y la envidia de Raúl, Sofía enfrenta una relación intensa y posesiva. Ambos deberán superar viejos rencores y secretos para ver si su unión puede forjar un nuevo imperio.
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Capítulo 3

Nuestra escuela era un microcosmos de la sociedad, un lugar donde el dinero y el estatus lo eran todo.

Los hijos de empresarios, políticos y celebridades caminaban por los pasillos como si fueran los dueños del mundo, y en cierto modo, lo eran.

Y luego estaban los becados, como Mateo.

Chicos brillantes de familias humildes que habían conseguido una oportunidad en este mundo de privilegios, pero que siempre eran vistos como extraños, como intrusos.

La mayoría los ignoraba o, peor aún, los trataba con desprecio, como si su pobreza fuera una enfermedad contagiosa.

Pero a mí eso no me importaba.

Mi papá, a pesar de ser un empresario rudo, siempre me enseñó a valorar la inteligencia y la integridad por encima del dinero.

"El dinero va y viene, Sofía," me decía, "pero la mente y el corazón son lo que realmente definen a una persona."

Y yo veía en Mateo una mente brillante y un corazón que, aunque protegido por capas de orgullo, intuía que era noble.

Me negaba a dejar que los prejuicios de los demás definieran mis elecciones.

Nuestra dinámica se estableció rápidamente.

Yo era un torbellino de energía y él era la calma personificada.

"Mateo, ¡mira este meme! ¿A que es buenísimo?"

Le decía, mostrándole mi celular en medio de la biblioteca.

Él apenas levantaba la vista de su libro de cálculo, me dedicaba una mirada que decía "estamos en una biblioteca" y volvía a lo suyo.

"Sofía, deberías concentrarte más."

Me decía con su voz tranquila.

Yo hacía un puchero.

"¡Pero si estudiar es muy aburrido!"

Nuestros primeros días como compañeros de proyecto fueron un desastre cómico. Yo intentaba que se relajara, que se riera un poco, y él intentaba que yo entendiera la segunda ley de la termodinámica.

Un día, después de que yo confundiera a Newton con Einstein por tercera vez, Mateo suspiró.

"Sofía," dijo, con una paciencia que yo no sabía de dónde sacaba. "¿Realmente quieres aprobar física?"

"¡Claro que sí!"

"Entonces, ¿por qué no pones atención?"

Me preguntó, mirándome fijamente.

"¿Me estás diciendo tonta?"

Le pregunté, ofendida.

Él parpadeó, sorprendido por mi reacción.

"No, no, claro que no. Solo digo que tienes potencial, pero te distraes muy fácil."

Me quedé mirándolo. Nadie me había dicho eso antes. Los demás o me adulaban o me ignoraban. Pero él, con su honestidad brutal, me estaba tratando como a una igual.

Y me di cuenta de que no solo quería que aprobáramos el proyecto, quería que yo aprendiera de verdad.

Sentí una extraña calidez en el pecho.

"Está bien, está bien," cedí, sintiendo mis mejillas arder un poco. "A ver, explícame otra vez eso de la entropía."

Pasamos las siguientes dos horas estudiando. Bueno, él explicaba y yo intentaba seguirle el ritmo.

Cuando finalmente mi cerebro dijo "basta", cerré el libro de golpe.

"¡Necesito un descanso! Y un chocolate. ¿Quieres uno?"

Saqué una barra de chocolate de mi mochila, una de esas caras que a mí me encantaban.

Él dudó un segundo, pero luego asintió.

"Gracias."

Se lo comió en silencio, con pequeños mordiscos, como si estuviera saboreando cada pedazo.

Ese día, algo cambió entre nosotros. La barrera del orgullo de Mateo empezó a agrietarse, y la mía, la de la chica popular y superficial, también.

Estábamos construyendo un puente, uno hecho de paciencia, chocolates caros y fórmulas de física.

Un puente que nadie más en esa escuela podía ver o entender.

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