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Portada de la novela De Incubadora a Emperatriz

De Incubadora a Emperatriz

Gerardo Bermúdez desprecia a su esposa, tratándola como una simple herramienta reproductiva tras dos años de casados. Aunque ella le salva la vida durante un atentado, él le otorga el crédito a su amante y desea ver muerta a su mujer. Ante tal crueldad, ella rompe sus cadenas y busca el respaldo de su abuelo, el influyente magnate Augusto Ibáñez. Bajo su amparo, la joven dejará atrás la sumisión para ejecutar una fría venganza contra el hombre que la traicionó.
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Capítulo 2

MARTINA PIÑEIRO POV:

El zumbido insistente de mi teléfono me sacó de un sueño pesado y sin paz.

Era un mensaje.

De la madre de Gerardo. Modesta Bermúdez.

"Martina, ¿ya despertaste? ¿Recuerdas lo que hablamos ayer? ¡Tenemos que empezar con el proceso del bebé! ¡Gerardo te contó, ¿verdad?!"

Cerré los ojos, el mensaje era un puñetazo en el estómago.

Bebé. Proceso. Incubadora.

Todas las palabras de Gerardo, de anoche, resonaron en mi cabeza.

Me senté, sintiendo un escalofrío. El lado de la cama de Gerardo seguía vacío.

Escuché el sonido de la puerta del baño abriéndose.

Gerardo salió, sin camisa, con una toalla alrededor de la cintura.

Su mirada se posó en mí, luego en mi teléfono.

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"¿Mi madre, verdad? Obsesionada con el heredero".

Su tono era sarcástico, pero no había burla en sus ojos. Solo una frialdad habitual.

"Sí", logré decir, mi voz apenas un susurro.

"Me preguntó si ya me habías contado sobre... el proceso".

Él se encogió de hombros, como si fuera un tema trivial.

"Bueno, ya lo sabes. No hay nada que 'contar'".

"Gerardo, no entiendo", dije, mi voz temblaba.

"¿Por qué in vitro? ¿Por qué...?".

Se acercó a la cama, me tomó por los brazos y me empujó suavemente hacia abajo.

No era violento, pero era un gesto de poder, de control.

Me di cuenta de que mi camisón, ligero y sedoso, era demasiado revelador.

Sentí una oleada de vergüenza.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo, y por un instante, vi algo.

Algo fugaz, innegable.

Deseo.

Pero luego, sus ojos se endurecieron. La puerta de hielo se cerró de nuevo.

Me soltó bruscamente, como si me quemara.

"Porque es lo mejor", dijo, su voz helada. "Así nadie tiene que fingir nada".

"¿Y qué es lo que nadie tiene que fingir, Gerardo?", pregunté, mi voz se elevaba en un crescendo de desesperación. "¡¿Que me deseas?! ¡¿Que te importa lo que siento?!"

Una risa sin alegría brotó de sus labios. Era un sonido hueco, lleno de desprecio.

"No te preocupes por eso, Martina. Ya está todo arreglado".

Dio media vuelta y salió de la habitación, dejándome sola, la palabra "arreglado" resonando en mi mente.

¿Arreglado? ¿Qué significaba "arreglado"?

No me dio tiempo a pensar.

Horas más tarde, me encontré en el coche, rumbo a un destino desconocido.

Gerardo conducía, su rostro inexpresivo.

"¿Adónde vamos?", pregunté, mi voz con un hilo de temor.

Me miró de reojo, sus ojos oscuros, sin emoción.

"Al hospital", dijo. "Para el proceso".

Mi corazón se detuvo. "¿Al hospital? ¿Para... para qué?"

Sin responder, detuvo el coche frente a un edificio imponente.

Me abrió la puerta, y antes de que pudiera reaccionar, me sacó del coche, no con delicadeza, sino con una fuerza que me hizo tambalear.

"Ya te lo dije, Martina", dijo, su voz carente de toda emoción. "Todo está arreglado. Tendrás un heredero, y yo no tendré que fingir que te deseo".

Su mirada era un puñal.

"No hay necesidad de que nos toquemos", continuó, su voz bajando a un susurro cruel. "No hay necesidad de que yo... te ensucie".

Me quedé helada. ¿Ensuciar?

Sentí un nudo en la garganta. La humillación me invadió, quemando mi piel.

"¿Cómo puedes ser tan cruel?", logré decir, mis ojos llenos de lágrimas.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

"¿Cruel? Martina, no entiendes nada, ¿verdad?"

Se acercó, su aliento frío en mi oído.

"Nuestro matrimonio es una farsa. Un contrato. Para salvar a mi familia de la ruina".

Las palabras taladraron mi alma.

"Tú eres un medio para un fin. Una incubadora. Nada más".

Mi mundo se derrumbó.

Sentí un mareo repentino, mi visión se volvió borrosa.

Mi cuerpo flaqueó, y caí al suelo, la oscuridad envolviéndome.

No sé cuánto tiempo pasó.

Desperté en una habitación blanca, el olor a desinfectante llenando mis fosas nasales.

Una enfermera se inclinó sobre mí, su rostro preocupado.

"Señorita Piñeiro, ¿se encuentra bien?"

Intenté hablar, pero mi garganta estaba seca.

Miré a mi alrededor. Era una sala de ginecología.

¿Qué estaba pasando?

"Nos estaban esperando", dijo la enfermera, con una sonrisa forzada.

"Tenemos que prepararla para el procedimiento".

Procedimiento. La palabra me aterrorizó.

"¿Qué procedimiento?", pregunté, mi voz apenas un murmullo.

Justo en ese momento, Gerardo entró en la habitación, seguido de un médico.

"Ya despertó", dijo, su voz sin emoción. "Podemos empezar".

"Gerardo, ¿qué es esto?", pregunté, mi voz llena de pánico.

El médico se acercó, sosteniendo una jeringa.

"Es para la estimulación ovárica, señorita. Para la fertilización in vitro".

No. No podía ser.

Sentí un escalofrío de horror.

"Gerardo, no quiero esto", dije, mis ojos implorando. "No quiero un bebé así".

Me miró, sus ojos fríos como el hielo.

"No tienes opción, Martina. Es un contrato. Es mi familia".

"¿Pero, por qué?", sollocé, las lágrimas rodando por mis mejillas. "¿Por qué me haces esto?"

Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel.

"Porque nunca te quise, Martina. Nunca te quise para nada más que para esto. Para que fueras la incubadora de mi heredero. Para salvar a mi familia".

Su voz, antes tan monótona, ahora estaba cargada de desprecio.

"Y si crees que esto es lo peor que te he hecho, estás muy equivocada".

Sentí un dolor agudo en el pecho.

Miré al médico, a la enfermera. Estaban preparados.

"Por favor, no", rogué, mi voz se rompió. "No quiero esto".

Gerardo se acercó, su rostro a centímetros del mío.

"¿Crees que puedes negarte? ¿Crees que tienes alguna autonomía aquí, Martina?"

Me tomó del brazo con fuerza, sus dedos apretando mi piel.

"Eres mía. Tu cuerpo es mío. Y harás lo que yo diga".

Sentí un escalofrío de terror.

No era solo el procedimiento. Era la violación de mi voluntad, de mi ser.

Era la aniquilación de mi alma.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza.

Eran de rabia. De una rabia fría y cortante.

No le daría el placer de verme rota.

"Te odio, Gerardo", susurré, mi voz llena de veneno. "Te odio con todo mi ser".

Su sonrisa se amplió, una visión macabra.

"Lo sé, Martina. Lo sé".

Y luego, todo se volvió negro.

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