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Portada de la novela De Chica de Campo A Heredera

De Chica de Campo A Heredera

Sofía Rojas, una brillante ingeniera de sonido en México, ve su vida desmoronarse al descubrir la traición de su prometido, Ricardo. El ambicioso productor musical solo buscaba ascender, planeando casarse con la rica Elena Vargas mientras despreciaba las raíces de Sofía. Tras la humillación y la crisis del mariachi de su familia, ella abandona la ciudad. Sofía regresa a Jalisco decidida a retomar su legado y reclamar el imperio que le pertenece por derecho.
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Capítulo 2

Sofía Rojas colgó la llamada con un suspiro profundo, el silencio de su moderno estudio de grabación en la Ciudad de México se sentía pesado y opresivo. Acababa de hablar con su madre, Doña Carmen. La conversación, como siempre, había empezado con saludos cariñosos y había terminado con una nota de preocupación por el negocio familiar en su pequeño pueblo natal.

"Tu papá sigue terco, hija" , le había dicho su madre con esa voz suave que siempre lograba calmarla, "Insiste en que él puede con todo, pero el Mariachi 'Sol de México' ya no es lo que era. Ricardo te llamó, dice que quiere ayudar, que tiene planes para modernizarlo cuando… cuando ustedes se casen y heredes" .

Sofía apretó la mandíbula. Ricardo. Su prometido, el ambicioso productor musical que trabajaba en el mismo edificio que ella. El hombre que le había prometido el mundo. Y ella, como una tonta, le había creído. Le había contado todo sobre el prestigio del mariachi de su familia, un legado construido por generaciones. Ricardo, con su encanto, había visto una oportunidad, no una familia.

"Mamá, sobre Ricardo y yo… tenemos que hablar" , dijo Sofía, pero no pudo continuar. No podía romperle el corazón a su madre por teléfono.

"¿Pasa algo, mi amor? ¿Discutieron?" , la voz de Doña Carmen se llenó de ansiedad. Su madre la adoraba, pero también adoraba a Ricardo. Él se había encargado de ganarse a sus padres, presentándose como el yerno perfecto, el protector que cuidaría de su única hija y de su legado.

"No, mamá, no es nada. Solo mucho trabajo" , mintió Sofía, sintiendo un sabor amargo en la boca. "Tengo que irme, te llamo luego" .

Colgó antes de que su madre pudiera hacer más preguntas. Miró a su alrededor, a la consola de mezcla de última generación, a los discos de oro de artistas famosos que colgaban en las paredes, logros por los que había trabajado sin descanso. Había dejado su pueblo buscando validación profesional, queriendo demostrar que era más que la hija de Don Mateo Rojas. Y lo había logrado. Era una de las mejores ingenieras de sonido de la industria. Pero se sentía vacía.

Tomó su celular y revisó los mensajes. Nada de Ricardo. Era extraño, él siempre estaba pendiente. Una punzada de inquietud la recorrió. Esa noche había una fiesta importante de la disquera de Elena Vargas, la cantante de rancheras del momento. Ricardo había insistido en que fuera, pero ella se había negado, usando el trabajo como excusa. Ahora, un impulso la movió. Necesitaba verlo, necesitaba una respuesta a la duda que la carcomía.

Decidió terminar su relación esa misma noche. Ya no podía seguir fingiendo. La confianza se había roto, carcomida por pequeñas mentiras y ausencias inexplicables. Se cambió rápidamente, poniéndose un vestido sencillo y elegante. No quería llamar la atención, solo quería hablar con Ricardo y marcharse.

Al llegar al lujoso salón, la música de mariachi, irónicamente, la recibió. Pero era una versión pop, comercial, muy diferente a la música pura y apasionada de su padre. Vio a Ricardo de inmediato. Estaba en el centro de un círculo de gente importante, riendo a carcajadas. A su lado, pegada a él como una enredadera, estaba Elena Vargas. Llevaba un vestido rojo deslumbrante y lo miraba con una adoración que heló la sangre de Sofía.

Sofía se quedó a una distancia prudente, oculta detrás de una columna. El grupo hablaba en un inglés rápido y lleno de modismos que ella, a pesar de entender el idioma perfectamente por su trabajo, notó que excluía a cualquiera que no fuera de su círculo íntimo. Pudo escuchar la voz chillona de Elena.

"Ricardo, cariño, tienes que deshacerte de esa chica de pueblo. Te está frenando" , dijo Elena, pasando una uña perfectamente manicurada por el brazo de Ricardo.

Un amigo de Ricardo se rio. "Vamos, Ricky. Elena tiene razón. ¿Qué haces con esa ingeniera de sonido? Sin nombre, sin familia. Elena es la heredera de Vargas Records. Eso sí que es un movimiento de poder" .

El corazón de Sofía se detuvo. ¿Una chica de pueblo? ¿Sin familia? Ella, Sofía Rojas, cuya familia era dueña del mariachi más respetado de Jalisco, un negocio que valía una fortuna no solo en dinero, sino en prestigio cultural. Ricardo le había mentido a todos sobre sus orígenes, pintándola como una huérfana sin recursos a la que él, generosamente, estaba ayudando.

Ricardo no la defendió. Solo sonrió, una sonrisa encantadora y vacía. "Patience, my friends. Everything is under control. The family business… it' s almost mine" .

La sangre de Sofía hirvió. Así que ese era su plan. Casarse con ella, esperar a que su padre se retirara y apoderarse del negocio que su abuelo había fundado. Despojarla de su herencia. La traición era mucho más profunda de lo que había imaginado. No era solo otra mujer, era un plan calculado para robarle todo.

Mientras observaba, vio a un mesero pasar con una bandeja. Sobre ella, junto a las copas de champán, había una pequeña pila de invitaciones con un diseño elegante. Elena tomó una y se la mostró a Ricardo, sonriendo con suficiencia. Sofía aguzó la vista. Pudo leer las letras doradas en relieve, incluso desde la distancia.

"Elena Vargas y Ricardo Mendoza solicitan el honor de su presencia en su boda…"

La fecha era en dos meses. El mundo de Sofía se derrumbó. No era solo una infidelidad. Era un compromiso. Él planeaba casarse con Elena mientras todavía estaba comprometido con ella. La humillación la golpeó con la fuerza de un golpe físico.

Sintió náuseas. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, con la cabeza en alto, conteniendo las lágrimas. No le daría a nadie la satisfacción de verla derrumbarse. En ese momento, en el pasillo silencioso que conducía a la salida, tomó una decisión. No solo iba a terminar con Ricardo. Iba a volver a casa. Iba a reclamar lo que era suyo. Iba a proteger el legado de su familia y se aseguraría de que Ricardo Mendoza nunca volviera a poner un pie en su vida ni en su negocio. La guerra acababa de empezar.

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