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Portada de la novela De Amor a Monstruo

De Amor a Monstruo

Javier desea romper su compromiso tras sufrir una traición dolorosa. Su prometida, Isabela, vive cegada por la gratitud hacia Mateo, un manipulador que la rescató y se instaló en su casa. Ella defiende al intruso mientras tacha a Javier de celoso. Tras caer en una trampa en Triana que arruina su reputación, el desprecio de su amada lo quiebra. Humillado y visto como un monstruo, contacta a su padre para abandonar Sevilla y reiniciar su vida en Madrid.
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Capítulo 2

La oficina del párroco olía a cera vieja y a papel.

El sacerdote, un hombre mayor con gafas gruesas, me miraba por encima de ellas, con el ceño fruncido.

«Javier, anular los preparativos de una boda no es como cancelar una cena», dijo, juntando las yemas de sus dedos. «Es un sacramento. Un compromiso ante Dios y ante dos de las familias más importantes de Sevilla».

Su voz era tranquila, pero sentí la presión de generaciones de tradición en sus palabras.

«Lo sé, padre. Pero es necesario».

Mi determinación era un bloque de hielo en mi pecho. Fría y sólida.

El sacerdote suspiró, un sonido que pareció remover el polvo del aire. «Isabela es una buena mujer. Tu amiga desde la infancia. Su familia y la tuya… esto será un escándalo».

Intentaba mantener el orden de las cosas, el compromiso que unía a nuestras dinastías. Para él, nuestro amor era un contrato social. Para mí, se había convertido en una jaula.

«Padre, por favor. Solo inicie el proceso».

No entendía. Nadie podía entenderlo si no lo había visto.

Mi mente voló hacia atrás, a la semana pasada. Al sol abrasador de la finca de Isabela, el olor a tierra seca y a ganado.

Estábamos en el tentadero, el lugar donde se prueba la bravura de los novillos. Isabela, orgullosa y segura, estaba dentro del ruedo con uno de los capataces. Siempre le había gustado sentir el peligro de cerca, decía que así entendía mejor a sus toros.

Yo la observaba desde la barrera, con la guitarra en el regazo. El aire estaba tenso. El novillo, un animal joven pero fuerte, se movía de forma extraña, impredecible.

De repente, se arrancó. No fue una embestida noble, fue un ataque traicionero.

Vi a Isabela volar por los aires. Su cuerpo golpeó el suelo con un ruido sordo.

El mundo se detuvo.

El novillo se giró para rematarla. El capataz estaba demasiado lejos. Salté la barrera sin pensar.

Pero alguien fue más rápido.

Mateo, el nuevo auxiliar de veterinaria, ya estaba dentro. Un chico delgado, de apariencia humilde, que llevaba apenas un mes trabajando en la finca.

Corrió hacia el toro, agitando su chaqueta, gritando. El animal, confundido, cambió de objetivo.

Lo vi cornear a Mateo en el brazo, una herida superficial, pero suficiente para que la sangre manchara su camisa blanca. El sacrificio le dio al capataz el tiempo justo para llevarse al novillo.

Yo llegué al lado de Isabela. Estaba pálida, temblando, pero ilesa.

Sus ojos no me miraban a mí. Estaban fijos en Mateo, que se sujetaba el brazo, haciendo una mueca de dolor.

«Me ha salvado la vida», susurró ella.

Esa frase fue el comienzo del fin.

Unos días después, en la cena, Isabela no dejaba de hablar de él.

«Javier, tienes que conocer mejor a Mateo. Es un chico increíble».

Lo presentó como si fuera un trofeo. Mateo estaba sentado a nuestra mesa, incómodo con la ropa prestada, mirando su plato.

«Viene de una familia muy humilde, sin oportunidades. Se merece una oportunidad», continuó Isabela, mirándome, esperando mi aprobación.

Sentí una punzada de incomodidad. La forma en que lo miraba, la forma en que hablaba de él… no era normal.

«Me ha salvado», repitió, como si esa palabra lo justificara todo. «Le debo todo».

La gratitud de Isabela era un torrente que lo arrastraba todo a su paso, incluida nuestra relación. Mateo se convirtió en su sombra.

Mi resentimiento crecía en silencio. Él era el héroe. Yo, el prometido que, de repente, sobraba.

El recuerdo me dejó un sabor amargo en la boca. Sentí el dolor de nuevo, una presión aguda en el pecho, y apreté la mandíbula para no demostrarlo. Tuve que tragar saliva, controlar la rabia que subía por mi garganta.

Esa misma noche, después de la cena, Isabela me soltó la bomba.

«Mateo se quedará en el cuarto de invitados de la casa principal».

Su voz era casual, pero la petición era una locura.

«¿Qué?», pregunté, incrédulo. «¿Vivir con nosotros?».

«Ha tenido un pequeño accidente en la finca y no puede volver a su pensión. Necesita cuidados».

La audacia de la petición me dejó sin aire. Era una manipulación clara, un paso más en su invasión.

Negué con la cabeza. «No. De ninguna manera. La finca es enorme, que se quede en la casa de los capataces. O le pagamos un hotel en Sevilla. Pero no en nuestra casa».

Propuse una alternativa lógica, observando su reacción. Sabía que esto era una prueba.

Sus ojos se endurecieron. La dulzura desapareció, reemplazada por una furia fría.

«¿Cómo te atreves? ¡Este hombre me salvó la vida! ¿Y tú lo desprecias por ser humilde? ¡Eres un celoso y un arrogante!».

La acusación me golpeó como una bofetada. La gratitud se había convertido en un arma que usaba contra mí.

«¿Celoso? ¿Isabela, te estás escuchando? ¿Qué tiene que ver su origen con que viva bajo nuestro techo?».

Mi frustración era evidente. Era como hablar con una pared.

En ese momento, Mateo apareció en el umbral de la puerta, cojeando ligeramente. Su brazo estaba en un cabestrillo.

«Isabela, no discutas con el señorito Javier por mi culpa», dijo con voz suave, bajando la mirada. «No soy nadie. Dormiré en el establo si es necesario. No quiero ser una molestia».

Su falsa humildad era repugnante. Se estaba victimizando para que ella me atacara más.

Isabela corrió a su lado, tomándolo del brazo sano.

«¡No digas eso, Mateo! Tú no eres una molestia. Eres mi salvador».

Luego se giró hacia mí, con los ojos llenos de desafío.

«Se quedará aquí. En esta casa. Es mi decisión».

Su tono no admitía réplica. Había elegido. Y no me había elegido a mí.

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