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Portada de la novela Danza de la Venganza

Danza de la Venganza

Tras una caída orquestada que arruina su carrera, la bailarina Sofía descubre la amarga traición de su prometido, Mateo, y su mejor amiga, Camila. Ambos conspiraron para provocar su accidente y usurpar su lugar en el escenario. Decidida a no dejarse vencer por el dolor y la pérdida de sus sueños, Sofía transforma su angustia en una fría sed de justicia. Para ejecutar su contraataque, contacta al poderoso Alejandro y acepta su propuesta de matrimonio.
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Capítulo 3

El silencio al otro lado de la línea se alargó por unos segundos que me parecieron una eternidad. Podía oír la respiración calmada de Alejandro, como si estuviera procesando mis palabras, sopesando cada sílaba.

"Sí, Sofía", respondió finalmente, su voz tan seria como siempre. "Sigue en pie. Pero con una condición".

Me preparé para lo peor. "¿Cuál?".

"Quiero que cortes toda relación con Mateo. Completamente. Tienes un mes. Quiero que limpies tu vida de él, que no quede ni un solo rastro. Si en treinta días eres una mujer libre, vendré por ti y nos casaremos de inmediato".

Un mes. Treinta días para borrar cinco años de mi vida. Era una petición audaz, casi cruel, pero en mi estado, era exactamente lo que necesitaba. Un ultimátum. Un camino claro a seguir.

"Acepto", dije sin dudar. "En un mes, seré libre".

"Bien. Cuídate, Sofía. Estaré esperando".

Colgó, y yo me quedé mirando el teléfono, un extraño sentimiento de alivio mezclado con una determinación feroz recorriéndome. Alejandro no me había preguntado por qué, no había cuestionado mi repentino cambio de opinión. Simplemente había aceptado, estableciendo sus términos con una claridad que Mateo nunca tuvo.

Desde ese día, comencé mi purga. Ignoré las llamadas de Mateo, borré sus mensajes sin leerlos. Las flores que enviaba terminaban en el bote de la basura del pasillo del hospital. Cuando las enfermeras me preguntaban, simplemente decía que era alérgica.

El hospital se convirtió en mi santuario y mi prisión. La fisioterapia era un infierno. Cada movimiento era una agonía que me recordaba mi pérdida. Pero cada punzada de dolor alimentaba mi resolución.

Mateo no vino a verme ni una sola vez. La enfermera de turno, una mujer mayor y amable llamada Rosa, me mantenía al tanto sin que yo se lo pidiera.

"Ese muchacho anda muy ocupado con la otra", me dijo un día mientras me ayudaba con mis ejercicios. "La lleva y la trae de los ensayos, le compra la comida, la espera por horas. Parecen los novios del año".

Yo solo asentía, mi rostro impasible. Cada noticia era una confirmación de que estaba haciendo lo correcto. Mi corazón ya no dolía, solo se endurecía más.

El día que me dieron el alta, una semana antes de que se cumpliera el plazo de Alejandro, Mateo apareció. No vino solo, por supuesto. Trajo consigo un espectáculo. Entró en el vestíbulo del hospital, donde yo esperaba sentada en una silla de ruedas, con un enorme ramo de rosas rojas y seguido por varios de sus amigos y bailarines del teatro. Se arrodilló frente a mí, sacando una caja de terciopelo del bolsillo de su chaqueta.

La abrió, revelando un anillo de diamantes que brillaba con una luz obscena bajo las luces del hospital.

"Sofía, mi amor", comenzó, su voz resonando en el silencioso vestíbulo. "Sé que he sido un idiota. He estado distante, pero es porque no sabía cómo lidiar con tu dolor y el mío. Verte sufrir me ha destrozado. Pero me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti. Cásate conmigo, Sofía. Déjame cuidarte por el resto de mi vida".

La gente a nuestro alrededor empezó a susurrar, algunos sacaron sus teléfonos para grabar. Era una actuación perfecta, diseñada para acorralarme, para que no pudiera decir que no sin parecer una ingrata cruel. Sentí una oleada de asco.

Estaba a punto de abrir la boca para rechazarlo, para humillarlo como él me había humillado a mí, cuando una figura frágil apareció en la entrada. Era Camila. Pálida, con ojeras, se tambaleó hacia nosotros, una mano presionando su sien.

"Mateo...", susurró, su voz apenas audible. "Me siento... muy mal. Me voy a desmayar".

Fue instantáneo. Mateo soltó la caja del anillo, que cayó al suelo con un ruido sordo. Se puso de pie de un salto y corrió hacia Camila, olvidándose por completo de mí, de su propuesta, de todo.

"¡Camila! ¿Qué tienes?", gritó, su voz llena de una genuina desesperación que nunca había usado conmigo. La tomó en sus brazos antes de que cayera. "Tranquila, aquí estoy. Te llevaré al médico".

La levantó como si no pesara nada y se la llevó, pasando a mi lado sin siquiera mirarme. La multitud se quedó en silencio, confundida. Yo miré la caja del anillo en el suelo, luego a la espalda de Mateo mientras se alejaba con Camila en brazos.

Justo antes de que cruzaran la puerta, Camila giró ligeramente la cabeza, lo suficiente para que yo la viera. Su rostro ya no era pálido ni frágil. Una sonrisa triunfante se dibujó en sus labios, y con una claridad devastadora, articuló sin sonido una sola palabra: "Perdiste".

El último trozo de mi corazón se hizo polvo. Ya no había dolor, ni tristeza. Solo un vacío helado y la certeza absoluta de que mi decisión era la única salida. Mateo había hecho su elección, y no era yo.

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