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Portada de la novela Culpable, su majestad

Culpable, su majestad

La caída de la realeza comenzó con una traición devastadora. Mientras la princesa suplicaba piedad, el príncipe se hundía en el engaño. Freya, obligada a robar en las calles para no morir, halló un nuevo propósito tras sufrir una condena injusta. Aquella mañana de tortura y falsas acusaciones cambió su rumbo: tras ser declarada culpable, juró dedicar cada segundo de su vida a desmantelar la corona y obtener su anhelada venganza contra el reino.
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Capítulo 3

Así pasaron las horas, todos dormían. La princesa cayó rendida al frio suelo de la celda, se tapada con sus mismos brazos, se daba calor con su mismo cuerpo insuficiente. Todo había pasado tan rápido, la juzgaron a una velocidad increíble.

¿Dónde esta el pueblo que decía amarla? ¿Dónde estaban aquellas personas a las que ella había ayudado? ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Dónde estaba su amor?

Nadie se preocupaba por ella, ni siquiera sus propios padres, solo aquellas dos personas que había conocido en el calabozo. Solo esos dos desconocidos la habían ayudado sin conocerla, sin ella conocerlos.

El anciano no tenía nada que perder, no tenía familia, no tenía esposa ni hijos por quienes regresar. El viejillo quería partir, sentía que la muerte lo esperaba en la puerta entreabierta, había sido un criminal en toda palabra. Su juventud no fue buena, robó y asesinó a sangre fría, fue condenado a treinta años encerrado en el calabozo; para su mala fortuna la pena de muerte había sido erradicada. Aún así quería redimirse, ver a aquella joven vulnerable y desgraciada lo hizo pensar, ¿qué más daba si no comía? Se iba a morir en cualquier momento, pero aquella joven aun tenía mucho por vivir.

— ¡Levántense todos!

Un ruido estruendoso hizo que Eva se levantase de su sueño, era de día. Había pasado una noche en el calabozo, una noche fría y dolorosa.

— ¿Remy? — Eva buscaba al chico, no lo encontraba. Su celda estaba vacía, no había nadie dentro — ¿Remy?

— Se lo llevaron — habló el anciano — Es libre.

Eva soltó un suspiro aliviado.

— Gracias a Dios

— ¡Le levántate! — le ordenaron.

Eva obedeció, no podía refutar, le habían dejado muy en claro que no tenía autoridad.

— Camina. — la empujaron.

Estaba muy débil, sentía sus piernas frágiles y débiles, se balanceaba de un lado a otro con su cabeza a punto de estallar por el llanto de la noche anterior. Que Dios la ayude y se compadezca por la princesa.

Caminaron hacia en palacio, volvía a sentir las miradas amenazantes de los trabajadores y algunas personas pertenecientes a la nobleza. Muchos le gritaban "Adúltera, adúltera", se sentía en la época de Jesús, se sentía como si fuese a ser arredrada por su familia hasta la muerte. Iba caminando con las manos en la espalda, agarrada fuertemente por uno de los guardias.

Muy a lo lejos divisó a su dama, Regina, quien era más que su dama era su amiga. La vio llorar y aclamar por ella, lloraba al lado de su madre, Martha, quien la sostenía para que se aventara contra los guardias.

— ¡Piedad por mi señora! — gritaba — ¡Es inocente!

— Avanza — la empujaron a la princesa detenerse por su dama — ¡Avanza dije!

— ¡Está embarazada, Dios mío! — gritó Martha viendo a la princesa sucia y con la mirada vacía.

La llevaron a rastras hacia el salón principal del palacio, a los pies del rey. Allí, los representantes del pueblo la miraban asqueados, quién lo diría, una bella princesa convirtiéndose en una asquerosa mujerzuela a los pies del rey.

El rey Gusteau y su hijo estaban frente a ella, decididos a condenarla, sin ningún tipo de remordimiento por la escena. Eva sostenía su vientre frente a todas las miradas molestas, estaba protegiendo a su bebé pese a su estado, su vestido floreado dejaba ver muy bien su panza, le remarcaba la figura redonda haciendo elevar mucho más la furia del príncipe.

— ¡Silencio! — ordenó el rey ante los ataques hacia la mujer de rodillas.

— Mi señor — añadió Livene — Estamos listos para comenzar.

El rey dio una última mirada a la muchacha y a sus padres. Le habían dado todo el derecho a él de decidir el futuro de su hija, ellos ya no querían a la princesa con ellos.

— Damos inicio al juicio — dijo el juez con firmeza.

Reino de Garicia

Nombre: Eva de Mitros

Edad: 25

Rango: Princesa.

Acusada de: Adulterio.

El pueblo aclama: Muerte.

— Frente a nosotros tenemos a la que una vez fue princesa, futura reina de Garicia, Eva de Mitros, condenada por adulterio junto al príncipe Jone Pride. Acusada de traicionar a la realeza al confabular con el príncipe, no solo por adulterio, sino también a favor de un posible atentado contra el rey.

— Eso es mentira, yo no hice nada por-

— ¡Silenció! — ordenó el rey haciéndola callar.

— Según la ley — el juez leyó — A todo aquel que traicione al rey y al reino de Garicia será sentenciado a muerte al instante de proclamar la condena, sin embargo, frente a las modificaciones hechas años atrás por los reyes, a todo aquel que traiciones al rey será sentenciado a voluntad del pueblo siendo así llevado por dos posibles caminos: El calabozo o el destierro.

— Piedad — susurró la princesa de rodillas.

— No hay compasión por una adultera traicionera — soltó el príncipe al lado de su padre.

El bebé al fin se movía, por lo menos un rayito de esperanza se sembró en el corazón de Eva.

— Es así, como la primera sentencia deberá llevarse a acabo por los representantes del pueblo. Mi rey, si así lo ordena, le pido permiso para proceder con la condena.

El rey observó por última vez a la joven frente a él. Era una lástima que una chica como ella fuese una pecadora. Gusteau se dirigió a los padres de la anteriormente princesa. Ellos le dieron el permiso necesario para continuar, se veían decididos y avergonzados por su hija.

— Permiso concedido.

EL juez dio inicio a l juicio por el primer delito: Traición.

Los representantes del pueblo comenzaban a cuchichear entre ellos, mujeres y hombres iban a juzgarla, aquellos que alguna vez había ayudado.

— Declaro la destitución de Eva de Mitros como princesa y futura reina de Garicia. Todos sus derechos y privilegios han sido revocados a favor del juicio. De ser así, abogado, le cedo la palabra.

El abogado de la realeza tomó su portafolio y se dirigió hacia la enorme mesa sonde estaban los pobladores.

— Su alteza real, su majestad, juez presente y todos. Hoy estamos aquí denunciando traición al rey y al reino. Esta chica que aquí — la señaló — Es causante de las notables revelaciones reales para con nuestros enemigos, se revelaron estrategias y posibles alianzas que son una daga oxidada para el reino de Garicia. Dichas revelaciones traerán caos al pueblo, sus hijos no tendrán comida, volveremos a la época de muerte y sangre por los pasillos de sus casas. Seremos esclavos de reinos extranjeros a causa de una mujer, de esta mujer.

— Eso no es cierto — susurró sollozando.

— ¿Dejaremos a una mujer peligrosa en las calles? ¿Dejaremos que el reino se vea afectado por esta mujer?

— No, claro que no — susurraban.

— ¿Dejarán a sus hijos sin hogar? — habló llamando la atención de las mujeres quienes veían a Eva como una asquerosidad.

— Nunca.

A Eva nadie la defendía, le negaron cualquier defensa, era ella enfrentándose a un crimen que no había cometido, era ella sola contra su familia.

— Queremos pruebas — dijo un hombre sabio.

— Eso tendrán — respondió el abogado bajo la atenta mirada del rey quien asintió con la cabeza.

Las pruebas eran simples y concisas, había testigos que afirmaban hacer escuchado a Eva de Mitros confabular con sus enemigos.

— Requiero al primer testigo.

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