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Portada de la novela Cuando vuelvas conmigo

Cuando vuelvas conmigo

Nancy halla de forma inesperada un amor tan genuino y profundo que supera cualquier fantasía previa. No obstante, este vínculo se ve amenazado por un contexto violento y una realidad llena de matices peligrosos. Lo que debería ser plenitud se convierte en una lucha marcada por la incertidumbre y el riesgo constante. Para salvaguardar esta conexión vital, ella se verá obligada a enfrentar sus temores y sobrevivir en un entorno hostil que pone a prueba su valor.
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Capítulo 3

El hombre observó con detenimiento a la mujer que se encontraba todavía envuelta entre sus brazos. Parecía una universitaria, con los pantalones ajustados y rasgados en sus muslos, una blusa corta que dejaba al descubierto su abdomen y su piel canela. El cabello lo llevaba en una cola desordenada, con mechones salidos de ella, dándole un toque rebelde. Su piel morena se veía brillante y suave a contra luz. Sus labios rellenos y algunas pecas en sus pómulos le conferían un aire seductor y tierno. Sus ojos eran tan oscuros, que no sabía si eran negros o marrones, pero lo cierto era que eran grandes y brillaban en demasía.

Era bellísima, pero se veía muy joven para ser madre. Reparó en la imagen que se hizo de la niña y terminó comparándolas. Su hija no se parecía en nada a ella. Recordaba que los ojos de la pequeña eran muy azules y que sus rizos dorados llegaban hasta más abajo de sus hombros. Entonces dedujo que la niña debía parecerse a su padre.

De pronto, el hombre salió de su embalsamiento y se alejó de la mujer como si ella estuviese hecha de fuego. Se fajó su uniforme e hizo una leve inclinación, sujetando su arma con ambas manos.

-¿Se encuentra bien, señora?

Nancy reconoció la voz al instante, por lo que desvió la mirada un poco avergonzada. Ahí estaba su oportunidad de agradecerle por salvar a Vicky, pero ¿a dónde diantres había ido su voz?

-Estoy bien -le aseguró, esbozando una sonrisa ladeada-. Gracias por lo del otro día. No tuve oportunidad de agradecerte por salvar a Vicky.

-¿Qué le pasó a Vicky? -inquirió Carla.

-Estábamos en el parque y cruzó la calle sola. Por poco me vuelvo loca buscándola -Nancy soltó una risita nerviosa para nada graciosa-. ¿Puedes creer que le dijo a Liam y a Nathalie que ella ya era una chica grande?

Carla estalló en risas, no le parecía nada raro que la pequeña hiciera de las suyas y saliera después con un comentario de esos. Para ella, Victoria era un pequeño diablo.

-Ese diablo sí que los hace despertar, ¿eh?

-Es algo hiperactiva -fue lo que respondió Nancy, mientras el militar observaba a ambas chicas interactuar-. La abuela dirá que es porque Nat le deja comer mucho dulce.

-Dulce mis ovarios. Esa niña es el diablo encarnado en una carita de ángel y ojos hipnotizantes. Esos ojitos tan lindos no me engañan.

Esta vez fue Nancy la que soltó a reír sin poder contenerse, recordando todas las travesuras que Victoria le ha hecho a Carla, olvidando por completo que un hombre frente a sí la veía con un palpitar nuevo y desconocido en el pecho. 

Mason la vio reír y su corazón latió como nunca. No entendía por qué no podía apartar la mirada de ella, pero era imposible hacerlo, si reía y en sus mejillas se marcaban dos preciosos hoyuelos que acentuaba su belleza única. Era linda, joven y ¡casada!

«¡No olvides que es casada!», se reprendió, mascullando una maldición.

Sacudió la cabeza con fuerza y apartó la mirada de la mujer, repitiéndose que no debía involucrarse demasiado con alguna persona de la ciudad. En un par de meses se iría y, aunque hacia mucho no saboreaba la pasión de una mujer, no quería ganarse problemas. Debía seguir enfocado si quería llegar a un puesto más alto en el batallón.

-Mierda, vamos tarde -escuchó a una de las chicas maldecir mientras veía su teléfono-. Una vez más, gracias por salvar a Vicky. Acepto mi error, me confié demasiado y olvidé por completo que a los niños no hay que perderlos de vista ni un solo instante. Gracias a ti ella está bien y no le sucedió nada malo. Es un ángel.

Vio a la rubia codear a la morena y ambas rieron en complicidad, pero esa acción la pasó por alto, lo único que podía escuchar era su voz acariciando sus oídos.

-Solo debe tener un poco más de precaución. A los niños les gusta explorar y no saben medir el peligro.

-Le prometo que no volverá a pasar...

-Quien quisiera cuidar de ese demonio -masculló la rubia y su amiga le lanzó una mirada fulminante.

-Debemos irnos -resolvió la mujer -. Gracias.

-No es nada. Tengan un buen resto de día.

-Oye, aquí cerca hay un restaurante por si te gustaría pasar. La comida es deliciosa. Tú y tus compañeros quedarán encantados con ella, ¿no es así, Nancy? -la rubia lanzó las palabras con el fin de que su amiga se diera cuenta de las miradas que el sexi militar le estaba dando.

-Lo tendré presente.

-¡Por allí los esperamos!

-Vamos.

Nancy agarró a su amiga de la mano y se la llevó a paso rápido en dirección al restaurante. Sabía que ella era coqueta por naturaleza y no le pasó desparecido que se estaba insinuando al hombre.

-¿Qué haces?

-Caminar -respondió la rubia con toda la diversión e ironía que cabía en ella-. ¿No te diste cuenta?

-¿De qué?

Su amiga bufó, virando los ojos.

-Por despistada es que nunca consigues novio.

-Un novio no es prioridad en mi vida y tú lo sabes.

-Definitivamente, Dios le da pan al que no tiene dientes. ¿Eres ciega o qué? ¿No te diste cuenta de cómo te miraba ese papacito? -suspiró dramáticamente-. Yo quiero que me ligue uno así y tú ni siquiera sabes cuando un hombre te está admirando porque vives en la luna.

-Oh, una disculpa por no querer nada en este momento -dijo con diversión, girando la cabeza para ver al militar que seguía en el mismo lugar, dándose cuenta de que las seguía mirando-. No creo que me esté mirando a mí. Por favor, Carla, es obvio que te está mirando el trasero.

La rubia giró la cabeza y negó con rapidez.

-Te mira a ti y no te hagas la tonta que no lo eres, Nancy. Desde que te sostuvo en sus brazos no te apartó la mirada ni un segundo. Te detalló de pies a cabeza. Te desnudó con la mirada. Te hizo el Kamasutra completo y tú ni por entenderada.

-¡Oye!

-¡Es la verdad! -sonrió maliciosa-. ¿Por qué crees que le dije que fuera al restaurante? A los hombres hay que ayudarlos un poco. Hay que dejarles la carnada lista para que caigan y con gusto la devoren.

Nancy no hacía más que reír con fuerza. Su amiga siempre la animaba con sus comentarios en doble sentido.

-Si fuera cierto, no creo que vaya al restaurante por mí -soltó una risita, retomando su andar e incentivando a su amiga para agilizar los pasos-. Él debe tener a su novia o su esposa en casa esperándolo, así que no te hagas películas en la cabeza.

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