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Portada de la novela Cuando Te Olvide

Cuando Te Olvide

La conexión entre la artista Clara y el neurocirujano Noah parecía indestructible, hasta que un trágico accidente elimina los recuerdos de ella. Ante este vacío, Noah decide acompañarla en su recuperación sin forzar el pasado, enfrentando el dolor de ser un extraño para su gran amor. Mientras Clara intenta reconstruir su identidad, ambos descubrirán si el sentimiento es capaz de trascender la memoria y si el corazón puede elegir a la misma persona dos veces.
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Capítulo 2

La vida con Clara sucedía como la pintura que escurre por el lienzo: sin mapa, sin explicación, pero llena de propósito.

Noah, por primera vez en años, empezó a llegar tarde a las guardias. Nada drástico, pero lo suficiente para que sus colegas se dieran cuenta. Decía que era el metro o el tráfico en el puente, pero la verdad era otra. Era Clara. Siempre Clara. Pintando con camisetas anchas con frases bordadas a mano. Comiendo fresas con miel en lugar de cenar. Riéndose de películas antiguas en voz alta, como si nadie tuviera que dormir.

Era imposible calcular cuánto tiempo llevaban juntos. Nunca lo definieron. Simplemente sucedió. Empezó como curiosidad y se volvió presencia. Silencio. Rutina. Un tipo de amor que no hacía ruido, pero que se filtraba en todo.

Ella decía:

- Tú eres todo "del principio al final". Yo soy "de la mitad en adelante".

Él respondía:

- Tal vez por eso nos encontramos.

Un día, Clara llegó a su taller y encontró la ventana abierta. El frío de noviembre ya empezaba a cortar el aire, pero había un calor inesperado en el ambiente: una vela encendida, una nota sobre la mesa de trabajo y una taza de té de hibisco todavía caliente.

Tomó el papel con las yemas de los dedos manchadas de pintura:

"Siempre dices que el arte se hace de lo que sobra.

Yo soy lo que quedó de mí, después de ti."

- N.

Se apoyó en la pared, cerró los ojos y sintió las lágrimas llegar despacio, sin alarde, como quien reconoce un hogar.

Clara empezó a coleccionar las notas. Doblando cada una con cuidado, las guardaba en una caja de madera que antes contenía pinceles. La llamaba "nuestra voz fuera del cuerpo".

Algunas las respondía pegándolas detrás del espejo, otras las escondía en los bolsillos de la bata de Noah, entre las páginas de sus libros, o incluso escritas con lápiz labial en el vidrio de la ducha.

"Dices poco.

Pero cuando dices, me quedo sin aire."

"Hay días que te amo solo con la mirada.

Porque cualquier palabra sería menos de lo que siento."

"Si esto es un sueño, no me despiertes.

Si es verdad, que dure más que cualquier recuerdo."

Una noche, acostada sobre su pecho, Clara dijo:

- Cuando era niña, dibujaba el mismo rostro sin saber de quién era.

- ¿Y ahora lo sabes?

Ella sonrió.

- Creo que era el tuyo.

Noah no respondió. Solo entrelazó sus dedos con los de ella. Fue entonces cuando se dio cuenta: estaba, de verdad, entero con alguien. Por primera vez, no había miedo.

Su relación estaba llena de pequeños rituales. Uno de ellos era el de la "palabra del día". Cada mañana, Clara elegía una palabra que definía su humor o su energía, y la pegaba en algún lugar visible: un espejo, la nevera, el celular de Noah.

Brisa.

Vértigo.

Ensoñación.

Raíz.

Resquicio.

Y él respondía con otra palabra al final del día. Era una danza silenciosa. Una coreografía hecha de letras.

Un día ella pegó "Huida".

Él respondió con "Quédate".

También fue Clara quien le enseñó cosas que nunca había hecho: andar descalzo por la calle, bañarse bajo la lluvia sin quejarse, comer mango con cáscara, acostarse en el suelo del taller con la música alta y los ojos cerrados.

Él se reía de esas cosas. Al principio. Después, empezó a esperarlas.

- Me desaceleras - le dijo un día en que la ciudad parecía ir demasiado rápido.

- Tú me anclas - respondió ella, apoyando su frente en la de él. - Somos lo opuesto de la prisa.

La tercera vez que él se quedó a dormir en el taller, ella le ofreció un cajón vacío.

- Es oficial. Ahora vives aquí poco a poco.

Noah se rió.

- Voy a necesitar un permiso firmado para dejar mi cepillo de dientes.

Ella fingió pensarlo.

- Te doy el permiso... con una condición.

- ¿Cuál?

- Que me dejes amarte con prisa, cuando quiera.

Él no lo entendió. Pero aceptó.

Noah estaba aprendiendo que el amor con Clara no se hacía de promesas solemnes, sino de momentos plenos. Presentes. Sin garantías. Sin temor.

La víspera de su cumpleaños, Clara dijo que no quería fiesta.

- Quiero un día contigo. Solo eso.

Él la llevó a un museo. No al MET, ni al MoMA. Un pequeño espacio en Queens, escondido entre edificios y ferreterías. Allí dentro, cuadros olvidados, esculturas sin firma y un silencio bueno.

En medio de la visita, ella se detuvo frente a una escultura de mármol rota. Un busto femenino, sin nariz, con grietas por toda la lateral.

- Eso soy yo - dijo.

- ¿Por qué?

- Porque siempre estoy inacabada. Y aun así... lo siento todo.

Noah no dijo nada. Tomó su mano. Y pegó un papel doblado en la base de la escultura:

"Si es para amar,

que sea así:

incluso con las grietas,

o tal vez, por ellas."

- N.

Clara lo besó ahí mismo, con los ojos húmedos y el corazón fuera del pecho.

No sabían, pero estaban viviendo la mitad de una historia que tendría un final brutal.

Y quizá por eso - o por alguna urgencia del destino -, todo entre ellos parecía más intenso. Como si el universo intentara esculpir recuerdos antes del vacío.

Esa misma semana, ella pintó su retrato en acuarela. No era literal. Los ojos eran una mancha azul profundo y los hombros parecían parte del horizonte.

Lo llamó "Inicio de mí".

Él se quedó en silencio un rato. Después dijo:

- Nunca me vi así.

- Yo sí te veo. Incluso cuando tú no puedes.

Y fue allí, en un atardecer cualquiera de un domingo sin acontecimientos, que él susurró:

- Te amo.

Clara no respondió de inmediato. Solo sonrió. Tomó un pincel. Y escribió en el suelo, con pintura roja, una frase enorme que ocupaba toda la esquina del taller:

"Yo también te amo.

Pero con color.

Con prisa.

Y con todo lo que puede desaparecer."

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