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Portada de la novela Cuando la Venganza es la Única Opción

Cuando la Venganza es la Única Opción

Lo que inició como un enlace estratégico entre Alejandro de la Vega y yo, terminó en humillación pública cuando él me cambió por Valentina. Tras ser el blanco de burlas de la élite, decidí vengarme con frialdad. En plena Navidad, anuncié mi embarazo y le exigí el divorcio, destrozando su imagen. Tres años después, resurjo triunfante. Al saber que es padre, Alejandro implora mi perdón, pero mi voluntad es inquebrantable: ya no le pertenezco.
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Capítulo 2

Mi matrimonio con Alejandro de la Vega era un acuerdo perfecto, una fusión de la vieja aristocracia vinícola y el nuevo poder inmobiliario de Madrid. El imperio Mendoza y el grupo de la Vega, unidos. Se basaba en el respeto, en el poder y, con el tiempo, en un afecto tranquilo y ordenado.

Yo, Sofía Mendoza, creía en los límites. Creía en la santidad de nuestro pacto.

Hasta esa noche.

Íbamos a una gala benéfica en el Teatro Real, un evento clave en el calendario social de Madrid. Mi chófer me dejó frente a la oficina de Alejandro. Esperé a que bajara.

Cuando salió del portal, no venía solo.

A su lado caminaba una chica joven, Valentina Rossi, su nueva becaria. Y entonces lo vi. Alejandro le abrió la puerta del copiloto de su Jaguar E-Type clásico, un coche que era casi tan sagrado como nuestros votos matrimoniales.

Ese asiento era mío. Siempre había sido mío.

Me quedé helada, con la mano en la puerta de mi propio coche. El chófer me miró por el retrovisor, esperando instrucciones.

Observé cómo Valentina se deslizaba en el cuero color crema, mi sitio. La vi sonreírle a Alejandro, una sonrisa llena de una inocencia tan falsa que casi podía olerla.

Alejandro me vio y su expresión no cambió. Se encogió de hombros, como si fuera algo sin importancia.

Respiré hondo. Salí de mi coche y caminé hacia el Jaguar. Mis tacones resonaban en el silencio de la calle.

No miré a Alejandro. Me detuve junto a la puerta del copiloto y la abrí.

Valentina me miró, con los ojos muy abiertos, fingiendo sorpresa.

"Valentina", dije, con una voz calmada, casi dulce. "Qué sorpresa. ¿Podrías pasar al asiento de atrás, por favor? Ese es mi sitio".

El color desapareció de su cara. Tartamudeó algo, mirando a Alejandro en busca de ayuda.

"Sofía", dijo Alejandro, su voz teñida de impaciencia. "Es solo un asiento. No seas dramática, llegamos tarde".

Me giré para mirarlo por primera vez. Lo miré fijamente a los ojos.

"No es solo un asiento, Alejandro. Es mi asiento".

El silencio se hizo denso. Valentina, entendiendo que no iba a recibir ayuda, salió torpemente del coche y se metió en el diminuto asiento trasero.

Yo ocupé mi lugar. Cerré la puerta con un clic satisfactorio.

El resto del camino al teatro fue en silencio. Podía sentir la tensión de Alejandro, su desaprobación. Pero no me importaba. Se había cruzado una línea.

Más tarde, en casa, después de la gala, intentó minimizarlo.

Me abrazó por la espalda mientras yo me quitaba las joyas frente al espejo.

"Has estado tensa toda la noche", susurró contra mi pelo. "Era solo una becaria. No significaba nada".

Me giré para enfrentarlo.

"Significaba que rompiste una regla, Alejandro. Nuestro espacio es nuestro. Hay límites que no se cruzan, ni siquiera por lástima o por conveniencia".

Él suspiró, frustrado.

"Está bien, Sofía. Tienes razón. No volverá a pasar. Te lo prometo".

Me besó, un intento de sellar la paz. Le devolví el beso, pero algo se había roto. Era una grieta fina, casi invisible, pero yo sabía que estaba ahí. Y sabía que la responsable de esa grieta ahora trabajaba a pocos metros de mi marido cada día.

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