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Portada de la novela Cuando la noche cae

Cuando la noche cae

Anne es una huérfana que ha dejado atrás su anhelo de ser enfermera para abrazar la vida religiosa en un convento. Todo cambia cuando debe atender al gélido ministro de justicia, Alphonse Roux, cuyas visitas al hospital esconden motivos oscuros. Lo que empieza como una labor de sanación se transforma en una conexión prohibida que Anne teme, pero que él busca poseer. Juntos enfrentarán una trama letal de pasión y misterio en las sombras de un París acechante.
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Capítulo 2

—Alphonse, si tanto quieres a esa chica, has que desista de esa idea, no pierdes nada con intentarlo.

Arquee levemente mi ceja, fingiendo que no le he escuchado con claridad, mi padre río levemente y se acercó a mí, diciéndome que debería confesar mis sentimientos a Anne, pero sé que eso no va a cambiar nada, porque es cierto que mi cuerpo le atrae, pero no significa que sienta algo romántico por mí, al fin y al cabo... ella es una humana y también reacciona a las cosas que le gustan. Sé que debería resignarme y dejarla ir, pero ¿Cómo dejas ir entre tus dedos a la persona que has protegido por años? La he visto crecer, al menos por un tiempo y ahora que la vuelvo a ver, me he enamorado más de ella, se ha convertido en una joven preciosa y maravillosa, con un corazón puro y sincero.

—Vamos hijo, eres un Roux, no dudo que la joven caiga rendida a tus pies.

Desde que fue convertido en vampiro, el carácter de mi padre ha cambiado drásticamente, pasó de ser un hombre serio, recatado y en ocasiones callado, a ser uno muy ligero al hablar, libertino y muy alegre, pero pese a ser una criatura de la noche, sigue siendo devoto a Dios y sigue respirando su matrimonio con mi madre.

—No quiero atraerla por mi apellido, quiero que se fije en mí porque de verdad siente algo hacia mi persona, no por mi dinero.

Al ver que va a seguir hablando del tema de Anne, opto por irme a descansar, mañana tengo mucho trabajo en el palacio de justicia y en la noche me toca hacer mis rondas, así que me he despedido de mi padre, que no dejaba de decirme que me confiese a Anne y que incluso, podría hacer que ella caiga completamente rendida a mis brazos, pero no pienso usar mis poderes para enamorala, si ella acepta estar conmigo, es porque así lo desea, no porque yo la he manipulado.

A la mañana siguiente hago mi rutina de siempre, incluso en la noche, espero no encontrarme con nada desagradable, no quiero que Anne tenga que pasar un mal momento por mi culpa como ha pasado los últimos días; sé que ella tiene muchas preguntas, pero es mejor mantenerla al margen de todo, tengo miedo que, si le cuento la verdad sobre mi naturaleza, ella se va a alejar de mí para siempre y no podría soportarlo.

—Miedo.... hace tiempo que no sentía esto.... es extraño que esta palabra resuene en mi cabeza como un eco interminable.

Decido no mortificarme más y hacer mis rondas, para calmar las aguas, he empezado a fumar un cigarro, con la esperanza de poder tranquilizarme, pero es algo que no consigo, no me gusta sentirme de esta forma.... yo... realmente estoy muy, pero muy enamorado de Anne y no entiendo por qué.

Anne.

-Esa mañana-

Estoy recogiendo mis cosas para irme al hospital como todas las mañanas de los jueves, pero me quedé hasta tarde estudiando y me ha costado mucho trabajo levantarme; normalmente voy solo tres veces a la semana al hospital Nueva Esperanza, pero como estoy a poco de graduarme de enfermera, he tenido que abarcar más días de práctica.

—Anne, ya se te está haciendo tarde… recuerda que el chofer no espera eternamente— Escucho a la distancia la voz de una de las hermanas.

Por la presión que siento por parte de la hermana y que además de que se me ha hecho tarde, no recuerdo con claridad lo que tengo que llevar, así que tomo una gran bocanada de aire y me detengo por unos instantes, me relajo un poco y despejo mi mente, poco a poco voy organizando mis ideas y empiezo a guardar todo lo que tengo que llevar para luego colocarlo sobre mi maletín de cuero.

Con todo listo, salgo de mi cuarto y empiezo a caminar por los largos y anchos pasillos del convento, mis pasos resuenan sobre el piso de piedra haciendo eco por el lugar, en mi camino me encuentro con varias hermanas que me saludan de forma amable, pero de lo apurada que estoy, simplemente alcanzo a hacerles un ligero movimiento de cabeza que las palabras las tengo atoradas en la garganta.

Gracias a que estoy en el convento se me ha dado la hermosa oportunidad de poder estudiar, ya que de lo contrario estaría en la calle debido a que soy huérfana, pero para ser honesta, no siento el llamado del Señor y no creo que convertirme en monja sea mi destino ni mi vocación, tengo miedo de decirle esto a la madre superiora, no quiero decepcionarla, en especial porque ella ha sido una madre para mí. Yo sueño con tener una familia, casarme... no quedarme en el convento.

Llego a la entrada principal y me encuentro con el chofer, el señor Williams, un hombre de mediana edad. Al notar mi presencia, me mira con reproche y me regaña, como siempre, diciéndome que vamos tarde y que hoy tiene que hacer unos mandados, me disculpé repetidas veces con el señor.

Me abre la puerta del carruaje y me subo enseguida, en el camino tomo mi rosario entre mis manos y me pongo a rezar, pidiéndole a Dios que en el hospital no haya tantos enfermos como la última vez. Una vez que termino de rezar, guardo mi pequeño rosario de cuencas de madera y miro por la ventana, el cielo está algo despejado, pero parece que puede llover en el transcurso del día.

Luego de un rato alcanzo a ver el hospital a la distancia, cierro los ojos brevemente y lanzo una última oración al Señor, pidiéndole desde el fondo de mi corazón que hoy sea un día tranquilo. La carroza se detiene y el chofer abre la puerta para después ofrecerme su mano para que baje.

—Espero te vaya bien hoy Anne, recuerda esperarme en la entrada del hospital, nada de irte por tu cuenta como la última vez, que la madre superiora me dio un buen regaño.

—Sí y lamento que le hayan regañado por mi culpa, le prometo que esta vez no iré a ningún lugar señor Williams

Asiente con la cabeza feliz para luego entregarme mi maleta con mis cosas. Me despido de él una vez más y me dirijo al hospital. Mientras ando por los pasillos, saludo a todos de forma cordial y amable; he alcanzado a escuchar que algunas de mis compañeras piensan que es una lástima que me vuelva monja, no me lo dicen directo a la cara, pero cuchichean en voz muy alta.

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