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Portada de la novela Cuando el Sufrimiento Baila un Tango

Cuando el Sufrimiento Baila un Tango

Máximo disfrutaba de mi agonía, tratándome como un objeto de su retorcida obsesión. La verdad salió a la luz al hallarse sus poemas sádicos, pero su crueldad no tuvo límites: me abandonó herida para salvar a Isabella y me forzó a ingerir alérgenos. Tras permitir que me atacaran y robaran, exigió mi sangre para su amante. Accedí a cambio de mi libertad y, tras el divorcio, huí a París. El amor se extinguió; ahora solo busco empezar de nuevo lejos de su sombra.
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Capítulo 2

Lina Salazar y Máximo Castillo habían estado al borde de la separación noventa y nueve veces.

Su relación era un ciclo vicioso. Máximo, usando pretextos insignificantes, la amenazaba con romper, solo para disfrutar del poder de ver a Lina, consumida por su amor, suplicarle que se quedara. Cada reconciliación era una victoria para su ego.

La vez número cien, después de una humillación pública en una de las milongas más famosas de Buenos Aires, Lina decidió no volver a suplicar.

Su punto de quiebre no fue la falta de amor de Máximo, sino el descubrimiento de una caja de madera tallada en su bodega personal.

Dentro no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por Máximo, detallando su obsesión por ella desde que la vio bailar por primera vez.

Los poemas revelaban una verdad escalofriante: su crueldad no era indiferencia, sino un sádico deleite en su devoción y sufrimiento. Él disfrutaba viéndola luchar por su amor.

Este descubrimiento la liberó, dándole la fuerza para cortar los lazos definitivamente.

La historia comienza en una prestigiosa milonga de San Telmo. Máximo, en un arrebato de celos porque Lina aceptó bailar una tanda con un viejo amigo, la humilló públicamente y declaró que su relación había terminado, por centésima vez.

Él esperaba su habitual súplica, pero esta vez, Lina, con el corazón roto pero la dignidad intacta, simplemente se dio la vuelta y se fue.

De vuelta en el lujoso apartamento que compartían, mientras empacaba sus pocas pertenencias, Lina tiró a la basura el vestido rojo que él tanto amaba, los zapatos de tango que le regaló y una foto enmarcada de ambos. Cada objeto era un recordatorio de un amor que ahora sabía que era una mentira.

En el fondo de su armario, se topó con una llave que siempre había visto en el llavero de Máximo. Por impulso, la usó para abrir una antigua caja de cedro en la bodega personal de él.

Dentro, encontró docenas de poemas escritos en papel fino. Eran de Máximo, para ella. Describían su admiración por su baile, la belleza de su vestido rojo en una fiesta, y su retorcido placer al verla celosa o desesperada por su atención.

La obsesión de Lina por Máximo había comenzado años atrás, cuando él, un empresario inalcanzable, la vio bailar en una pequeña milonga de La Boca. Ella, una simple bailarina, se enamoró de su poder y su misterio. Luchó durante un año para conseguir una cita, creyendo que su amor podría derretir el hielo que lo rodeaba.

Un poema decía: "Casi cedí hoy, cuando me rogó que no la dejara. Pero esperaré. El sabor de su desesperación es más embriagador que cualquier Malbec".

Lina se dio cuenta de que su amor no era un refugio, sino una jaula diseñada para su entretenimiento. Las noventa y nueve rupturas anteriores no fueron por celos o malentendidos. Fueron juegos. Juegos para verla suplicar.

Armada con esta nueva y dolorosa verdad, supo que esta vez no habría súplica. No habría reconciliación.

Al salir del edificio, el chófer de Máximo, que había venido a recogerlo, casi la atropella al arrancar bruscamente.

Máximo, desde el asiento trasero, bajó la ventanilla. Sin mirarla, le ordenó al chófer que lo llevara a una cata de vinos con sus socios e Isabella Ramírez, su amiga de la infancia.

La dejó en la acera, herida en la rodilla y el alma.

En su pequeño apartamento en La Boca, mientras se curaba la rodilla raspada, se dio cuenta de que había perdido un pequeño amuleto de plata, una medalla de la Virgen de Luján, el único recuerdo de su abuela fallecida.

Recordó que Isabella lo había admirado días antes, durante una cena en el apartamento de Máximo.

Con el corazón en un puño, llamó a Máximo.

Él contestó, su voz fría y distante. "¿Estoy ocupado, Lina. Qué quieres?"

"Mi medalla", dijo ella, su voz temblando. "La de mi abuela. La he perdido. ¿Está en el apartamento?"

Hubo una pausa. "Ah, eso. Se la di a Isabella. Le gustó mucho".

"¿Qué? ¡Máximo, era de mi abuela!"

"Era solo una baratija, Lina. Te compraré una docena. Por cierto, Isa ya la ha perdido. No te preocupes por eso".

Colgó, dejándola con el grito ahogado en la garganta.

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