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Portada de la novela Cuando el Recuerdo Regresa: Mi Guerra por el Divorcio

Cuando el Recuerdo Regresa: Mi Guerra por el Divorcio

Al despertar de un coma sin recuerdos de los últimos siete años, descubro que mi talento culinario desapareció y soy el esposo humillado de Luciana Salazar. Tras verla salvar a su socio Kieran mientras yo moría ahogado, mi amor se extinguió. Rescatado por una extraña, confronto a Luciana públicamente para exigir el divorcio. No seré más su juguete; recuperaré mi honor e identidad en una guerra total contra quienes intentaron pisotear mi dignidad.
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Capítulo 2

Desperté con el olor a antiséptico y el pitido constante de una máquina a mi lado. La luz blanca del techo me lastimaba los ojos. Me dolía la cabeza, un dolor sordo y profundo que no me dejaba pensar con claridad.

Una enfermera entró en la habitación. Me sonrió con profesionalismo.

"Señor Castillo, qué bueno que despertó. Está en el hospital de Viña del Mar. Tuvo un accidente."

Accidente. La palabra no significaba nada para mí. Lo último que recordaba era el sabor del pisco sour y la risa de mis compañeros. Estábamos celebrando nuestra graduación de la escuela de gastronomía. Yo tenía veinte años y el mundo por delante.

Intenté sentarme, pero un dolor agudo en la muñeca me detuvo. Tenía un vendaje grueso. Miré mis brazos, mi cuerpo. No era el cuerpo de un joven de veinte años. Era más robusto, con cicatrices que no reconocía.

"¿Qué pasó?", pregunté, mi voz ronca.

"Intentó quitarse la vida, señor. Mezcló pastillas y alcohol. Lo encontramos a tiempo."

La información me golpeó. Suicidio. Yo. ¿Por qué haría algo así? No tenía sentido. Mis sueños, mi pasión por la cocina...

Una mujer alta y delgada, vestida con un traje impecable, entró sin llamar. Su mirada era fría, casi despectiva.

"Soy la asistente de la señora Luciana Salazar. Su esposa."

¿Esposa? ¿Luciana Salazar? El nombre me sonaba vagamente, como el de una celebridad o una figura pública.

"La señora está muy ocupada con la vendimia y un negocio importante con el señor Sanderson. No ha podido venir a verlo", dijo con un tono que dejaba claro que mi estado era una molestia. "Me pidió que le informara que, una vez que le den el alta, el chofer lo llevará de vuelta a la mansión."

Me quedé en silencio, procesando. Siete años. Había perdido siete años de mi vida. Y en esos siete años, me había casado con una mujer que no se molestaba en visitarme en el hospital después de un intento de suicidio. Me había convertido en alguien que quería morir.

La asistente me miró con desdén. "La señora espera que no vuelva a montar una escena como la de la fiesta. Fue muy vergonzoso."

"¿Qué escena?", pregunté.

"Usted le suplicó que no lo dejara solo para ir a ayudar al señor Kieran. Hizo un escándalo. Luego se fue y... bueno, ya sabe el resto."

Sentí una oleada de asco. No por ella, sino por el hombre que describía. Un hombre que suplicaba, que montaba escenas. Un perro faldero. Ese no era yo. El Víctor que yo recordaba, el de veinte años, preferiría morir antes que humillarse de esa manera por nadie.

Y al parecer, casi lo había logrado.

Una vez que me dieron el alta, un auto de lujo me llevó por la costa, desde Viña del Mar hacia el Valle de Casablanca. El paisaje era hermoso, pero yo me sentía un extraño. El chofer me dejó frente a una mansión imponente, rodeada de viñedos que se perdían en el horizonte.

La casa era fría y silenciosa. Mármol, cristal, obras de arte carísimas en las paredes. No había ni una sola foto mía, ni un solo objeto personal que reconociera. Era la casa de Luciana Salazar, y yo solo era un invitado no deseado.

Subí a la que, supuestamente, era mi habitación. Era enorme, con una cama gigante y un ventanal con vistas al valle. En el clóset, ropa de diseñador que no me representaba. En el baño, productos caros que nunca habría comprado.

Me senté en el borde de la cama, sintiéndome completamente fuera de lugar. ¿En qué me había convertido?

Horas después, escuché el sonido de un auto. Me asomé por la ventana. Una mujer deslumbrante bajó de un deportivo. Era alta, con el pelo negro y largo, y se movía con una seguridad que intimidaba. Luciana Salazar. Mi esposa.

Subió directamente a la habitación. No me miró. Dejó su cartera sobre un sillón y comenzó a quitarse los aros.

"Espero que hayas aprendido la lección", dijo, su voz tan fría como su casa. "No vuelvas a hacerme pasar una vergüenza así."

La miré sin decir nada. No sentía el amor desesperado que la asistente había descrito. Solo sentía una extraña curiosidad y un profundo rechazo. Era hermosa, sí, pero su belleza era dura, cortante.

"¿No vas a decir nada? ¿Otro de tus numeritos de silencio para llamar la atención?", insistió, finalmente volteando a verme.

Su expresión cambió ligeramente al encontrar mi mirada. Esperaba ver sumisión, arrepentimiento. En cambio, encontró a un extraño.

"No estoy haciendo ningún numerito", respondí con calma. "Simplemente no sé quién eres."

Ella soltó una risa seca, sin una pizca de humor.

"Ah, ahora vas a hacerte el amnésico. ¿Qué sigue, Víctor? ¿Vas a fingir una enfermedad terminal para que te preste atención?"

Se acercó, su perfume caro invadiendo mi espacio. Su cercanía me incomodaba.

"No te creo. Siempre estás buscando formas de manipularme. Culparme por lo que pasó con Kieran, como siempre."

"¿Kieran?", pregunté, el nombre me sonaba de la conversación con su asistente. "El tipo por el que me dejaste tirado."

"Kieran es mi socio. Y mi amigo. Tenía un problema y necesitaba mi ayuda. Algo que tú, con tus celos infantiles, nunca has entendido."

Se acercó más, su mano se posó en mi pecho. Intentó besarme. La aparté bruscamente, con más fuerza de la que pretendía.

"No me toques", dije, mi voz sonando más dura de lo que esperaba.

Ella me miró, ahora sí, completamente sorprendida. El shock en sus ojos era real. Nunca antes la habían rechazado.

"¿Qué te pasa?", siseó.

Le mostré el vendaje en mi muñeca. "Esto me pasa. Esto es real. No es un acto. Y tú ni siquiera te molestaste en llamar al hospital."

Se quedó callada por un momento, su mirada fija en el vendaje. Por un instante, creí ver un destello de algo, ¿culpa quizás? Pero desapareció tan rápido como llegó.

"No tenía tiempo para tus dramas", respondió, recuperando su compostura.

Se dio la vuelta y se fue al baño, cerrando la puerta detrás de ella. Me quedé solo en la habitación, el silencio roto solo por el sonido del agua corriendo.

La confirmación era absoluta. Mi vida era un infierno. Y esa mujer era la guardiana de sus puertas.

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