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Portada de la novela Corazones del Olimpo: Hija de Cupido

Corazones del Olimpo: Hija de Cupido

Axelia, heredera de Eros y Psique nacida en el seno de Afrodita, es una deidad de la atracción con dones excepcionales. Dotada con la sabiduría de Atenea y una belleza sin igual, la joven diosa debe abandonar el Olimpo para cumplir una tarea vital en el reino de los hombres. Al asumir el rol de su padre como nuevo Cupido, su objetivo es eliminar el egoísmo de la humanidad y forjar vínculos auténticos que logren superar cualquier interés personal.
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Capítulo 2

¿Qué harías si los dioses conspiraran en tu contra?

Está bien, lo sé. Esa no es la realidad, pero es así como se siente.

-Por favor, mamá... -rogaba insistentemente mientras nos dirigíamos al salón principal de la casa de Eros para encontrarme con mi padre-. No quiero ir a la Tierra.

-La decisión ya está tomada, así que entra. Tu padre debe estar esperándote -señaló la imponente puerta frente a nosotras.

Resignada, atravesé la puerta bruscamente y me encontré al otro lado con Atenea y mi padre.

-¿Me llamaste? -me dirigí a mi padre, aunque la respuesta era obvia.

-Sí, como tu madre te habrá informado, serás enviada a la Tierra -me miró seriamente.

-Aún no lo entiendo. ¿Por qué tienen tanto empeño en salvar a esas personas? Sus almas están tan corrompidas que deberían entregárselas a Hades. Seguro él les daría mejor uso -murmuré, dejando escapar mis pensamientos más oscuros.

Mi padre me observó durante unos segundos, analizándome.

-Créeme, lo he considerado, pero todos merecen una segunda oportunidad, Axelia. Por eso te envío a ti.

-No creo estar lista.

-Sí lo estás -afirmó.

-¿Qué te hace estar tan seguro?

-Nunca se puede tener certeza absoluta sobre algo, mi pequeña, incluso siendo un dios -rió levemente-, pero si de algo estoy seguro, es de que serás lo suficientemente capaz para manejar esto -colocó su mano sobre mi hombro-. En algún momento esto iba a suceder. Sé que será difícil tomar mi lugar, pero te has preparado toda tu vida para esto.

Lo miré a los ojos y le dediqué una sonrisa, pequeña pero genuina.

-¿Y si fracaso? ¿Qué ocurrirá si no soy lo suficientemente buena para salvarlos? Padre, no puedo enfrentar esto sola.

Atenea nos interrumpió.

-Lamento interrumpir su emotivo momento, pero he considerado esto con mucho cuidado. Ya que serás enviada a la Tierra, he decidido enviar a mi hijo contigo para que aprenda sobre la cultura humana. Como diosa de la Sabiduría y como madre, sé que juntos se cuidarán bien.

La idea no me terminaba de convencer. Ethos y yo nunca habíamos tenido ningún tipo de contacto.

-Con todo respeto, Atenea, no creo que sea una buena idea -dije, balbuceando.

-Lamento decirte que ya hemos tomado una decisión y nada nos hará cambiar de opinión. Saldrán mañana por la mañana, así que es mejor que te prepares.

Terminó de hablar, dejándome con la palabra en la boca y sin opción para quejarme.

¿Acaso no tomarían en cuenta mi opinión sobre este asunto?

-Ya lo has escuchado -la voz de mi padre me sacó de mis pensamientos.

Asentí con la cabeza, dando por terminada aquella conversación, y me encaminé hacia mis aposentos.

---

El día en que seríamos enviados a la Tierra había llegado.

Como si se tratara de una marcha fúnebre, comencé a caminar hacia el salón principal.

Una imponente puerta de roble se alzaba frente a mí.

Respiré profundamente, conteniendo el aliento por unos segundos, para luego exhalar en un suspiro sonoro.

-Vamos, Axelia, puedes hacerlo -estaba a punto de entrar cuando alguien se acercó a mi lado.

-¿Nerviosa? -era la primera vez que Ethos me dirigía la palabra, su voz resonaba grave.

-¿Se nota mucho?

-Sí -sonrió ampliamente, revelando un hoyuelo en su mejilla.

Ahora que lo observaba de cerca, podía detallarlo perfectamente: sus ojos eran azules como el cielo, su cabello era castaño oscuro con algunos rizos, al igual que su madre, y su piel tenía un tono bronceado que parecía casi dorado si dejabas volar la imaginación.

-Creo que deberíamos entrar. ¿Estás lista?

-Sí... Solo dame unos segundos para mentalizarme. -Respiré profundamente, intentando calmar mis nervios, y exhale lentamente. Era ahora o nunca-. Estoy lista.

Ethos asintió y abrió la imponente puerta. Al otro lado estaban mis padres, Atenea y Afrodita.

-Finalmente han llegado -habló mi padre-. ¿Están listos?

-No, pero no tenemos opción -respondió Ethos irónicamente. Mi padre solo sonrió.

-¿Por qué no llevan nada? -preguntó Afrodita.

-La verdad es que no me gusta la ropa de los mortales, es... ¿Cómo decirlo? -traté de buscar las palabras correctas.

-¿Fea? ¿Rara? -intervino Ethos.

Afrodita rió.

-En cierto modo, sí, pero no pueden ir desnudos ni con túnicas en el mundo humano, lamentablemente. Recuerden que deben pasar desapercibidos y eso no está bien visto en su sociedad -nos recordó Afrodita-. No se preocupen, yo los ayudaré con eso.

Con un chasquido, nuestra vestimenta fue reemplazada por ropa humana, nada extravagante pero funcional.

-Espero que les guste.

Observé mi atuendo. "No está mal", pareció coincidir Ethos conmigo.

-También tenemos algo para ustedes -esta vez habló Atenea.

Se acercó a su hijo.

-Ethos, hijo de Atenas, dios de la guerra y la sabiduría, acércate -ordenó.

Atenea hizo aparecer un collar de plata con una hermosa piedra roja redondeada.

-Cuando te sientas solo o asustado, no dudes en pedir mi ayuda. Este collar te protegerá y guiará tu camino cuando te sientas perdido. Confía en él, pues su magia es tan antigua como el propio universo conocido.

Atenea colocó el collar a Ethos y luego lo abrazó fuertemente.

-Axelia, hija de Eros, diosa del amor correspondido y la atracción sexual -mi padre me llamó-. Sé que tomar mi lugar será difícil. Aún recuerdo la primera vez que lancé una flecha a una persona... La verdad es que las cosas no salieron muy bien -comenzó a reír-. Pero tú tienes un don y sé que lo harás mejor que yo. Le pedí a Hefesto que creara un arco especial para ti. Puede transformarse en un brazalete, pensé que sería más cómodo y discreto de esa manera -me entregó el brazalete/arco-. Estas son flechas especiales. Cualquier humano o dios que sea herido por ellas quedará instantáneamente bajo el efecto de Cupido.

-¿Y por qué son especiales?

-Porque, como dije, cualquier dios o humano que las reciba se enamorará, pero no tendrán efecto en ti.

-Entonces, no importa cuántas veces me hiera con ellas, no me enamoraré por estar bajo su efecto, ¿verdad?

-¡Exacto! Son como flechas de entrenamiento.

-Muchas gracias.

-Bien -interrumpió Afrodita-. Creo que es hora de que emprendan el viaje, o el Olimpo se inundará de lágrimas.

-Tienes razón -coincidió Atenea.

-¿A dónde iremos? -preguntó Ethos.

-Irán a una pequeña ciudad que no tiene nada de especial, pero será un buen comienzo para ustedes. Se hospedarán con una familia de clase media. Hécate ha hecho creer a la familia que son estudiantes de intercambio. Está de más decir que creen que son humanos, así que actúen como adolescentes normales y no permitan que descubran lo que son.

"Genial."

-Bueno, eso es todo. Espero que sus misiones sean exitosas -dijo Atenea.

Atenea abrazó por última vez a su hijo y yo abracé a mi padre.

-Espero que la cuides bien, o te atravesaré con una flecha, y no será precisamente para que te enamores. -susurró mi padre a Ethos, quien tragó saliva.

-No se preocupe, la cuidaré con mi vida -respondió Ethos con firmeza y luego tomó mi mano.

-Es hora de irnos -dije, y comenzamos a dirigirnos al portal.

Adiós, lujos del Olimpo, los extrañaré.

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