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Portada de la novela Corazón Roto en la Cancha

Corazón Roto en la Cancha

Sofía comprende que el fútbol esconde una red de engaños cuando Valeria, su compañera, y Ricardo, su pareja y capitán, la traicionan. Tras ganar un partido, descubre un plan perverso: ambos explotan su talento para obtener el trofeo antes de abandonarla. Al ver su romance oculto y sus mofas, la inocencia de Sofía se apaga. Impulsada por el resentimiento, decide abandonar su papel de víctima para ejecutar una fría venganza y obtener justicia.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, el sol entraba por mi ventana, pero yo no sentía su calor, pasé la noche en vela, repasando cada detalle de la traición, el dolor inicial se había transformado en una furia fría y decidida, llegué al campo de entrenamiento antes que nadie, esperé a Ricardo junto a la puerta de los vestidores, con una carta en la mano.

Cuando llegó, silbando una canción alegre, su sonrisa se borró al verme, supo al instante que algo andaba mal.

"Sofi, ¿qué pasa? ¿Por qué esa cara?"

"Quiero salir del equipo, Ricardo."

Mi voz sonó firme, sin rastro de la debilidad que sentía por dentro, él parpadeó, confundido, luego soltó una carcajada.

"¿Qué? ¿Es una broma? No puedes irte ahora, estamos a punto de jugar las finales."

"No es una broma", le dije, extendiéndole la carta, "Esta es mi renuncia oficial."

Él la miró sin tomarla, su expresión cambió de la confusión a la irritación, "Deja de hacer drama, Sofía, sea lo que sea que te moleste, lo arreglaremos después del campeonato, ahora concéntrate."

Justo en ese momento, Valeria llegó, al vernos, una sonrisa maliciosa cruzó su rostro por una fracción de segundo antes de poner una expresión de falsa preocupación, se acercó y, sin ningún pudor, le dio un beso a Ricardo en la comisura de los labios, un gesto rápido pero inconfundible.

"¿Todo bien, amor?", le preguntó a él, ignorándome por completo.

Ese fue el último clavo en el ataúd de mi amor por él, la confirmación descarada que necesitaba, Ricardo ni siquiera se inmutó, su descaro era absoluto.

"Sofía está teniendo un pequeño berrinche", le dijo Ricardo a Valeria, con un tono condescendiente, "Cree que se va a ir del equipo."

Luego se volvió hacia mí, intentando su última táctica de manipulación, su voz se suavizó, tratando de sonar razonable.

"Mira, Sofi, sé que estás estresada, la presión es mucha, pero no tomes decisiones apresuradas de las que te puedas arrepentir, somos un equipo, te necesito."

"¿Me necesitas?", repetí, una risa amarga escapó de mis labios, "Claro que me necesitas, necesitas mis pases para que tú puedas marcar los goles y llevarte toda la gloria, ¿verdad?"

La sorpresa en su rostro fue genuina, no esperaba que yo supiera la verdad, Valeria lo miró, alarmada.

"No sé de qué estás hablando", tartamudeó Ricardo, tratando de recuperar el control.

"Ah, ¿no lo sabes?", saqué mi celular y le mostré una copia del contrato que había firmado digitalmente la noche anterior, "Porque parece que tu principal problema ya no serán mis pases, sino cómo defenderte de mis goles."

El logo de "Los Lobos" era grande y claro en la parte superior del documento, la mandíbula de Ricardo se tensó, sus ojos se entrecerraron al leer el nombre de Mateo como mi nuevo entrenador.

"¿Los Lobos?", soltó una carcajada, pero esta vez sonó forzada, llena de desprecio, "¿Te vas con ese equipo de perdedores? ¿Con ese entrenador fracasado? Nadie los toma en serio, vas a arruinar tu carrera, Sofía."

"Prefiero arruinar mi carrera en un equipo con honor, que ganar un campeonato contigo", respondí, mi voz goteaba desdén.

Valeria intervino, su voz chillona y burlona, "Déjala, Ricardo, si quiere revolcarse en el lodo con los perros, es su problema, ya veremos quién ríe al final."

No les di la satisfacción de una respuesta, me di la vuelta y caminé hacia mi casillero, ellos se quedaron ahí, mirándome, probablemente esperando que me derrumbara, que volviera suplicando, pero ya no quedaba nada de la chica ingenua que ellos conocían.

Abrí mi casillero y saqué mis cosas metódicamente, mis botines, mis espinilleras, mis cintas para el pelo, cada objeto era un recuerdo de un sueño que ahora estaba muerto, al final, solo quedaba la camiseta del equipo, con el número 10 y mi nombre en la espalda.

La tomé en mis manos, la tela que una vez había usado con tanto orgullo ahora se sentía sucia, contaminada por sus mentiras, sin decir una palabra, la dejé caer al suelo, justo en medio del pasillo, un último gesto de desprecio.

Caminé hacia la salida sin mirar atrás, dejando la camiseta en el piso como la piel vieja de una serpiente, dejando atrás mi pasado, mi dolor y a las dos personas que me habían traicionado, el sonido de la puerta al cerrarse fue el punto final de un capítulo de mi vida, y el comienzo de mi venganza.

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