
Corazón Roto, Alma Vengativa
Capítulo 2
La bala fría y dura perforó mi cráneo.
El dolor fue agudo, pero breve, un destello blanco que borró todo.
Lo último que vi fueron los rostros de mis padres. No había tristeza en sus ojos, solo un alivio helado, una calma perturbadora.
"Sofía, es lo mejor", dijo mi madre, su voz sin una pizca de emoción. "Camila era la verdadera asesina de Pedro, lo sabemos. Pero tú debes pagar por el dolor que le causaste, por su muerte".
Su muerte.
Mi hermana gemela, Camila, se había suicidado la noche en que la desenmascaré.
Había robado mi carta de aceptación a la UNAM, la universidad más prestigiosa del país. Se hizo pasar por mí, ocupó mi lugar. Yo reuní las pruebas y, en la ceremonia de bienvenida, frente a todos, la expuse.
La humillación fue demasiado para ella.
Esa noche, se quitó la vida, pero no sin antes dejar una última arma para destruirme: una nota de suicidio.
En ella, me acusaba de haber asesinado a Pedro, el mejor estudiante de matemáticas de nuestra generación, mi único rival académico. Decía que lo maté para asegurar mi puesto como la número uno.
La nota fue su obra maestra de manipulación.
El mundo me creyó. Me etiquetaron como una asesina a sangre fría.
Mis propios padres me entregaron a la policía.
"Es un monstruo", sollozó mi padre frente a las cámaras. "No sabemos cómo pudimos criar a alguien así".
Incluso Mateo, mi amigo de la infancia, el que creí que me conocía mejor que nadie, testificó en mi contra. Su testimonio fue el clavo final en mi ataúd.
Grité mi inocencia hasta quedarme sin voz en el tribunal. Supliqué. Lloré. Nadie me escuchó.
Fui condenada a muerte.
Y ahora, la bala. El fin. El alivio oscuro de mis padres.
Pero entonces…
Abrí los ojos.
El sol entraba por la ventana de mi antiguo cuarto, el mismo sol brillante y molesto de siempre. El olor a café recién hecho subía desde la cocina.
Me senté de golpe en la cama. Mi corazón latía con una fuerza brutal contra mis costillas.
Miré mis manos. No eran las manos pálidas y delgadas de una prisionera en el corredor de la muerte. Eran mis manos de antes, llenas de vida.
Toqué mi cabeza. No había ningún agujero de bala. No había sangre.
Mi celular vibró en la mesita de noche. Lo tomé con mano temblorosa.
La pantalla mostraba la fecha.
Era el día de la ceremonia de bienvenida de la UNAM.
El día en que todo comenzó. El día en que mi vida se fue al infierno.
Regresé.
He vuelto en el tiempo.
Una risa seca y amarga escapó de mis labios. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, pero no eran de tristeza. Eran de una furia helada, de una claridad absoluta.
En mi vida anterior, fui ingenua. Creí en la justicia, en la familia, en la amistad. Pagué el precio más alto por esa inocencia.
Esta vez, no habría piedad. No habría perdón.
Me levanté de la cama, mis movimientos eran deliberados, llenos de un propósito renovado. Fui al armario y saqué el vestido que había planeado usar, el mismo que nunca llegué a ponerme.
Me vestí con calma, me maquillé con precisión. Cada gesto era un paso en mi plan.
En mi vida anterior, mi plan era simple: exponer a Camila. Pero fui impulsiva, me dejé llevar por la ira del momento.
Esta vez, sería diferente. No solo la expondría. La destruiría. A ella y a todos los que me traicionaron.
Bajé las escaleras. Mi madre estaba en la cocina, sonriéndole a Camila, que ya estaba vestida y lista, usando una copia exacta de mi vestido.
"Te ves hermosa, Cami", le dijo mi madre, acomodándole el cabello. "Hoy es tu gran día. La mejor estudiante de la UNAM".
Camila me vio en las escaleras y su sonrisa vaciló por un segundo, pero se recuperó rápidamente.
"Sofía, ¿qué haces vestida así? Hoy me toca brillar a mí", dijo con una dulzura venenosa.
Mi madre me miró con desaprobación.
"Tu hermana tiene razón. Quédate en casa. No arruines su momento".
En mi vida anterior, sus palabras me habrían herido. Ahora, solo alimentaban el fuego dentro de mí.
Les di una sonrisa vacía.
"Claro. No me perdería esto por nada del mundo".
Salí de la casa sin esperar respuesta, sintiendo sus miradas confundidas en mi espalda.
Tomé un taxi directamente al campus de la UNAM. El auditorio principal ya estaba lleno de estudiantes emocionados y padres orgullosos. El aire vibraba con expectación.
Encontré un asiento en la parte de atrás, un lugar perfecto para observar el escenario.
Mi corazón no latía con nervios, sino con una fría anticipación.
El espectáculo estaba a punto de comenzar.
Y esta vez, yo era la directora.
Me aseguraré de que Camila reciba la sorpresa que le tengo preparada. Una sorpresa que no olvidará, ni en esta vida ni en la siguiente.
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