
Corazón Roto, Alma Fuerte
Capítulo 2
El trauma era una sombra que me seguía a todas partes, una presencia constante que vivía pegada a mi piel.
Desde niña, aprendí que los hombres, especialmente los exitosos y encantadores, eran capaces de destruir todo a su paso sin mirar atrás.
Mi padre, un empresario de renombre, fue el primero en enseñármelo. Un día, simplemente decidió que mi madre, Mónica Díaz, ya no era suficiente para él, la cambió por una mujer más joven y nos dejó en la ruina, no solo económica, sino también emocional.
La vi hundirse en una depresión tan profunda que la casa perdió su luz, su risa se apagó y el silencio se convirtió en nuestro compañero más fiel. El abandono de mi padre y la tristeza de mi madre forjaron cada parte de mí.
Por eso me convertí en abogada, para defender a mujeres que, como mi madre, habían sido destrozadas por la violencia y la traición.
Y por eso juré que nunca, jamás, permitiría que un hombre me hiciera lo mismo.
Construí muros alrededor de mi corazón, tan altos y gruesos que nadie podía escalarlos.
Hasta que apareció Ricardo Vargas.
Hace siete años, lo conocí en una gala benéfica. Era un arquitecto prometedor, con una sonrisa que desarmaba y una mirada que parecía ver directamente dentro de tu alma. Me vio, no como la abogada Sofía Romero, la mujer fuerte e impenetrable, sino simplemente como Sofía.
Durante meses, fue paciente y persistente, me cortejó con una delicadeza que nunca había conocido, me habló de un futuro juntos, de un amor incondicional que sanaría todas mis heridas.
"No soy como tu padre, Sofía" , me dijo una noche, mientras sostenía mi cara entre sus manos.
Su voz era suave, casi un susurro lleno de convicción.
"Mi amor por ti es real, es para siempre, nunca te traicionaré" .
Y yo, la mujer que desconfiaba de todas las promesas masculinas, le creí.
Le entregué la llave de mis muros, le permití entrar y le di todo mi amor, mi confianza y mi red de contactos. Le presenté a clientes, a colegas influyentes, a todos los que podían ayudarlo a ascender en su carrera.
Le abrí las puertas de mi vida y de mi corazón, bajo una sola condición, un pacto sellado con su palabra.
"Júramelo, Ricardo. Júrame que nunca me abandonarás como él lo hizo" .
"Te lo juro, mi amor" , respondió él, besándome con una ternura que parecía eterna.
"Contigo hasta el final" .
Esa promesa fue el cimiento sobre el cual construí nuestra vida juntos.
Una promesa que él estaba a punto de romper en mil pedazos.
También te puede gustar





