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Portada de la novela Contrato Secreto

Contrato Secreto

El riguroso dueño de un imperio hotelero, Luciano Valente, descubre el turbio pasado y la identidad falsa de su secretaria. Lejos de entregarla a la justicia, la obliga a fingir un compromiso matrimonial para proteger una alianza empresarial crítica. Esta farsa estratégica pronto despierta una pasión incontrolable que amenaza sus defensas. Mientras él se enamora de una mentira, ella vive bajo el temor constante de que sus secretos sean revelados.
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Capítulo 2

La mañana siguiente, Helena despertó antes de que el sol iluminara por completo la ciudad. El despertador sonó a las 6:00 am, y aunque no era un horario que disfrutara, sabía que debía estar lista. El primer día en Ferrari Hotels no sería como cualquier otro. Era su oportunidad para dejar atrás todo lo que había sido y comenzar una nueva etapa. No había espacio para errores, no ahora que había pasado la entrevista.

Se levantó de la cama con rapidez, sin perder tiempo. Miró su reflejo en el espejo del baño: una mujer de 28 años con una vida llena de identidades falsas, pero ahora, por primera vez, tenía la oportunidad de ser algo más que una sombra. Se arregló el cabello castaño claro con pulcritud, poniéndose un vestido negro sencillo pero elegante. Quería que su imagen proyectara profesionalismo, sin llamar demasiado la atención, solo lo necesario. Ella sabía que el equilibrio era clave.

Al llegar a la oficina, el edificio Ferrari Hotels ya estaba en pleno movimiento. La puerta principal se abría y cerraba sin cesar, con empleados que se apresuraban hacia adentro, pero ninguno se detenía a mirarla. A Helena no le importaba. Ya había aprendido a ignorar las miradas. Lo único que importaba era el trabajo, y eso estaba por comenzar.

Subió en el ascensor con rapidez y, al llegar al piso 18, las puertas se abrieron ante ella. Respiró profundamente antes de salir y caminar hacia la gran puerta de la oficina de Ricardo. Estaba nerviosa, pero no podía permitirse que lo notara. Estaba decidida a cumplir con lo que había prometido.

Al entrar en la oficina, Ricardo Ferrari la esperaba, como siempre, detrás de su enorme escritorio. Su presencia era inconfundible: imponente, fría, calculadora. Pero hoy no estaba solo. A su lado, en el escritorio, había una carpeta con documentos que Helena no podía ver bien, pero que, sin duda, eran parte de su trabajo.

-Buenos días, Helena -dijo Ricardo sin levantar la vista de sus papeles. -Siéntate.

Helena se acomodó en la silla frente a él, observando de reojo la oficina. Era moderna, lujosa y perfectamente organizada. Todo estaba en su lugar, como el hombre que la ocupaba. Todo estaba calculado.

-¿Lista para tu primer día? -preguntó él, finalmente levantando los ojos y mirando a Helena con una intensidad que la hizo sentirse incómoda, pero también alerta.

-Sí, señor -respondió ella, intentando controlar el temblor de su voz.

Ricardo sonrió de forma breve, casi imperceptible.

-Lo que tienes frente a ti es mucho más que un simple trabajo, Helena. Esto es una prueba. Quiero ver si eres realmente capaz de mantener mi vida en orden sin que nada se me escape.

Helena asintió, sabiendo que ese era solo el comienzo. Las expectativas de Ricardo Ferrari eran altas, y ella debía demostrar que estaba a la altura.

-Tengo algunas tareas para ti hoy. Empezarás con los detalles más pequeños, pero en poco tiempo verás que todo está interconectado. Si eres capaz de manejar lo sencillo, quizás confíe en ti para lo complicado. -Ricardo hizo una pausa, observándola fijamente. -Y recuerda, nada de errores. El fallo no es una opción.

Helena respiró hondo. Podía sentir la presión en el aire. Pero no era nueva en ese tipo de situaciones. Había sobrevivido a muchas cosas en su vida, y esta no sería la excepción.

-Lo entiendo, señor -dijo, con voz firme.

-Bien -respondió él, sin cambiar su expresión. -Hoy tendrás una reunión a las 10:00 am con el equipo de marketing. Te encargarás de coordinar la presentación. Quiero que te asegures de que todo salga perfecto. No quiero sorpresas.

Helena asintió, anotando mentalmente la tarea. Sabía que su capacidad para organizar sería puesta a prueba en ese momento.

Ricardo continuó hablando, enumerando las tareas del día mientras ella tomaba nota en su teléfono móvil, asegurándose de no perder ningún detalle. Finalmente, al terminar de hablar, él la miró directamente a los ojos.

-Tengo otra cosa para ti, Helena -dijo con tono más serio, casi como si fuera un secreto. -No soy un hombre de muchas palabras, pero debo ser claro contigo. Aquí no se toleran fallos. No me importa lo que hayas hecho en el pasado, ni lo que hagas fuera de este lugar, pero mientras estés trabajando conmigo, todo tiene que ser perfecto.

Helena lo miró, sorprendida por la intensidad de su mirada. Él no estaba jugando. Sabía que en este juego, cada movimiento debía ser calculado, y cualquier error podía costarle todo.

-Entendido, señor -respondió, aunque por dentro sentía que la presión aumentaba aún más.

Ricardo volvió a su escritorio y comenzó a ordenar algunos papeles. Luego, levantó la vista y le hizo un gesto con la mano.

-Te dejo para que empieces. Nos vemos a las 2:00 pm para revisar cómo van las tareas.

Helena se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, Ricardo la llamó nuevamente.

-Y recuerda, Helena, no eres solo una secretaria. Eres mi sombra. Todo lo que hago, lo harás tú también. No hay lugar para equivocaciones. Si llegas a fallar, no habrá segundas oportunidades.

Helena se detuvo un momento, sintiendo el peso de sus palabras. La puerta se cerró detrás de ella, y por un segundo se permitió respirar. Pero no había tiempo para relajarse. El día apenas comenzaba, y todo estaba en juego.

En su primer encuentro con Ricardo Ferrari, Helena se dio cuenta de que las reglas del juego serían muy diferentes a todo lo que había experimentado antes. Y aunque su plan era simple: pasar desapercibida, hacer su trabajo y, quizás, empezar una nueva vida, pronto se dio cuenta de que en ese entorno, nada era tan sencillo como parecía.

Al día siguiente, se encontraba en la sala de reuniones, observando las caras de los empleados de marketing. Ella, que había sido entrenada para no llamar la atención, ahora debía hacerlo, y de la mejor manera posible. Con Ricardo observándola desde el otro lado de la mesa, no había lugar para el error.

Al final de la reunión, Ricardo se levantó y la miró con una ligera sonrisa.

-Buen trabajo, Helena. -Dijo con tono de aprobación. Pero, por alguna razón, Helena no pudo dejar de sentir que esta aprobación tenía un precio. Algo dentro de ella sabía que las expectativas solo aumentarían de ahora en adelante.

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