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Portada de la novela Contrato de Olvido

Contrato de Olvido

Clara soportó tres años de un frío matrimonio por contrato con el magnate Sebastian Moretti para rescatar el legado de su padre. Pese a su entrega silenciosa, él siempre la vio como una transacción. Justo cuando ella decide firmar el divorcio, un brutal accidente deja a Sebastian sin memoria. Al despertar con amnesia, el CEO olvida su desprecio y el fin de su unión, enfrentándose al misterio de no saber quién es realmente la mujer a su lado.
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Capítulo 2

El silencio de la habitación de hospital era interrumpido únicamente por el rítmico pitido del monitor cardíaco. Para Clara, ese sonido marcaba el pulso de una realidad que se acababa de fracturar. Frente a ella, el hombre que le había exigido el divorcio con la frialdad de un verdugo la observaba ahora con una intensidad que la hacía sentir desnuda.

-Clara... -repitió Sebastian, saboreando el nombre como si fuera la primera vez que lo pronunciaba-. Es un nombre precioso. ¿Llevas mucho tiempo trabajando para mí?

Clara apretó los puños ocultos tras su espalda. El roce del diamante de su anillo de bodas contra su propia piel se sentía como una quemadura.

-Tres años, Sebastian -respondió ella, técnicamente diciendo la verdad-. He estado a tu lado durante los últimos tres años.

Él frunció el ceño, una sombra de frustración cruzando sus facciones perfectas. Se llevó una mano a la sien vendada, cerrando los ojos con fuerza.

-Tres años borrados. Es como si alguien hubiera arrancado las páginas de un libro. Recuerdo la adquisición de las torres en Singapur, recuerdo el nombramiento como CEO... pero después de eso, hay una neblina. Y tú no estás en esa neblina, Clara. Estás aquí, frente a mí, y me resulta imposible creer que hubiera olvidado a alguien como tú.

Sebastian la recorrió con la mirada. No era la mirada gélida del marido que la ignoraba en la mesa del desayuno; era la mirada de un depredador que acababa de descubrir una presa fascinante. Sus ojos grises se detuvieron en los labios de Clara, que temblaban ligeramente, y luego en su ropa húmeda y manchada.

-Estás temblando -dijo él, con una nota de preocupación que le resultó a ella casi dolorosa-. Y estás empapada. Por Dios, ¿estabas en el accidente conmigo?

-Iba en el coche de atrás -mintió ella parcialmente, acercándose un paso a la cama-. Te vi chocar. Llamé a la ambulancia.

Sebastian extendió una mano hacia ella. Fue un gesto automático, cargado de una calidez que él nunca se permitía. Clara dudó, pero finalmente dejó que sus dedos rozaran los de él. La descarga eléctrica fue inmediata. Él no la soltó; envolvió su mano pequeña con la suya, tirando suavemente de ella hacia el borde del colchón.

-Gracias por salvarme -susurró él. Su voz era un ronquido bajo que vibró en el pecho de Clara-. Prometo que te compensaré. A partir de ahora, no te separarás de mi lado. Necesito a alguien en quien confiar, y por alguna razón que no puedo explicar, mi instinto me dice que tú eres la única persona real en este hospital.

El regreso a la mansión de cristal

Dos días después, el alta médica fue concedida bajo estrictas condiciones. El neurólogo fue claro con Clara en el pasillo: "Cualquier shock emocional fuerte podría provocar una recaída o daños permanentes. Mantengan el entorno familiar, pero no lo presionen con recuerdos que su cerebro ha decidido bloquear por trauma".

Clara aceptó el reto con una mezcla de pavor y esperanza. Al llegar a la mansión Moretti, el lugar que ella estaba a punto de abandonar para siempre, Sebastian se detuvo en el gran vestíbulo de mármol.

-Es... más grande de lo que recordaba -comentó él, mirando a su alrededor con extrañeza-. Y hay algo diferente. No se siente como la casa de un soltero.

Clara contuvo el aliento. En cada rincón había huellas de su presencia: los jarrones con flores frescas que a ella le gustaban, los libros de poesía en la mesa de centro, el suave aroma a vainilla y sándalo que ella había elegido para el hogar.

-Has hecho algunas reformas en estos años -dijo ella, guiándolo hacia el salón principal-. Querías un lugar que reflejara tu éxito.

-¿Y tú dónde te alojas, Clara? -preguntó él, girándose hacia ella con una ceja arqueada-. Como mi asistente personal "residente", supongo que tienes una habitación cerca de la mía.

El corazón de Clara dio un vuelco. La habitación de invitados estaba en el ala opuesta, pero su verdadera habitación -la que compartían legalmente, aunque él rara vez la usara para dormir- estaba conectada a la suite principal.

-Estoy en la habitación contigua a la tuya -respondió ella, bajando la vista-. Para estar disponible si me necesitas durante la noche.

Sebastian se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. El olor a hospital se había ido, reemplazado por su aroma natural, ese que a Clara la volvía loca. Él levantó una mano y, con una delicadeza que la dejó sin aliento, apartó un mechón de cabello de su cara.

-Tengo la sensación de que te necesito mucho más de lo que sugieren los informes médicos, Clara. Siento que... que hay una conexión entre nosotros que mis papeles no mencionan. ¿Hay algo que no me estés diciendo?

La tensión erótica en el aire era tan espesa que podía cortarse. Sebastian la miraba con un hambre cruda, sin las barreras sociales o el orgullo que antes lo hacían tan distante. En este estado amnésico, su atracción por ella era instintiva, animal.

-Solo soy tu asistente, Sebastian -mintió ella, aunque sus ojos gritaban lo contrario-. Tu recuperación es lo único que importa ahora.

-Entonces, como mi asistente, ayúdame a quitarme esta camisa -dijo él, con una sonrisa ladeada que nunca le había dirigido en tres años de matrimonio-. Me duele el hombro y necesito ducharme. Supongo que ya me has visto en situaciones peores si llevas tres años conmigo, ¿no?

Clara lo ayudó a subir a la suite principal. Cada movimiento era una tortura de deseo y culpa. Al entrar en el dormitorio, Sebastian se sentó en el borde de la cama, la misma cama donde hace seis meses se habían entregado el uno al otro en una noche de pasión que él luego llamó "error".

Ella se arrodilló frente a él para desatar sus zapatos. Sus dedos rozaron sus tobillos y sintió cómo Sebastian se tensaba. Cuando se puso de pie para desabotonar su camisa, él mantuvo la vista fija en su rostro.

A medida que los botones se deslizaban, el torso esculpido de Sebastian quedó al descubierto. Tenía algunos hematomas del accidente, pero seguía siendo el hombre más imponente que Clara había conocido. Al llegar al último botón, las manos de Sebastian se posaron sobre las de Clara, deteniéndola.

-Tienes las manos frías, Clara -dijo él en voz baja-. Y tus ojos están llenos de una tristeza que no entiendo. Si solo soy tu jefe, ¿por qué parece que te duele mirarme?

-Es el cansancio, Sebastian -susurró ella, intentando apartarse, pero él la atrajo más hacia el hueco de sus piernas.

-Mírame -ordenó él, con esa autoridad natural que no había perdido-. No sé quién era el Sebastian de hace tres años. No sé si era un hombre duro o un idiota. Pero el hombre que soy hoy, el que acaba de despertar, no puede dejar de pensar en por qué una mujer como tú no está casada con alguien que la venere.

Clara sintió una lágrima traicionera resbalar por su mejilla. La ironía era cruel: el hombre del que se había enamorado finalmente le decía las palabras que siempre quiso oír, pero solo porque no sabía quién era ella.

Sebastian estiró el cuello y, antes de que Clara pudiera reaccionar, presionó sus labios contra la mejilla de ella, recogiendo la lágrima. El contacto fue suave, casi casto, pero cargado de una promesa eléctrica.

-No te vayas esta noche -pidió él contra su piel-. Quédate cerca. Tengo miedo de que, si me duermo y tú no estás, me despierte en un mundo donde no existes.

Clara asintió, incapaz de hablar. Sabía que estaba entrando en un laberinto sin salida. Estaba seduciendo a su propio marido bajo una identidad falsa, redescubriendo al hombre que amaba mientras construía una mentira que, tarde o temprano, estallaría en mil pedazos.

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