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Portada de la novela Contrato de Mentiras

Contrato de Mentiras

Madison Montenegro es una heredera inmensamente rica que sobrevive en un entorno de falsedad, contando solo con la lealtad de su amiga Alina. La situación se torna oscura cuando Rowan, el hermano de Alina, pierde sus bienes y conspira con Kevin para seducirla y despojarla de su capital. Sin embargo, Rowan ignora la verdadera fuerza de Madison. Al destapar la traición, ella abandonará su pasividad para convertirse en una mujer letal decidida a vengarse.
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Capítulo 3

Capítulo 2 – El Juicio del Despacho

El despacho de la familia Procter siempre había sido un lugar imponente, con muebles de caoba pulida que reflejaban la luz de los ventanales y paredes adornadas con cuadros de generaciones pasadas. Allí, el silencio tenía peso propio sobre las palabras; cada objeto parecía observar y cada sombra parecía juzgar lo que habías hecho.

En total silencio y olvidándose del mundo exterior, Rowan cerró la puerta detrás de él, sintiendo cómo la tensión llenaba el espacio casi de inmediato. Su padre, el señor Carlos Procter, permanecía de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados y la mirada fija en él. Era obvio que su padre no se encontraba feliz y el joven titubeó tan solo un momento.

Por primera vez en años se sintió pequeño, vulnerable ante la autoridad que siempre había evadido con sonrisas y bromas sin sentido, pero tras unos segundos que parecieron eternos, rompió el silencio:

- ¿Qué... qué pasa, papá? -preguntó, intentando ocultar el temblor de su voz con una falsa seguridad - Esta tarde intenté pagar con mis tarjetas y me dijeron que estaban bloqueadas ¿Hay algún problema?

Su padre no respondió de inmediato a sus preguntas. Este solo lo miró con la calma que precede a la tormenta, pero con una intensidad que hacía que Rowan sintiera cada palabra antes de que fuera pronunciada. Finalmente, elevando ligeramente la voz, replicó con ironía sin perder la autoridad.

- ¿Qué pasa? ¿Tú me estás preguntando qué pasa?

Rowan tragó saliva. El tono de su padre, tan grave y al mismo tiempo cortante, le hizo comprender que no había espacio para bromas ni evasiones.

- Papá... - intentó una vez más - no entiendo...

- No entiendes, Rowan, porque nunca has querido entender y a veces siento que te haces el estúpido solo porque sí -interrumpió Carlos, caminando lentamente hacia él, con pasos firmes que resonaban sobre la alfombra - Yo cancelé todas tus tarjetas de crédito para hacerte regresar y mira nada más cómo llegaste a esta casa. No eres más que un desastre andante, golpeado, apestando a alcohol... y, además, gastando el dinero de la familia como si fuera infinito ¿Hasta cuándo vas a jugar con tu vida y la de los demás? - su voz se elevó, cortante y tajante - ¡Por una vez en tu vida, exige responsabilidad de ti mismo!

Rowan, con una sonrisa nerviosa, intentó quitarle hierro al asunto, pero al parecer no se daba cuenta de que el terreno dónde estaba era frágil.

- Vamos, papá, todavía soy joven y no puedes hacerme regresar a casa cancelando mis tarjetas.

Carlos al fin estalló y no era una explosión desmedida, sino una liberación controlada de toda la frustración contenida durante años.

- ¡Joven! - gritó - ¿Te crees joven? ¡Casi tienes veintiséis años, Rowan! Además ¿Crees que puedes vivir sin esfuerzo, sin consecuencias y sin responsabilidad alguna? - se acercó Carlos a él hasta quedar frente a frente - Pues déjame decirte que te equivocas. Desde hoy, aprenderás a ganarte el dinero con tu propio esfuerzo y no habrá más tarjetas de crédito. No habrá más flujo de efectivo sin control y mucho menos algo de lo que antes te di a manos llenas. De ahora en adelante, trabajarás como todos los demás para sustentar tu vida y si no consigues un trabajo pronto sufrirás las consecuencias.

Rowan quedó paralizado al escuchar eso, con los ojos abiertos de par en par sin saber si debía reír o enfurecerse. Aquello lo tomó completamente por sorpresa, pero algo tenía que hacer para hacerle cambiar de opinión.

- Papá, lo que me exiges es demasiado, no puedes estar hablando en serio -murmuró, con la voz quebrándose un poco - ¡No puedes hacerme esto!

Carlos lo miró con la dureza de un hombre que sabía que estaba haciendo lo correcto por su propio bien, aunque ahora su hijo no pudiera verlo.

- No es demasiado, Rowan. Más bien es lo que deberías de haber aprendido hace años, pero dejé que tu madre te consintiera demasiado. Ahora gracias a eso eres un bueno para nada, incapaz de manejar tu propia vida correctamente. Cuando yo tenía tu edad, ya dirigía la empresa familiar y me hacía cargo de su prosperidad. Sin embargo, tú... tú apenas puedes sostenerte sin ayuda, y miras con superioridad a los que trabajan y luchan mientras tú derrochas lo que otros han construido.

- ¡Pero...! - Rowan intentó protestar, con el rubor de la indignación mezclado con incredulidad en su rostro - ¡Estás exagerando! Esto es completamente innecesario...

- Yo no lo veo de esa forma y no voy a cambiar de opinión -respondió Carlos, con una calma que parecía absorber toda la energía de la sala - Todo lo que has conocido hasta hoy, Rowan, ha sido un regalo que ha alimentado tus vicios y esos vicios te han hecho un hombre que podría desaparecer del mundo sin que nadie notara su ausencia. Es por eso que todo termina hoy y esa es mi última palabra.

El joven respiró con dificultad al verse sin salida. Su mundo, hasta entonces garantizado y protegido por el dinero y la indulgencia de su padre, se desmoronaba ante él. La idea de tener que buscarse la vida, de ganar dinero por sí mismo, de enfrentarse a la realidad que siempre había evitado, le resultaba aterradora e innecesaria.

- Papá... yo... - intentó de nuevo, con voz temblorosa - No puedo...

Carlos permaneció inmutable. Su mirada no vaciló, y sus palabras, frías, pero firmes, no dejaban lugar a discusión:

- Sí puedes y lo harás. Tal vez hoy sientas que te estoy quitando todo, pero en realidad te estoy dando la única oportunidad que jamás has tenido. Esa es la de convertirte en un hombre de verdad para que dejes atrás al inútil que eres.

Rowan giró sobre sus talones y salió de la oficina de su padre con pasos pesados, respirando con fuerza y con el corazón latiendo con un ritmo que parecía golpear su pecho desde dentro. La puerta se cerró tras él con un portazo que resonó en toda la mansión y asustó a más de un empleado.

Mientras el joven recorría el pasillo hacia su habitación, lleno de ira y con la frustración ardiendo en cada músculo de su cuerpo, Carlos permaneció en su despacho, sin alterarse por la reacción de su hijo. Sabía que esto era necesario. Que cada golpe de realidad era una lección que Rowan había necesitado durante años y no se arrepentía. No lo hacía porque un hombre que depende del dinero fácil, que evade responsabilidades y se hunde en sus excesos, nunca será un hombre de provecho.

Carlos Procter, con toda la paciencia y severidad de su carácter, estaba decidido a que su hijo entendiera esa verdad, aunque le doliera más que cualquier golpe físico.

El despacho volvió a su silencio habitual. Solo con el tic-tac del reloj sobre la pared marcaba el paso del tiempo, un recordatorio constante de que la vida no espera a los irresponsables, y que cada decisión tenía sus consecuencias por más dolorosas que fueran.

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