Portada de la novela Contrato de Amor

Contrato de Amor

9.1 / 10.0
En Contrato de Amor, la abogada Victoria Bernal busca placer sin riesgos emocionales. Bajo una cláusula que prohíbe el afecto, esta romance novel presenta un desafío: si surgen sentimientos, el acuerdo muere. Una modern novel sobre el control, el deseo y los límites del corazón.
Resumen de Contrato de Amor
Tras su divorcio, la exitosa abogada Victoria Bernal se refugia en su carrera y en constantes viajes por el mundo. Deseando disfrutar de compañía y placer sin compromisos emocionales, decide contratar a un acompañante bajo una condición innegociable: el enamoramiento anulará el vínculo de inmediato. Este frío acuerdo legal busca blindar su corazón, planteando el dilema de si el dinero y el control son suficientes para hallar la plenitud personal.
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Contrato de Amor Capítulo 1

Daniel salió de la Facultad de Educación Física, con la mochila al hombro y mala cara: había reprobado otro examen. Su madre lo iba a matar. Mucho se estaba sacrificando para poder darle la educación que ella no había tenido en toda su vida, apenas sí había terminado la primaria y había abandonado el colegio a los diecisiete para poder casarse con Walter, el padre de Daniel, convencida de que lo suyo no eran los libros ni las largas horas estudiando. Walter le había prometido que no le iba a faltar nada, tenía un buen sueldito trabajando como conductor de larga distancia y le llevaba diez años de diferencia, podía proveerla de todo, y así fue… hasta que la inseguridad misma del país acabó con su vida, cuando unos piratas del asfalto le cerraron el paso, y además de robarle toda la carga, también le robaron los muchos años que le quedaban en este mundo, dejando una viuda y dos hijos.

Aprovechando del transporte público que ofrecía la universidad, Daniel se subió al bus que lo llevaba gratis hasta la estación Miguelete. Allí abordó un tren de la línea Mitre, pero cuando se quiso sentar en uno de los asientos, una vieja con varias bolsas ocupó el lugar que pretendía usar. Así que se conformó con agarrarse de uno de los caños de metal y ponerse la mochila adelante, sobre el pecho, para evitar que le roben los pocos pesos que tenía encima; y es que allí, en la Ciudad de la Furia, sobrevivía solo el más apto. Buenos Aires se movía vorágine, como siempre, y a pesar de que aún no había entrado en el distrito de la Ciudad Autónoma, allí, en provincia de Buenos Aires, el movimiento era prácticamente igual: Todos trabajaban en CABA, así que los trenes y subterráneos iban llenos, especialmente a esa hora del día, cuando más calor hacía y los humores humanos brotaban a chorros de los rostros y axilas de los usuarios del transporte público. Como bien decía el popular refrán argentino: «Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.»

Era pleno febrero, el vapor y el calor hacían de las suyas, provocando una incomodidad generalizada en toda la población, sin distinguir si eras porteño o bonaerense, kirchnerista o macrista, bostero o gallina, igual se padecía (1). Daniel se movió un poco, buscando el soplo celestial de la humilde rejilla del aire acondicionado del tren; tuvo que compartirla con otras cinco personas, que movían sus cabezas buscando algo de alivio. Con una mano extrajo de la mochila el cable blanco de los auriculares y se los insertó en los oídos, tomó su teléfono y reprodujo la música que había en su celular. Yerba Brava(2) sonó con fuerza mientras Daniel movía los labios sin emitir sonido; ya estaba desesperado porque se inicie la temporada de fútbol: el Mundial le había dejado un gusto a gloria y una fiebre por la pelota que pocas veces lo había sentido; estaba deseoso de ver a su tan amado Estudiantes de La Plata en la cancha.

Luego de casi un cuarto de hora en tren, se bajó en la estación Luis María Drago, y tomó el bus que lo llevaría hasta su casa en Bajo Flores luego de otra hora de viaje. Tenía que irse preparando para el encontronazo con su madre que, con justa razón, iba a suceder; ya iba preparando los tímpanos y su cara para aguantar los gritos y reclamos. Antes de bajarse del bus guardó sus auriculares y se aferró a su mochila con fuerza, caminó los últimos metros que lo separaban de su hogar a buen ritmo y sacó del bolsillo de su pantalón las llaves. Él y su familia vivían en un humilde departamento sobre una peluquería que le alquilaban a una paraguaya, vivían con lo justo y apenas llegaban a fin de mes. Daniel metió la llave en el ojo de la cerradura, la giró dos veces y levantó un poco el picaporte para poder abrir la puerta. Nadie llegó a recibirlo a excepción de su gato, un animal que habían encontrado en la calle con apenas unas horas de nacido, aún con el cordón umbilical adherido a él; algún malnacido lo había dejado ahí a propósito para deshacerse de él, pero Carolina, la madre de Daniel, volviendo del trabajo, lo encontró y lo cuidó como si fuese un hijo más.

—Hola, Neo —lo saludó mientras el animalito maullaba dándole la bienvenida y restregándose contra sus piernas velludas. Daniel dejó la mochila en el sillón de la sala y entró. Aparentemente no había nadie—. ¿Mamá? Ya llegué.

Silencio. Quizás su madre había salido a hacer las compras o por alguna otra razón. Caminó hasta su habitación, se sacó el calzado y los calcetines, tomó sus chanclas y se puso ropa cómoda. Regresó a la sala y tomó el control de su consola de videojuegos; al encenderlo el aparato hizo un pequeño pitido y la pantalla de la televisión se encendió al instante. Se arrojó pesadamente en el sofá y se dispuso a disfrutar de aquellos escasos momentos de soledad y tranquilidad antes de la inminente tormenta. Movió el botón hasta el videojuego que estaba buscando, uno de zombis y disparos con un muchacho rubio el cual ya había jugado un millón de veces, pero que amaba, y lo seleccionó para poder jugar. Los minutos avanzaban y el juego también, hasta que escuchó la llave en la puerta y luego ésta abriéndose para que Carolina pueda ingresar a su hogar.

—¡Hola, hijito! —lo saludó con alegría de verlo en casa. Daniel apenas la miró por el rabillo del ojo sin dejar de presionar los botones del mando a una velocidad increíble.

—Hola, vieja (3) —la saludó. Su madre entró cargada de bolsas. Efectivamente había ido a hacer las compras, cerró la puerta con el talón e ingresó hasta la cocina.

—¡Por fin me pagaron! Esta vez esa sinvergüenza se demoró más de la cuenta, ya estaba a punto a denunciarla —anunció la voz de su madre desde la cocina—. Vamos a poder pagar un par de cuentas atrasadas. Don Evaristo ya no quiere venderme nada al fiado (4). ¿Tu hermano aún no llegó?

—No. Cuando llegué no había nadie —le respondió Daniel sin dejar de disparar a los zombis.

—¡Cierto, hoy tenías examen! —exclamó su madre saliendo de la cocina, ajustándose el mandil a la cintura—. ¿Cómo te fue?

—Mal.

—¿Cómo que mal?

—Sí. Mal. Desaprobé.

Su madre se quedó quieta mientras observaba como su hijo le había dicho eso con total frialdad y desinterés por su futuro, pero sí por un videojuego.

—¿Y me lo decís así, Daniel? —le reprochó Carolina. Daniel no pudo evitar blanquear los ojos—. ¡Es el quinto examen que desaprobás y todavía no pasas de primer año!

—Voy a dejar la carrera —anunció.

—¿Qué? —gritó Carolina.

—Ay, mamá… no grités. Que dejo la carrera —le repitió Daniel sin dejar de jugar—. De todas maneras, no la entiendo.

—¡Es educación física, hijo! ¿Qué tanto no entendés? ¡Es hacer ejercicios! ¡Jugás al fútbol todos los días en el club y no entendés tu carrera! —le reprochó Carolina.

—Anatomía es un lío. No es como vos pensás. Es mucho más que sólo entrenar —le corrigió Daniel—. Ya voy desaprobando siete veces esa materia. No quiero perder el tiempo en eso.

—¿Y qué vas a hacer si no querés estudiar? —quiso saber Carolina. Era evidente, y justificado, su estado de enojo—. ¿Vas a ser policía como Gonzalo?

—Nunca. Yo no me pongo la gorra(5) como ese culiado(6) —masculló Daniel—. Haré changuitas(7) hasta que encuentre algo fijo. Total, trabajo siempre hay y apenas tengo veinte años.

—Te equivocás, hijo. Si la calle está bien dura para los que tienen un título universitario, imagínate para nosotros…

—Algo saldrá, vieja —aseguró.

Y ese “algo saldrá” le duró cinco años. Durante ese tiempo Daniel no había conseguido un trabajo fijo en ningún lado, a pesar de que había asistido a muchas entrevistas, pero cuando le imponían las condiciones como horarios y capacitaciones obligatorias, él las rechazaba. Ayudaba a su mamá con el dinero que le daban por pequeños trabajos por día o por temporada, pero la plata no alcanzaba; y su madre, harta de tener que mantener a un vago de veinticinco años, que se pasaba el día jugando a la consola o en la computadora, le dio un ultimátum.

—O conseguís un trabajo en serio, o volvés a estudiar, o te vas de la casa —lo amenazó.

Sin otra cosa mejor que hacer, Daniel recorrió todos los negocios de Flores y Bajo Flores, envió currículums y tocó todas las puertas, cualquier trabajo era bienvenido para no tener que volver a estudiar, pero ni el chino del barrio lo quería de empleado.

Navegando en los avisos clasificados del diario encontró un aviso que le llamó la atención:

«Se busca hombre entre 25 y 35 años para trabajar en estudio jurídico. Secundario completo excluyente, disponibilidad full-time. No se requiere experiencia previa. Requisitos: buena presencia, amabilidad, predisposición. Llamar al 011-XXXX-XXXX para entrevista o enviar CV al correo vbernal@estudiobernal.com.ar»

Daniel no lo pensó dos veces y envió su currículum, recibiendo una respuesta a su e-mail casi de manera inmediata.

«Estimado Sr. Mitre:

Hemos recibido su currículum, y nos complacería mucho tener una entrevista con usted el día de mañana a las 9AM para una segunda evaluación.

Sin otro particular, saluda a Ud. atentamente.

Victoria Bernal

Abogada»

---

Notas de ayuda al lector:

(1) El porteño es la persona que vive de la Avenida General Paz para el Río de la Plata, mientras que el bonaerense habita pasando dicha avenida. Bostero y gallina se les dice a los hinchas de los equipos de Boca Juniors y River Plate, respectivamente, y macrista o kirchnerista son los adjetivos que se les da a las personas que son simpatizantes del partido político liderado por Mauricio Macri y por Cristina Kirchner, que serían los equivalentes a capitalismo y comunismo.

(2) Grupo cumbia villera muy popular en Argentina.

(3) En Argentina se les dice “vieja” a las madres.

(4) Cuando una persona genera cierta confianza, o es cliente habitual de un local, el dueño de este le puede vender al fiado, esto quiere decir que le da la mercadería y el cliente se compromete, de palabra, a pagarle apenas tenga el dinero.

(5) Ponerse la gorra se usa para expresar que una persona actúa de policía sin serlo, o que se vendió a las fuerzas de seguridad sólo por el salario.

(6) Un insulto argentino muy grosero.

(7) Otra forma de decir “chambas” o trabajitos de poca importancia y de poco valor. Algo rápido y sin complicaciones.

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Tabla de contenidos de Contrato de Amor

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
Ch. 6
Ch. 7
Ch. 8
Ch. 9
Ch. 10
Ch. 11
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