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Portada de la novela Contrato con mi jefe

Contrato con mi jefe

Verónica busca renovar su vida tras un desengaño amoroso, logrando estabilidad como secretaria. Sin embargo, su tranquilidad termina cuando su jefe le propone un matrimonio por contrato. Lo que inicia como un acuerdo formal y simple pronto se transforma en un vínculo inquebrantable que alterará sus destinos para siempre. Ante este pacto inesperado, ella deberá descubrir si es la oportunidad que buscaba o un desafío del que no podrá escapar.
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Capítulo 3

─¿Verónica? ─dijo Alexander desde la puerta de su oficina.

─¿Diga? ─incline mi cuello, mirándolo con curiosidad.

─La señorita Mendes a estado llamando desde mi teléfono. ¿Podrías hacer lo que dije hace unas horas?

─¿Llamarla y cancelar? ─dije confundida. Él asintió con la cabeza para después encerrarse.

Con una pequeña sonrisa en mis labios comienzo a marcar su número.

─Buenas tardes señorita, él señor Harrison me comunica que no va asistir a su encuentro ─digo con voz profesional, en la otra línea se escucha un resoplido de frustración. Sonreí grande.

─A ver perra, yo se que estas celosa de mi porque puedo estar con Alexander─ reí.

─Gracias por su atención que tenga hermosa tarde señorita ─colgué.

Seguí con mi trabajo, comunicando todos los socios de la empresa para un nuevo hotel en las Bahamas. Unos minutos después Alexander había salido de su oficina entregándome una pequeño estuche. Era un anillo de compromiso.

─Póntelo ya. Mi padre esta subiendo en el ascensor. No digas nada.

Mi cabeza se movió rápido de arriba hacia abajo poniéndome el anillo un poco grande para mi dedo. Alexander agarro mi mano y la observó por unos segundos antes de irse y encerrarse de nuevo. Él padre de Alexander se presentó un minuto después que él se fue, comenzó a saludar a los demás trabajadores de la planta y cuando llegó hasta mi escritorio no pude evitar sonreír. El señor Harrison se retiró de su puesto un mes después que comencé de trabajar de secretaria, era un buen jefe.

─Hola Verónica. ¿Esta mi hijo?

─Claro que sí señor Miguel, ya me aviso de su llegada, puede entrar ─señalo la puerta de la oficina.

─Veo que te vas a casar ─señaló mi mano─. Que afortunado es ese chico que te dio el anillo ─dice caminando hasta la oficina de su hijo.

─Es que es afortunado ─susurre.

Mi pulgar se paso por mis labios al ver la computadora, no había revisado los diez correos electrónicos desde la mañana y si quería irme temprano hoy tenía que hacerlo rápido.

─Adiós Verónica, fue un gusto de nuevo de verte ─me dijo él señor Miguel al salir se la oficina de Alexander diez minutos después.

─El gusto fue mío señor Harrison, adiós.

─Que tengas una linda tarde ─me da una última sonrisa y se va al ascensor privado.

XXX

El abogado había llegado, él señor era muy mayor, revisaba unos papeles en silencio.

Alexander estaba nervioso y no se porque, estaba tranquila antes de que él señor había puesto su mirada en mi cuando terminó de leer. Era desagradable.

─Señorita Evans puede firmar el contrato ─dijo el abogado.

Mordí mi labio inferior repitiendo en mi mente que esto era para mi salud mental, necesitaba urgente otro tipo de ambiente.

Alexander me pasó un bolígrafo cuando terminó de firmar él, mi mano tembló pero eso no impidió firmar.

─Ahora eres una Harrison ─se burló─. Tengo que presentarte a mi hijo Izan.

─¿Hijo? ─pregunté sorprendida─. No sabia que tenias un hijo. ¿Cuanto años tiene?

─Um, sí. No tengo idea porque no lo sabias, tiene cuatro años. Espero y no te importe.

Sonreí. ─No, claro que no. Esta bien para mi.

El abogado se despidió rápidamente diciendo que iba tarde a una reunión. Estrecho su mano con la de Alexander y después con la mía, demorando unos segundos más.

─Debemos irnos ─dijo Alexander, tomando su saco de su escritorio.

Cuando encontré mi bolso salimos de la oficina. Estábamos bajando en el ascensor privado, me estaba arreglando un poco mi cabello en el espejo de este cuando Alexander se acerca a mi.

─Necesito que nos tomemos una foto.

Suspire largo y intente no parecer emocionada.

─¿Publicidad?

─Sí ─asintió con la cabeza ─. ¿Lo harás?

─Claro. ¿El tuyo o el mío? ─enseño mi teléfono.

─Tenemos la misma marca de teléfono.

─Entonces en el mío.

─Que se note el anillo.

─Bien. Lo haré ─me agarro por la cintura pegando nuestros cuerpos, mi cabeza se había recostado en su brazo. Tomé la foto.

─Me la pasas ─dijo, al llegar al primer piso fuimos directamente hacia la salida ignorando la mirada de todos en nosotros.

Nos montamos en una camioneta negra en silencio. En todo el viaje fue así de incómodo, gracias a Dios puso música clásica. Lo observé en silencio jugando con mi anillo pasándolo por todos mis dedos, viendo que en ninguno me quedaba perfectamente.

─Llegamos ─se abrió un portón negro ─. Sígueme, Verónica ─me abrió la puerta.

Ignore por completo mi alrededor, estaba sorprendida por el tamaño de la casa, era claramente una mansión. Abrió la puerta y todo lo que vi fue blanco, algunos detalles eran de color negro, cada paso que di me mareaba, sólo se podía ver blanco, en la sala tiene todos los muebles de color gris, una mesita de vidrio entre medio de los enormes sofás y un candelabro en el techo.

En las paredes habían pinturas grandes de artistas que no conocía.

─Siéntate. ¿Quieres algo? ─negué con la cabeza─. Si no quieres nada iré a buscar a Izan.

Se fue por las escaleras y yo seguí viendo esta gran mansión, una joven se me acercó vestida de un vestido azul oscuro con un delantal blanco y el típico peinado de una coleta. Me imaginaba que tiene la edad de mi madre, treinta ocho por ahí.

─Eres la nueva que limpia ─no lo preguntó en lo absoluto. Lo afirmó.

─No tranquila, quizás la cocina se quedé sin otra que limpie ─sonreí cínica.

─¿Y quien eres tú? ─dijo ofendida.

Dos en un día, genial Verónica. ¡Hurra por mi!

Abro la boca para contestarle cuando escucho unos pasos cerca. Venía bajando de las escaleras Alexander con un niño pequeño en la misma versión de él pero este tenía los ojos verdes. Sus mejillas eras grandes y rosadas por un claramente sonrojo, su cabello tenía un corte de honguito despeinado. Se veía que se acababa de levantar.

─Izan, ella es Verónica. Mi esposa ─le sonreí al pequeño─. Verónica él es Izan, mi hijo.

Miro hacia un lado con una ceja alzada y podía sentir la satisfacción correr por mis venas ver a la sirvienta pálida antes de irse rápidamente por un pasillo.

─Hola Izan.

─Hola ─dice dándome una sonrisa tímida mientras se agarraba fuertemente del brazo de su padre.

─Iremos a comer afuera en algún restaurante para hablar bien. ¿Esta bien? ─preguntó Alexander.

─¿Quieres ir Izan? ─pregunté ─. Si tu vas yo voy.

─Sí ─sus pequeñas manos subieron a sus mejillas haciendo que sus labios tomaran una forma graciosa.

Nunca en mi vida creí que Alexander tendría un hijo y eso que soy su secretaria desde hace pocos meses. Izan es una niño hermoso, es igual a su padre pero versión tímido y más agradable. Por supuesto. Alexander era agradable, a veces, pero lo era. Salimos de la mansión y nos montamos en la parte de atrás de su auto. Un hombre subió al asiento de copiloto en silencio, supongo que era un chófer.

Izan me miraba con curiosidad mientras se mordía su pulgar. Se acerco lentamente a mi y puso una de sus manos en mi brazo.

Mire ha Alexander preguntándole en silencio que pasaba pero este solo alzo sus hombros y peinó el cabello de su hijo.

Cuando llegamos a un restaurante, yo no deje de preguntarle cosas a Izan para hacerlo todo menos incomodo entre nosotros. Él me hablaba de una de sus amigas en el kínder quien tenía una fiesta el fin de semana y lo emocionado que estaba por ir. La comida pasó así, solo Izan y yo hablando, o algunas veces Izan preguntándole directamente cosas a su padre. Alexander se mantenía callado y con su ceño fruncido, concentrado en su plato de comida, solo levantaba la mirada cuando su hijo le pedía que le limpiara su rostro con una servilleta.

─¿Iras a su cumpleaños? ─le pregunté.

─Sí ─sus mejillas se pusieron más rojas─. No sé lo que le quiero dar. ¿Me ayudas?

─¿Quieres que te ayude? ─asintió─. Si eso quieres lo haré.

Me resistí pellizcar su mejilla cuando me sonrió grande enseñando sus pequeños dientes.

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