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Portada de la novela Contagio de amor

Contagio de amor

Bajo el estricto confinamiento de un hotel, una epidemia insólita desata un caos pasional sin precedentes. Una bella azafata se vuelve el foco de un fenómeno extraño: cada hombre en el lugar cae rendido ante sus encantos. Entre empleados y huéspedes surgen celos, traiciones y momentos divertidos que desafían el aislamiento. Esta aventura moderna explora cómo el encierro detona una cadena de afectos profundos y decepciones en un entorno tan tenso como romántico.
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Capítulo 3

Nunca lo voy a olvidar. Estaba con Nataniel en el comedor, atendiendo las inquietudes de los huéspedes, cuando en la televisión dieron la noticia que la pandemia ya había llegado al país, "pero que el caso se encuentra aislado y que se estaban tomando todas las previsiones del caso".

Me dio mala espina. Apreté los puños y miré a Nataniel. -No me gusta nadita eso-, le dije preocupada, arrugando a nariz.

-Igual se dijo de otras pestes, la gripe aviar, la del mono, la vaca loca, el cólera ¿recuerdas?-, restó importancia Nataniel.

Pero ahora era diferente. Había alarma en todo el mundo, se hablaba que era un virus altamente contagioso, mortífero y que ya estaba haciendo mella en Europa y se hablaban de posibilidades como las de cerrar aeropuertos y fronteras. En Estados Unidos ya habían casos de contagio, y su presidente anunció que negaría el ingreso de personas que hayan estado en Asia.

-Hay mucha alarma-, dije fastidiada.

-Creo que están haciendo una tormenta en un vaso de agua-, me dijo Nataniel antes de atender a un huésped búlgaro que no entendía el menú del día.

Por la tarde me llamó Jean Pierre. -Parece que será obligatorio usar mascarillas-, me dijo.

-¿Qué es eso?-, me extrañó.

-Esos tapabocas que usan los médicos-, me aclaró.

Era lo que había escuchado, también, y que ya se estaba empleando en varios países donde el contagio aumentaba febrilmente. Yo estaba extrañada, no entendía, en realidad, todo lo que estaba pasando.

Me llamó mi mamá. Yo ya estaba por irme a la casa cuando timbró el móvil.

-Tu hermanito Luis empezó sus clases, pero parece que las van a suspender por el virus que está atacando Europa-, me contó.

-Ay mamá, no seas exagerada, es difícil que llegue al país-, intenté tranquilizarla.

-Es lo que están diciendo las otras mamás, sopló su preocupación, ya te contaré más-

Me quedé muy preocupada.

*****

Ese jueves llegué temprano al hotel y después e cambiarme y presentarme ante Jean Pierre y Alyson, fui al hall, a esperar a los nuevos huéspedes, cuando hubo un gran alboroto en la puerta. Un tipo alto, rubio, de cejas muy pobladas discutía con Damián y hasta le daba empellones. Miré a Douglas, el seguridad de la puerta, y me hizo el gesto para que hablara con el sujeto. Estaba sulfurado, iracundo y gritaba.

-Soy el valet, señor, estoy llevando sus maletas a la recepción-, intentaba disculparse Damián, pero el tipo rebuznaba colérico.

-Ce sont mes valises, où vas-tu les emmener?-, decía. Era francés.

-Ne vous inquiétez pas monsieur, le voiturier, Damián, déposera vos bagages à la réception où vous pourrez vous enregistrer-, intervine. El sujeto recién despintó su rostro que estaba coloreado de rojo intenso, sonrió y se sintió aliviado.

-Ahh, lo siento, recién entender, le ruego perdones, ser yo tosco y bruto, pensar otra cosa, confundir maletas-, le dijo el tipo a Damián en un imposible castellano. Sonreí con encanto y alcé un hombro coqueta.

-Au contraire monsieur, nous nous excusons pour le malentendu-, le pedí disculpas por el incidente.

El sujeto me quedó mirando, encandilado con mi sonrisita. Sus ojos celestes brillaron y sonrió largo, sin despegar los dientes. Lo invité a pasar a la recepción, donde Lisseth.

-J'admire beaucoup les belles femmes, tu es très belle-, me dijo que yo era muy hermosa. Me gusta que me halaguen, je.

No voy a mentir. Me encantó mucho ese tipo. Lo vi demasiado guapo, muy arrollador, bastante masculino y me prendaba su voz tan divina y mágica. Por algo dicen que el francés es el idioma del amor.

-Pidió un cuarto y dijo que se quedaría por lo menos un mes, que estaba de vacaciones y que es soltero-, me dijo Lisseth, también encandilada de ese sujeto.

-Está lindo ¿no?-, le dije, juntando los dientes, sintiendo los fuegos revoloteando por mis entrañas. Lisseth miró el techo meneando la cara. -Un papacito-, sonrió.

Hacia el mediodía, Alyson me dijo que muchos huéspedes iban a almorzar junto a la piscina. -Quieren aprovechar los fuertes rayos de sol-, me dijo resoluta. Ya habían puesto las mesas, los toldos, dispuso a los mozos y me dijo que estuviera atenta. -Julissa se va a encargar del hall-, me informó.

La piscina, en realidad, estaba repleta. Muchos huéspedes chapoteaban felices en sus cristalinas aguas, otros tantos descansaban en las perezosas tostándose al sol, tomando limonada y tragos cortos. Algunos ya se habían instalado junto a las mesas que había ordenado poner Alyson, y ya habían pedido los sabrosos platos que preparaba Marcia, la chef del hotel.

-Dites-moi, mademoiselle, quelle est la spécialité de l'hôtel ?-, me volvió en sí, una voz muy musical, con un tono varonil, dulce, arrollador.

--La meilleure chose que fait la cuisinière Marcia est du saumon cuit en papillote avec des légumes, monsieur-, recomendé salmón al horno, y ¡plop! me vi cara a cara con el mismo huésped que me había dejado completamente turbada.

-Oh, qué bien, pediré eso-, me dijo, entonces, él en castellano.

Se acomodó junto a una mesa. Achinó los ojos para ver mi nombre en la placa colgada en mi blusa.

-¿Conoces París, Vanessa?-, me preguntó entonces, deleitándose con mis ojos, mi sonrisita y mis pelos resbalando sobre mis hombros. Mis rodillas empezaron a golpearse impetuosas.

-No he tenido la suerte-, me sentí en las nubes.

-Tengo una agencia de viajes, encantando sería atenderte-, dijo él, rebuscando en su billetera una tarjeta. -Allí está mi e-mail, mi página web, mi whatsapp-, me enumeró.

-Eres muy amable-, me volví a sentir muy halagada.

-¿Cuántos idiomas hablas?-, se interesó.

-Inglés, francés, alemán e italiano pero también sé algo de vasco, uzbeco, japonés y sueco-, sonreí.

-¿Cómo hace?-, estaba sorprendido.

-Me gusta aprender por el internet, tengo buena memoria también-, quise ser modesta.

Un mozo atendió el pedido del hombre. Luego él me miró preocupado.

-¿Ya sabe que ha habido un muerto en Francia, por el virus? Es el primero que fallece en Europa-, me detalló.

No lo sabía. Ese tipo de noticias empezaban a angustiarme, pero Jean Pierre había ordenado a todo el personal no alarmar a los huéspedes. -Espero que todo pueda controlarse, monsieur-, soplé mi desencanto.

-Deschapms. Laurent Deschamps-, me aclaró entonces.

-Monsieur Deschamps-, le hice una venia virreinal.

-Solo Laurent, por favor, belle jeune mademoiselle-, se divirtió él conmigo. Le sonreí y me di vuelta para seguir con mi rutina. Mauro, uno de los mozos, se me acercó camino a la cocina. -Se nota que le gustas mucho a ese sujeto, Vanessa-, me susurró.

-Ay, siempre el mismo celoso de siempre-, le recriminé. Mauro es como mi guardaespaldas. Siempre está atento a lo que hago o hablo con los huéspedes. Una vez, hace ya varios años, vio a un huésped desquiciado y neurótico apuñalar a una azafata porque no le entendía lo que hablaba y todo ocurrió frente a sus narices. Vio a la chica desangrarse con un gran corte en el pecho, tumbada en la alfombra, con los ojos desorbitados y la boquita dibujando un embudo, empalidecida y mal herida, y aunque ella no murió, Mauro quedó aterrado. Yo le recordaba a ella y entonces, se convirtió en mi sombra, siempre pendiente de lo que hiciera.

-Está enamorado de ti-, se reía Julissa, pero a mí no me parecía. Mauro ya sumaba 63 años, tenía quince nietos y pensaba, seriamente en su jubilación. Simplemente yo le parecía aquella azafata que fue herida atacada por un huésped.

-De todas maneras estaré vigilante-, me anunció, marchando de prisa a la cocina. Meneé la cabeza y miré las nubes. -Hombres-, dije divertida.

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